sábado, 12 de octubre de 2024

 


CONTRA LA AUTOESTIMA. 


Una vez salí, durante un tiempo, con una mujer que era como una lavandera guineana: con las piernas fuertes, las caderas anchas, hermosos y abultados senos, el vientre suave y ondulado, un rostro con resonancias mozárabes, de grandes ojos oscuros, la boca incitante, la tez morena y el cabello crespo y ensortijado. ¿Cómo podía emparejarse una mujer así con alguien como yo? Fruto tal vez de la casualidad y la inconsciencia y el arrojo, el valor desproporcionado que había tenido al proponerme captar su atención e invitarla a que me conozca. Cosas así pasan una vez en la vida, y el timo, la discordancia cósmica no podía durar demasiado. Así que una vez ella me citó en un café del centro para decirme con frases más o menos remanidas y tristes que lo nuestro debía concluír. 

 Una de las cosas que alegó, (cosas más o menos inconexas, pero que habían generado un estado de cosas) era que yo tenía un problema de "autoestima" y que debía pedir ayuda a alguien que me ayudara a reparar mi "autoestima". En el momento sonreí con incomodidad, con cierto pavor, asentí con la cabeza, como si ella estuviese diciendo algo sensato, algo con sentido. No tenía caso prolongar el alegato, ni la conversación, ni ahondar en el significado de las palabras cuando éstas,  en realidad, estaban trasuntando emociones que nunca son claras.  Pero esa palabreja siguió resonando en mí durante mucho tiempo. 


¿Qué quiere decir eso de la "autoestima"? Autoestima con mayúsculas. ¿Por qué esa palabra tiene tanta repercusión y tanta circulación en el discurso social? En inglés adquiere visos aún más ridículos: self-esteem. Dos palabras: estima propia. Pero ¿Cómo se hace para estimar algo que no se está viendo y no se tiene presente? Dicen que la Autoestima es "la capacidad que tiene una persona para valorarse, amarse y aceptarse a sí mismo". Vuelvo a lo mismo: las cosas que estimo y que amo, y que tal vez no sean muchas, tienen la particularidad de ser captadas por mi vista y por revestir una serie de cualidades. También puede existir -pensemos, por caso, en Marcel Proust- alguien que sienta amor o devoción por cierto olor o por la evocación de aromas de la infancia, o de cualquiera otra etapa de la vida, así como ciertos sonidos, músicas, puede amarse la Ilíada, o la cultura griega de la antigüedad (lo que se sabe o se conserva de ella) o la poesía de Wallace Stevens, y cosas por el estilo. Podríamos, en un acto púdico, prescindir de la palabra "Amor" que resulta completamente exagerada para la presente faena.  Invoquemos luego la posibilidad de "valorarse" o de "aceptarse" a uno mismo. ¿Qué quiere decir que me valoro a mí mismo? Indudablemente debe querer decir que me concedo cierto valor. Pero tendría que preguntarme en función de qué hay que establecer ese valor, y cuál sería el parámetro. Si el valor me lo conceden los demás, podrían estar estimándome demasiado o demasiado poco, esto es, podrían estar evalúandome de una forma imprudente  o falta de ecuanimidad. Pero, contrariamente, si fuese Yo mismo el que se concede el valor, podría también estar haciéndolo en un sentido demasiado favorable o demasiado adverso. Entonces no hay rasero para medir. 

El problema que advierto aquí es que parece haber una demanda o una exigencia o una recomendación de valorarse y aceptarse a sí mismo todo lo posible, más allá de que exista la contraparte de que uno mismo merezca ser valorado y aceptado. Aristóteles no estaría de acuerdo con esto, porque, según creo, invoca una virtud, que podría llamarse Magnanimidad, que consiste en justipreciar el propio valor, sin caer en el vicio de concederse demasiado (lo cual podría llamarse Arrogancia) ni demasiado poco (Pusilanimidad). Las búsquedas terminológicas pueden ser tentativas, pero entendemos qué quiere decir. 

Otros pensadores han seguido no obstante el camino de la estimación desenfrenada de uno mismo. Considero que filosofías de ese tipo pueden adscribirse a la tradición del humanismo, en la que Pico della Mirándola exaltó la dignidad del hombre.  No obstante me parece que Emerson con su obra Trust Thyself podría ser un representante de los que abogan por el mito de la Autoestima. Pero Pico defiende la dignidad del hombre, de cualquier hombre o del ser humano como especie, y no el culto a sí mismo o a mí mismo. Y Emerson expresa una filosofía espiritualista que asocia a la condición humana con valores cósmicos. 

Ahora bien, yo confío en mi mismo, pero no sé hasta qué punto esto es sinónimo de valorarme o aceptarme a mí mismo. Cuando me examino con total honestidad, encuentro que podría valer más en la medida en que pudiese convertirme en una persona mejor. Es decir que no me estimo completamente, e incluso descubro que tendría las potencialidades para haber sido un poco mejor en el pasado y para serlo en el presente, o sea, que tengo defecciones, privaciones, y soy limitado e incluso negligente por momentos. Si no reconociera estas cosas, estaría engañándome y mientiéndome a mí mismo, lo cual sería, aproximadamente, una forma de no respetarme. Si algo puedo saber acerca de mí mismo ( y siempre en el caso de que esta expresión tenga un correlato real) es que tengo al menos la sensación o la ilusión de estar en algún tipo de evolución espiritual, lenta y dolorosa, que me conduce hacia el arquetipo de la persona que quisiera ser, sin que pueda nunca alcanzarlo. Los psicólogos admiten que éste es el estado habitual de la mayoría de los seres humanos normales o que se aproximan a la normalidad.  

 Con respecto a aceptarme, eso probablemente es una sensación subjetiva con respecto mis posibilidades de ser aprobado o aplaudido por mí mismo. Pero me da la impresión de que el sentimiento lógico que debería experimentar hacia mí mismo, más que la aprobación o el aplauso, debería ser una atenta indiferencia o una ausencia de juicio, porque por momentos ejecuto buenas acciones, hago, digo y  pienso cosas sensatas, y por otros me manifiesto como el más egoísta, delirante e imprudente de los hombres. Así que ese yo mismo no es una continuidad o no tiene un desarrollo parejo y apreciable en su totalidad, sino que es móvil y se ve afectado por la inspiración repentina, la predisposición, las circunstancias o la suerte. 

Algunos intelectuales reputados afirman que la Autoestima es algo que se acuña en la primera infancia, a partir de los cuidados, atenciones, afectos y prodigalidades que se nos brindan de parte de nuestro entorno más próximo, particularmente los padres. Eso querría decir que tenemos que ser queridos cuando todavía no somos dignos de ser queridos, porque no se sabe bien cómo vamos a ser. Se supone luego, que los padres han de querer a los niños porque sí, aunque no siempre es el caso. Hay un cuento de Amalia Jamilis en que un padre prende fuego a su hija porque lloraba y no lo dejaba dormir. Bueno, no es más que la mórbida imaginación de una escritora.

  La sociología italiana descubrió en cierto momento, cosa que me parece impresionante, que no siempre las familias fueron ese hogar encendido del que hablaron a su tiempo Virginia Woolf y Georg Trakl.  Antes de la Revolución Industrial -me pongo de pie- las familias eran prolíficas, pero sus condiciones de vida precarias no podían conferir a sus miembros más jóvenes unas buenas prespectivas de supervivencia. Asimismo, era bueno que se prohijaran muchos niños que al crecer, pudisesen colaborar en el trabajo familiar: rural, esforzado y poco redituable. En este esquema, la solución para los padres eran no depositar demasiado afecto en un niño cuya supervivencia era incierta. Alguien podría hablar, ramplonamente, de las ventajas adaptativas de ese corazón endurecido. 

Con la relativa mejora de las condiciones materiales, los padres han llegado al punto de querer mucho a sus hijos: de quererlos con un elegíaco dramatismo, incondicionalmente, aunque sus hijos sean estúpidos o incordiosos. Yo soy de las generaciónes de los que no han sido tan queridos. Me he convertido en un hombre huraño e infeliz, pero relativamente responsable y autocrítico. Aunque me resulte doloroso, como todas las penalidades de la vida, ya estoy palpitando que voy a tener que admitir en estas cosas un término medio. Ese término medio que Aristóteles, con una intuición biológica genial, encontraba en los animales: el tercer segmento entre dos extremos: el lugar por donde tomaban el alimento y el lugar por donde excretaban.  No hay que quererse tan poco como para que el rebajamiento de la dignidad y los vituperios hacia uno mismo llamen la atención, ni tanto como para considerar a la propia imbecilidad como excentricidad, y a la propia fealdad como signo de alguna unción original.  


sábado, 29 de junio de 2024

 



MARINA, O LA BELLA BESTIA. 


Una noche me invitaron a tocar unas canciones en un pequeño centro cultural que estaba cerca de la Unión Árabe. El número principal era un conjunto que integraban mis amigos Mauro y Kiko: batería, bajo y fuertes guitarras. Yo aparecí solo en el escenario frente a un atril, mis tañidos sonaban tristes y débiles y mi voz, oscura y vibrante al interpretar algunos clásicos del folk.  Recuerdo la canción de Stephen Bishop "Only love" y tambien la hermosa balada de James Taylor "Never die young". 

Pero antes del recital hubo una larga espera. El ambiente era flemático, hosco, algo incómodo. Allí estaba Pablo Di Iorio, un cineasta petulante, pero al fin simpático, que me miraba con cierta conmiseración. Recuerdo que intercambiamos algunas impresiones sobre ese recital cumpleaños 50 de David Bowie. También creo que estaban presentes algunos conocidos músicos, Nacho Fasciglione, Nicolás Parducci. Pero yo permanecía solo en un rincón, y más bien diría que iba cambiando de rincón, atenazando en mis manos un frío vaso de vino. Las conversaciones versaban sobre temas variados, desde las cualidades técnicas de Jimmy Connors hasta el vestido azul de Ségolène Royal. 

En el mismo local, deslizandose  a través de las habitaciones, de las mesas que exhibían artesanías, estaba Marina. Flaca, femenina, de mirada oblicua, era muy bella a su manera, fumando con prestancia. Pensé en hablarle en algún momento, y estoy seguro de que si lo hacía, aunque al comienzo se mostrase remisa o desconfiada, hubiese podido entablar algún tipo de conversación. Pero no me sentía lo suficientemente suelto. Había creído entrever en ella, no sé por qué, una cierta inclinación hacía mí. 

Me fuí a casa turbado por la belleza de Marina, y culpandome por no haberle dirigido cuando menos alguna pregunta intrascendente. Es que esa noche andaba falto de confianza. 

Un veintinueve de octubre, me decidí a escribirle un mensaje cordial, pero temerario: 


"Hola Marina, mi nombre es Juan. Simplemente quería preguntarte si aceptarías una invitación mía a tomar un café. Saludos."


Pasó un tiempo en  que no hubo respuesta, aunque pude comprobar que ella había leído el mensaje. A los pocos días, un cuatro de noviembre, acaso para incentivarla a contestar, o para llamar su atención, le envié un video de la canción de Neil Young llamada "Harvest Moon". Craso error. La respuesta de Marina no se hizo esperar y cayó sobre mí con una brevedad terrible: 


"Quien te conoce a vos? Sos un asco acosador! Con esa cara ni una cucaracha te puede dar bola. "


Nunca voy a olvidarme de Marina: la bestia rubia. Bella, fina, elegante, ligera, ladina y violenta como una onza. 

 



BREVE ENSAYO SOBRE LA SIMILITUD ENTRE LA MUJER Y LA GUITARRA.  



Me asomé por la puerta cancel y miré hacia el interior. Dos hombres afanosos trabajaban en silencio. Uno de ellos, robusto y proporcionado, con fisonomía de italiano del norte, me miró en forma algo inquisitiva, y se acercó a desgano. Abrió media reja y con una cordialidad recobrada, me invitó a pasar. El local era grande y pulcro. Lo más parecido al taller de Girlandaio, pensé, o de algún verdadero artista. Como excusándome, pero también tratando de afianzarme, dije "a mí me dicen Brando". Agregué que conocía a su hermano, pero eso me confería una cercanía controvertible, porque el hermano era diferente: más pequeño, cálido, expansivo y campechano. Además, nunca se sabe qué piensa alguien de su hermano. 

Entonces, para hacer algo, desenfundé la guitarra. Pero no para tocarla -que no sé- sino para preguntarle si le encontraba una solución. Luthiers inescrupulosos o torpes, amigos desorejados, o yo mismo en circunstancias que no recuerdo, habíamos causado a la guitarra un ponderado daño, que quería reivindicar como un acto de justicia. 

Antes había ido un par de veces a la puerta del taller, tratando de encontrar a los artesanos, pero la suerte me era remisa. O no tanto. Una tarde me puse a conversar con un tipo llamado Carlos. Llegamos a tal punto de comunión que me invitó a pasar a su casa, una hermosa y vieja propiedad en la que tenía habitaciones de alquiler. Me habló de su pasado como artista y me mostró una hermosa guitarra eléctrica, si mal no recuerdo, una Fernandes stratocaster. 


El hombre italiano, Alexis, me dijo que él había escuchado hablar de mí, por parte de Rosalía. Dije, como al pasar "la malograda Rosalía". El otro joven, amable y suave, de sonrisa diáfana, dejó el trabajo y se unió a nuestra conversación. El caso es que Alexis había llegado a tener una amistad muy estrecha con Rosalía, cosa de la cual no me había enterado nunca.  Según Alexis, ella le había dicho que yo era el mejor cantante de la ciudad. Y yo casi creo que es cierto. 

Porque, estrictamente, creo que soy el único que interpreta el tango como la música distinguida y afinada que debe ser, más allá de florilegios exagerados, fraseos artificiosos, vozarrones graves que impostan una barrialidad ful, poses canyengues que no son más que baturrillo para engañar a un público poco calificado y ávido de falsa emoción. Una vez participé de un concurso de cantores. Subí al escenario vestido como una persona normal, con un pantalón de sarga y un suéter marrón. Tuve la mala suerte de que en el momento en que comenzaba la pista, el viejo presentador estaba frente al micrófono, algo distraído, y tuve que aproximarme a él raudamente en una parada poco elegante. No obstante, canté perfectamente el tango Sur. Por supuesto, otros más sueltos, experimentados o cancheros, pasaron a la siguiente ronda por otras cualidades que no implicaban necesariamente la de cantar. En el jurado estaba una tal Karina Levine (no Levinás), y en la organización, un tipo afable llamado Darío Landi. Este último era, según creo, bien conocido de Rosalía.  Rosalía sí que cantaba bien el tango Nieblas del Riachuelo. Cuando le preguntaba a quién había tomado de referencia para hacer esa versión, respondía: a nadie, a mi abuela.  

Alexis el robusto me contó detalles acerca de la muerte de la "joven artista". El caso, hasta cierto punto, tomó estado público. Su cuerpo sin vida fue encontrado en los acantilados. Yo me había distanciado de ella por razones que hoy día ya no importan, que nunca importaron. Uno evita zanjar las distancias y tratar las cosas a tiempo porque no sabe que el otro se va a morir. O lo sabe pero lo olvida. ¿Y qué cambia, cuando uno muere, el estado de los pensamientos que tuvo mientras vivía?  

Había tocado a su puerta un par de veces, sin respuesta, durante esos días, y  en otra ocasión la ví venir por la calle San Martín y me preparé mentalmente para saludarla. Pero ella se metió en un negocio de Todo Suelto, tal vez, porque no quería cruzarse conmigo. Entonces seguí de largo. A los pocos días me encontré con Leopoldo: dijo sentirse preocupado por ella: estaba desaparecida. 

Me había encontrado hacía poco con la abuela de Rosalía en la panadería (que yo visitaba más por la belleza afrodisíaca de la panadera que por el pan),  y nos habíamos puesto a conversar un largo rato. Compartíamos muchos intereses, por ejemplo, la radio o la actividad textil. Ella me contó que Rosalía estaba haciendo un programa en la emisora Brisas.  

Mi hermana, que había sido compañera suya en el secundario, me llamó para contarme que había muerto, y el impacto fue inenarrable. No lo comprendía. Creí que sus últimas excentricidades serían cuestión de rutina. 

Alexis habló un rato largo, se descargó o se desahogó, se expresaba con elocuencia, decía cosas harto complejas, a las que yo no podía agregar nada valioso, solamente darle la razón. Me mencionó personas conocidas que pertenecen a una época muy antigua de mi vida. Y habló, desde luego, de amor. De cómo el amor parece ser ese matrimonio de Poros y Penía, dulce abastecimiento de vida por un lado, y carestía indigente, mortuoria y dolorosa por otro. El amor es la única enfermedad que uno quisiera volver a padecer. "¿Cuánto hace que no amo?" suspiran los solitarios, creyéndose desgraciados. 

En algún momento, después de su alocución larga y profunda, y  casi bruscamente, Alexis se excusó diciendo que tenía que continuar con su labor, entonces les pedí disculpas y me marché. Es que nunca tengo la prudencia para saber cuándo es el momento de irme. Le envié una grabación de una canción mía cantada por Rosalía, y él me respondió algo que prefiero no transmitir. 

Rosalía suscitaba pasiones: como Lou-Andreas Salomé. Los hombres revoloteaban a su alerededor tratando de hacerle lisonjeros favores, tratando de descifrar su cáustico misterio, y ella buscaba, como toda mujer, algo que está más allá, un deseo que acaso se dirigía hacia el mar -pienso- como ocurre en El cuento de la sirena.  

Cuando corté con mi hermana, no pude seguir concentrado en el partido de Estudiantes de La Plata y Corinthians, me acosté y prendí la radio. Empecé a mover el dial y surgió la voz de ella. Estaban pasando programas viejos, en los que leía textos autobiográficos de un poeta surrealista que le decía a su súcubo: aunque me hubiese equivocado, deberías haberme escrito. 

¿Dónde está Rosalía ahora que nos quedamos a oscuras? Bailando a orillas del mar como toda la gente hermosa que deja el mundo. ¿Qué será de tí, sola, en esa muerte espasmódica?

 

lunes, 22 de abril de 2024

Carta a un amigo que vuelve al país.

  


 Argentina: bien al sur. Podrás decir que todo aquí es chato, gris, obscuro y complejo. Esta tierra tiene la belleza de lo feral: una narrativa construída a partir de los anhelos de supervivencia de unos españoles que un día llegaron al estuario y se dieron  cuenta de que no había nada. Después de eso, se afincó la violencia, la incuria y la rebeldía sin sentido del habitante de la Pampa.


Vivir aqui es difícil porque el argentino baila una danza eterna entre el asentimiento a sus expoliadores que le prometen una hipotética prosperidad, y sus espasmódicas reacciones al advertir que lo estaban engañando. Siempre lo engañan y siempre sabe que lo van a engañar. Parece absurdo, pero es lo que nos pasa a todos todo el tiempo.  No se puede confiar en nadie, y no se puede vivir sin confiar. 


Acá vas a encontrar que todo es dificultoso. La gente es hostil, está  angustiada, nerviosa. La inmensa mayoría de la gente no sabe hacer buenas interpretaciones sobre lo que sucede,  se frustra porque infiere que todo está mal, y no es capaz de entender por qué. La gente es atolondrada -desde luego, me incluyo-  no porque naturalmente esté incapacitada para comprender, sino por la alienación que produce una urdimbre de discursos en la que se ve envuelta, y que le impiden desarrollar adecuadamente su pensamiento crítico. 


La realidad política de la Argentina, caótica, desproporcionada y delirante, es el emergente de una sociedad fragmentada que ha renunciado a la averiguación de la verdad. Los que promueven el discurso circulante apelan a fibras íntimas de tendencia reaccionaria. Eficientismo, meritocracia, represión, oclusión de lo diferente, son ideologías que casan muy bien con una ética del deterioro general de los valores altos, la ausencia de una consideración sobre las virtudes y las posibilidades de una buena vida. Esta ausencia se refleja en empecinadas expresiones, teatralmente infantiles, acerca de lo acertado que está uno mismo y lo equivocados que están los demás; y en una histérica repetición irreflexiva de consignas estereotipadas y falaces. 


A pesar de todo, se vive. Como en algunas distopías literarias, no han logrado suprimir del todo la invocación de un principio de Comunidad, hay células de amor y solidaridad soterradas. Algunos, incluso, sueñan con el regreso a una antigua Ciudad Dorada, y creen que en aquel fangal original, puede sembrarse la semilla de una nueva y gloriosa nación. La antropología del egoísmo y la violencia no se ha impuesto del todo, creo yo, porque sus fundamentos teóricos son demasiado artificiosos, y la imagen de su destino final es bastante difusa. Porque a pesar de los supuestos anhelos de objetividad, sus caracterizaciones siempre están teñidas de efusividad y exageración. 

viernes, 8 de septiembre de 2023

LA TRADICIÓN ANIMAL SEGÚN J.B. HALDANE

 El hecho de que haya en el mundo hombres y animales, de que el hombre sea asimismo un animal, y el único animal, según parece, capaz de estudiarse a sí mismo y a los demás, es algo que ha preocupado a los hombres al menos desde la época de Platón y Diógenes de Sínope. Incluso una Historia de los animales fue compuesta alguna vez por Aristóteles. Aquí no podemos permitirnos hablar de todo eso en términos demasiado amplios: más bien debemos delimitar un poco la esfera de nuestros actuales intereses.

   Es probable que exista un ingente cuerpo de teoría sobre la cuestión del conocimiento animal en general y de los primates en particular. Las consideraciones sobre el tema, esquemáticamente, van desde la pura y dura fijación del concepto de pensamiento (fundado, por ejemplo, en la posesión de creencias) hasta la apelación a experiencias y anécdotas que dan cuenta de que las bestias son capaces de hacer algo que nosotros consideramos que es pensar. Se dice que un chimpancé llamado Washoe, criado por T. y A. Gardner, fue capaz de aprender muchas señas del lenguaje para sordomudos y enseñarlo a otro chimpancé de nombre Louis. Además, se ha notado que los chimpancés pueden integrar informaciones sensoriales separadas, reconocerse en el espejo, recordar sucesos muy distantes en el tiempo, y formular planes para lo sucesivo. Incluso, hacen clasificaciones a partir de criterios diferentes cada vez, y combinan signos de una manera francamente original, como el chimpancé que llamó a la nuez fruta roca y al Alka-Seltzer la bebida que se oye. Una hembra pequeña de bonobo llamada Kanzi aprendió, según parece, un gran número de palabras, y llegó a comprender las órdenes bastante precisas que se le impartían para que manipulara ciertos objetos.

  Es entendible, de todas formas, que los filósofos sean renuentes a aceptar en estos animales la capacidad de reconocer entidades abstractas, tener un sentido de la identidad personal y hacer algún tipo de inferencia. El argumento de hierro es que como ellos no pueden hablar, nunca puede saberse estrictamente lo que están pensando, si es que lo están haciendo. Aún más: si ser pensante es ser intérprete de un lenguaje, y para ser interprete de un lenguaje hay que disponer de un lenguaje (un lenguaje proposicional, gramatical, y así) los primates están muy lejos de poder pensar, aunque haya quienes digan lo contrario. Los que pueden hablar, claro. 

  Más allá de toda esta interesante cuestión, hay que sopesar que si lo que se quiere estudiar es el comportamiento social, lo más apropiado sería observar a los animales en su ambiente natural o “nicho”. Esto (inconveniente, a buen seguro, para un estudio meticuloso de las potencialidades cognitivas individuales, acaso mejor orientado en el laboratorio) es indispensable para comprender las formas de interacción de los animales con sus congéneres en su contexto de crianza, y las expresiones de agresión intra-específica que puedan observarse. Así lo concebía aproximadamente la baronesa Jane Goodall: “es más fácil estudiar la destreza mental en el laboratorio, mediante cuidadosos y elaborados test y con un juicioso empleo de los datos, puesto que los chimpancés pueden verse animados a superarse a sí mismos, a exprimir sus mentes hasta el límite. Tiene más sentido realizar los estudios en la jungla, pero resulta mucho más dificultoso. Tiene más sentido porque podemos comprender mejor la presión ambiental que conduce a la evolución de la habilidad mental en las sociedades de chimpancés…En la jungla, una simple observación  puede tener un gran significado y constituir la clave de algún enrevesado enigma de ciertos aspectos del comportamiento.” 

  Es un punto interesante de escrutinio el de si las conclusiones que podemos extraer de la vida social de los animales son aplicables, en alguna medida o en algún sentido, a las sociedades humanas. Dicho bastamente, si podemos ir en vías de explicación “del animal al hombre.” Esa pregunta es la que inspira el artículo de Haldane “El argumento del animal al hombre”, en el cual, a pesar de que el autor dice “acaso la psicología humana es tan diferente de la de un chimpancé como la de un chimpancé respecto a la de un pájaro” considera luego que  “a partir de un estudio de cómo los animales alteran su conducta, y los procesos llamados condicionamiento, aprendizaje, memoria, etcétera, podemos, según creo, aprender bastante acerca de cómo los seres humanos individuales alteran su conducta, y eso tiene aplicaciones a la psiquiatría humana.” Esto involucra de una manera palmaria el asunto de la domesticación, tanto sea tal como existe en los animales o en cuanto es postulada para los seres humanos. Haldane se refiere a las afirmaciones de K. Lorenz sobre la domesticación,  e invoca los  trabajos de 1934 en los que se afirma que la civilización habrá de perecer a menos que una “política racial científica” pueda prevenirlo, y se perora sobre el “valor de la pureza racial”. Hemos hablado sobre esos trabajos en otro lugar, por lo que vamos a soslayarlos momentáneamente.

  Haldanel acepta la idea de que el hombre sea un ser “no-especializado” en muchos aspectos desde el punto de vista animal. Empero destaca que “ningún otro animal puede nadar una milla, caminar veinte, y luego trepar a un árbol de cuarenta pies. Muchos hombres civilizados pueden hacer esto sin dificultad. Por eso, es una simpleza el considerar al hombre como físicamente degenerado.” Algunos otros elementos permiten poner en entredicho la idea de que el hombre sea un animal “domesticado”. Haldane señala que todos los antepasados salvajes de los vertebrados terrestres han sido eminentemente sociales, por lo tanto, los descendientes domesticados observan patrones de comportamiento similares. No obstante, puede decirse que con la domesticación decae la comunicación con miembros de la propia especie, cuyas formas son atrofiadas o simplificadas. En el hombre no sucede algo por el estilo, pues se trata, como sabemos,  de un ser hipertróficamente comunicativo. 

  Pero que el asunto de la domesticación sea controvertible no implica que deje de existir un acusado interés en el estudio comparativo entre el animal y el hombre, en particular, en las formas de transmisión cultural. Según Haldane, “la diversidad del comportamiento humano depende tanto de las diferencias innatas como de las diferencias culturales. Hay, presumiblemente, diferencias en la mediana capacidad innata de los grupos humanos para variadas formas de realización. Pero las diferencias entre miembros de un grupo son más grandes que la diferencia media entre grupos. Por eso el ambiente, y en particular la tradición, son más importantes que los factores innatos a la hora de establecer las diferencias entre las culturas humanas. El estudio de la tradición animal es, luego, importante para los antropólogos.” 

  A continuación, Haldane se pregunta si acaso existe tradición entre los animales. En rigor, hay muchas actividades animales que son instintivas, incluidas en ello un número de actividades sociales que son aprendidas en soledad. El “lenguaje” de las abejas (tal como ha sido estudiado por Von Frisch (1950), Lindauer (1951) y Haldane y Spurway (1954)) consiste en un repertorio de movimientos simbólicos que aparentemente son ejecutados y asumidos sin aprendizaje. Hay asimismo pájaros que cantan una perfecta canción desde la rotura del cascarón. Haldane quiere sugerir que esa ha sido también la situación del hombre durante largos períodos de su historia evolutiva: “en el paleolítico inferior, la técnica de astillar la piedra continuó con muy pequeños cambios por períodos de más de cien mil años. Me parece posible que haya sido algo tan instintivo como la fabricación de las telas de araña, aún cuando la mayoría de los astilladores hubiesen visto a otros hombres astillando piedra. El asumir que esas técnicas fuesen aprendidas me parece una interpretación antropomórfica de seres que apenas eran pre-humanos.”  Pero hay aves, como el pinzón británico, que aprenden a cantar socialmente: de otro modo, su canto resulta irreconocible. Haldane advierte que “en nuestra propia especie un aprendizaje indebido en una etapa precoz es probablemente hostil a la cultura. No hay duda de que aprendemos algunas cosas importantes de nuestras madres, pero aprendemos cosas aún más importantes de la sociedad, y muchas culturas marcan la transición de un tipo de aprendizaje a otro mediante ritos especiales.”

  Haldane toma como motivación la pregunta formulada alguna vez por Hediger: ¿De qué modo se parece el hombre sicológicamente a otros mamíferos, más allá de sus necesidades fisiológicas, y en que sentido mayormente difiere? Hediger afirmaba que el hombre y el animal, en ese caso, se parecían en la territorialidad, y diferían en el temor crónico, privativo del mamífero no-humano. Haldane se pregunta si los animales emplean objetos materiales para la comunicación. Ciertamente, a efectos de marcar el territorio de que hablaba Hediger, los mamíferos dejan marcas de su olor particular a través de secreciones corporales. En cuanto a los hombres, esas marcas proceden más bien a través de estímulos visuales. 

  La presencia de rasgos culturales en animales se ilustra, por ejemplo, con las averiguaciones de Kuo (1938) según las cuales los gatos no matan ratas o ratones si no han sido enseñados a propósito por sus padres. Se ha probado además que las ratas separadas de sus progenitores mueren por retención de orina si su uretra no es debidamente estimulada. Ciertos monos japoneses han aprendido y se han transmitido entre sí la costumbre de lavar boniatos o arrojar trigo a un espejo de agua para separarlo de la arena. Unos cuervos de Inglaterra (parus major) inventaron la práctica de picotear la tapa de las botellas de leche que eran depositadas en el umbral de las puertas, para beber el contenido. Los chimpancés de África oriental “pescan” hormigas valiéndose de una rama despojada de sus hojas, y los de África occidental usan un tronco para romper el fruto de la palma. Esos hallazgos están muy bien, pero Haldane duda de que, en el caso de la organización social, ésta pueda atribuirse principalmente a la tradición. Eso no quiere decir que no puedan producirse en absoluto transformaciones sociales en las especies  animales: “los vertebrados tienen que aprender sus funciones en la sociedad en que nacieron. Y la estructura de esa sociedad varía con el número, el medio ambiente, el temperamento de sus miembros dominantes, y demás. Pero hay cuando menos una pequeña evidencia de que las circunstancias inusuales, ya económicas o individuales, pueden introducir un cambio en la estructura social en el transcurso de muchas generaciones, como ocurre en las sociedades humanas.”

  Hay rasgos del comportamiento humano que son instintivos: “todos los críos ‘saben’ que las cosas dulces son buenas para comer. Tal ‘conocimiento’ puede ser desde luego erróneo, como cuando un niño se envenena con acetato. El alcance del conocimiento instintivo humano es limitado, y nosotros sentimos su carencia. La libre voluntad es una pesada carga que llevar.”

  Haldane espera que su indagación  -referida a los términos en que el equivalente de la actividad social humana se encuentra en los animales, y si esto depende de la tradición- suministre una base para la antropología cultural. En ese sentido, los antropólogos serían capaces de aclarar algún interrogante si lo plantean en términos traducibles al comportamiento animal, y los datos sobre etología animal podrían echar luz sobre los orígenes del comportamiento humano, y en particular, sobre su extrema adaptabilidad. Según el autor, nuestras relativas dificultades para comprender el comportamiento social de los mamíferos, obedecen a que este comportamiento se basa  en gran medida en señales olfativas, a las que no podemos captar, porque hemos perdido las capacidades para ello  en el curso de la evolución. La emancipación progresiva respecto de los instintos constituye, en este esquema, un rasgo esencial en el desarrollo de la especie humana: “nuestra relativa carencia de instintos nos ha capacitado mucho para adaptarnos a los cambios que hemos realizado y estamos realizando en nuestro ambiente. Se encuentran en nosotros, de todos modos, vestigios de instintos, con lo que quiero significar en este contexto la consumación de emociones y acciones características por causa de algunos signos-estimulo arbitrarios, en escalas insospechadas.” 

  Retornando a la respuesta de Hediger en virtud de la cual el hombre difiere de los mamíferos en general en el aspecto  no ser crónicamente amedrentado, Haldane dice que los ancestros del hombre tuvieron efectivamente esa cualidad, al enfrentarse a grandes carnívoros que amenazaban su subsistencia. Desde la desaparición de ese peligro potencial, hemos poblado el mundo de duendes perturbadores y seres sobrenaturales cuyas fisonomías inspiran miedo, y que vienen a cubrir una necesidad emocional. La frecuente invención de objetos imaginarios de miedo es un  elemento que persuade a Haldane de que el estudio sobre los animales puede decir bastante sobre el inconsciente y la conducta irracional en los seres humanos.    


miércoles, 22 de diciembre de 2021

 



UNA REFLEXIÓN INCONSISTENTE SOBRE LA FILOSOFÍA Y LOS NAIPES. 


  Los jugadores de cartas. Rostros que reflejan el tedio cotidiano con las manos que descansan en el tapete, y la suerte momentánea dependiendo de lo que ocurra sobre él. Los jugadores de cartas aparecen frecuentemente como motivo en las artes, en la literatura, por ejemplo. El cuento de Borges El Encuentro es el duelo a cuchillo de dos hombres disgustados por un juego de cartas, y el poema Fundación mítica de Buenos Aires incluye los versos: 

Un almacén rosado como revés de naipe, 

brilló  y en la trastienda conversaron un truco, 

el almacén rosado floreció en un compadre,

ya patrón del a esquina, ya resentido y duro. 

También aparece en el cuento llamado El Zahir: 

"Ebrio de una piedad casi impersonal, caminé por las calles. En la esquina de Chile y Tacuarí vi un almacén abierto. En aquel almacén, para mi desdicha, tres hombres jugaban al truco".

  Los juegos de cartas son un suspense la vida cotidiana que alivia tensiones difíciles de soportar: se cuenta que el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros estaba jugando con sus contertulios cuando vinieron a informarle que unos vecinos estaban protestando frente al cabildo. 

  Una leyenda algo confusa dice que los mozárabes del siglo XVI en España inventaron el juego del truco  a partir de que unos niños modificaran la baraja recortando las sotas, los caballos, el as de oro y el  de copas, por lo que no podían jugar a la Brisca, juego difundido en la época. Pero este ejemplo resulta incomprensible en nuestro contexto porque en Argentina se utilizan todas las cartas.  El juego llamado truk se difundió ampliamente en Murcia, en Valencia, en el sur de Italia, y llegó a las colonias americanas traído por el ocio venal y el irrefragable aburrimiento de los europeos que ya habían conquistado el mundo otrora desconocido. 

  Pensar en los jugadores de cartas es remitirse inmediatamente a la pintura impresionista, y en particular, a la serie de cinco cuadros con ese motivo pintados por Paul Cezanne, en los que va mostrando su tendencia a definir los volúmenes en forma geométrica y va simplificando su paleta hasta dar a la pintura una definitiva imagen de austeridad. 

  Heráclito se burló de los hombres que lo miraban jugar a los dados y les dijo "acaso no es esto más importante que ocuparse de las cosas de la Polis?" 

  El problema es que uno se aburre incluso de jugar a las cartas. Incluso de las cosas que le gustan. El problema es el tedio, y el tedio no tiene que ver necesariamente con la filosofía. La filosofía es aburrida, parece aburrida, para quienes inconscientemente la rehúyen porque no quieren mirarse al espejo, porque la filosofía es fastidiosa en sus preguntas, es primordial, pretende ir  hasta el final, y nadie quiere hacerse preguntas, o son pocos los que se avienen a preguntarse cosas. Mejor que mirarse al espejo es mirar la figura impasible que me devuelve la baraja. Y mejor que mirar hacia adentro es dar vueltas en la ronda del reparto del mazo: aunque pierda estoy ganando, porque perderme en la turba del juego es evadirme por un momento de que no sé quién soy, y no sé qué estoy haciendo aquí. Es una salida al tedio. Pero la filosofía no es la responsable de ese tedio, al contrario, es la única que toma el toro por los cuernos, lo admite, lo reconoce y lo analiza. "¿Qué pasa que nada me satisface?", pero "¿Qué es la satisfacción?", son preguntas que podrían ser una vía expedita de acceso a la reflexión filosófica. 
El primer día de clase les digo a los estudiantes: esto va a ser aburrido. Aburrido en los términos en que la sociedad considera que las cosas son aburridas, es decir, en el sentido en que demandan atención, concentración y esfuerzo intelectual. Una partida de cartas es más entretenida y más sencilla. En algunos casos, se trata de saber mentir y engañar, y en eso la mayoría de la gente es muy avezada, por ejemplo, mintiéndose y engañándose a sí misma. La partida de naipes es divertida, pero la clase de filosofía cala más hondo. La partida de naipes salda rápidamente las ansiedades que suscita porque todo se evidencia al ver las cartas, la filosofía es más exigente y requiere más paciencia y más tiempo, porque cuando se muestran algunas cartas, estas remiten a otras, y parece que la partida nunca se resuelve. Una partida que nunca se resuelve es el peor escenario para un jugador ansioso.  

  El jugador ansioso necesita estímulos que lo libren de la procelosa posibilidad de hacerse preguntas sin respuesta. Quiere vivacidad, movimiento, evasión, cambio, ruido, frenesí. Pero según la frase que se atribuye a Moris: de nada sirve escaparse de uno mismo. 

  Yo no soy nada: una anécdota trivial en la vida de estos jóvenes estudiantes que se dedicarán a banalidades o a cosas importantes. Tal vez algunos de ellos nunca vuelvan a oir hablar de la filosofía o tengan de ella un recuerdo aciago. Pero hay que preguntarse qué estamos haciendo cuando decimos que educamos, a quiénes estamos educando, quién quiere que estas personas se eduquen y con qué propósito. Hay que preguntarse, y aunque las preguntas se disuelvan con una broma chocarrera y nerviosa, con algún comentario de circunstancia para mitigar la incomodidad, siguen estando ahí: siguen molestando. 
Los juegos facilitan la vida y la hacen emoliente, pero en verdad son adoctrinadores en el sentido en que imponen al jugador una regla. Pero el filósofo se pregunta "¿Por qué debo seguir una regla?", "¿Qué es una regla?": es alguien que no sabe jugar, o juega en el límite, cuestiona, disuelve, es aburrido. Todo eso es cierto. El filósofo se pregunta si debe pasar su vida suscribiéndose a juegos ajenos, poblando su vida con esos repertorios de reglas, o empezar a ser el artífice de sus propios juegos, darse sus propias reglas. Pero, ¿Será esto posible? Pensaba en el poema de Borges que dice: 

"Cuando los jugadores se hayan ido, / cuando el tiempo los haya consumido, / ciertamente no habrá cesado el rito. / En el Oriente se encendió esta guerra / cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra. / Como el otro, este juego es infinito".

Podría ser que Dios estuviese en efecto jugando con nosotros, que no fuésemos en sus manos más que unos ajados naipes cuya vida se consumirá después de unas cuantas jugadas y que nuestra suerte -como lo creyó Spinoza- esté echada de antemano. 

lunes, 6 de diciembre de 2021


ICARDI ES UN DIOS. 


Icardi es un dios.  Es un apotegma que me acompaña desde hace algunos días, que me repito a mí mismo con insistencia, y que he tratado de fundamentar. 

Icari es un dios como Zeus, en el sentido en que, así como Zeus no es capaz de seducir por sí mismo y debe disfrazarse de toro, o de cisne, para concretar sus intenciones venéreas, Icardi hace las veces de mejor amigo, o de tipo que se está separando, de enamorado compungido, de lo que haga falta. Es un dios inscrito en una trama mítica burda, en la medida en que los demás le creen o fingen creerle a pesar de sus melifluas y poco inspiradas declaraciones, a pesar de su tono empalagosamente hipócrita, le creen a sabiendas del engaño, como quien se entrega a una fatalidad infausta y sin sentido. 

Icardi es un dios como Zeus porque es cobarde, y no sólo eso, requiere que haya una figura femenina que lo amoneste por su cobardía: un dios infantil que busca el límite exterior. Por eso busca tener a su lado una mujer inteligente, despótica, filosa y abnegada ante sus infidelidades.  

Icardi es extremadamente apolíneo: un dios hermoso, un dios de la luz, del orden y la proporción. Incluso los tatuajes, que a veces suponen algún tipo de disrupción y de incomodidad sensorial, se inscriben en su cuerpo de acuerdo a un orden y significación meticulosa, tienen un fin ornamental y pedagógico: son como un fresco en el muro impoluto de su cuerpo. 

El carácter apolíneo de Icardi se refleja en su forma de estar en el campo de juego. No desentona, tiene todos los modismos de un número nueve sin demasiadas condiciones técnicas. No entra mucho en juego, es un goleador raso y discreto. Icardi no da rienda suelta a su creatividad porque no se permite exteriorizar el trasfondo dionisíaco, porque no tiene vocación de contravenir el orden. Su afán de conservación se evidencia en sus ropas tradicionales, su afición al fuego y al hogar, su confesión de ser "muy a la antigua". 

Pero si Icardi es un dios, ¿Por qué no colma las expectativas de nadie? En este punto es donde quisiera relacionarlo con Schelling. Para cuando tenía la edad de Icardi, Schelling ya había diseñado tres sistemas filosóficos: Icardi todavía ninguno, aunque no soy de los que creen invariablemente en las virtudes de la precocidad. Es probable que Schelling hubiese jugado al fútbol mejor que Icardi, si lo hubiese intentado. Hay quienes dicen que el fútbol surgió en los colegios ingleses del siglo XIX, pero yo sé que hay testimonios de que se jugaba al fútbol o algo parecido desde el renacimiento. 

El punto es que una de las ideas de Schelling que más me ha impresionado es la de una divinidad que comienza siendo más bien imperfecta, y que se va perfeccionando en el decurso de la historia. Icardi es decepcionante porque es la transición hacia una configuración final que será indudablemente más perfecta: lo cual es razonable si se tiene en cuenta su punto de partida y su corta edad. 

 

martes, 4 de mayo de 2021

Una reflexión incordiosa sobre el asado.


Pienso muchas cosas sobre el asado.  Hoy escuchaba a alguien decir que el asado era como el canon de la economía argentina:  todo el mundo está pendiente de su precio, y casi nadie puede consumirlo porque es un artículo caro: más caro que las baguettes, que el arroz y que la sal. Entonces la expectativa social está depositada sobre el consumo de algo que es intrínsecamente costoso. Esto presiona a los gobiernos a levantar los estándares de vida para que gran parte de la población pueda consumir ese producto suntuario. Gran juego que fuerza para arriba las demandas al estado de bienestar, amparándose en algo tan inocente como un alimento. Pero, aunque en apariencia superfluo,  ese alimento tiene el sentido cultural de algo esencial. 
 De todos modos creo haber leído a Miguel Brascó -que ya no podría desmentirme- relativizando la importancia culinaria del asado, algo a lo que también recurrió Sabatino Arias cuando dijo que la carne al horno con una serie de ingredientes se cocina mejor, sale más tierna y jugosa,  rubricando -o condimentando-  sus dichos con una sugestiva alusión a "la salsita".  
Después de todo, el asado ni siquiera es argentino: fue traído al litoral por comerciantes portugueses en la época de la colonia. Al tiempo, se dice que los gauchos de la pampa mataban una vaca para comer la lengua o algún otro corte particular y dejaban todo el resto a expensas de los buitres. Parte de la leyenda negra que asola a los errantes fuera de la ley que poblaban la argentina agreste del siglo XIX, pintados como incultos y desaprensivos.
Una de las grandes flaquezas de la cultura argentina es la falta de comidas propias: la mazamorra era un postre elemental que  la mayoría de la población nunca probó, el locro es precolombino y sus inventores son aborígenes a los que no habría por qué llamar argentinos. Las empanadas son árabes y españolas. La carbonada, especie de guiso horneado dentro de una calabaza, era el único plato que podía considerarse típicamente argentino y ya no existe.  Para encontrar argentinidad, hay que caer en el distrito de la repostería. 
Pero el asado goza de sus cultores. Yo mismo he reconsiderado mucho su consumo, pero vuelvo a prepararlo y siento que cada vez sale mejor: puede ser que haya perfeccionado la técnica, sin embargo en el fondo creo que es una autoconvicción fantasiosa. Porque cuando se pregunta a los asadores avezados, estos no ofrecen ninguna  receta en especial: disponer las brasas y esperar a que se haga. Si la carne es buena y el calor no es excesivo, no debería haber problemas. 
Después de haber renegado del asado por escrúpulos teóricos, estoy seguro de que me gusta, siento la fe renovada.  Pero me pregunto si me gusta porque me gusta, o porque es un gusto que me han impuesto a fuerza de propaganda. ¿Me gusta por la ilusión de que es algo nacional, o porque  tiene el nimbo de lo esporádico y lo inalcanzable? En seguida me inquiero acerca de si alguno de mis gustos no ha sido condicionado por la presión del entorno. 
Hay una tristeza en las tablas engrasadas, en los ánimos que se sosiegan una vez que se ha reconocido el inexorable final  del banquete.

domingo, 18 de octubre de 2020

 

BELÉN, O EL TROMPO.

 

  De alguna extraña forma, Belén se acercó a mí. Me agregó en las redes sociales, me habló por mensaje privado y me fue a ver a algunas lecturas de poesía. La conocía o por mejor decir, sabía quién era someramente. Creía recordar que ella había participado alguna vez, cuando todos éramos más jóvenes y bohemios, de las reuniones en casa de Alejandra, la que daba clases de pintura y según creo se fue a vivir al sur, la que elogiaba mis ojos y mi mirada. En esa época Belén siempre estaba un poco ebria y nos preguntaba a los jóvenes poetas de la Sociedad por qué escribíamos en inglés. Tenía el pelo rizado y largo, la cara delgada, la dentadura perfecta y una nariz filosa. Recuerdo haberla escuchado una vez leyendo una ponencia sobre “El juguete rabioso” de Roberto Arlt. A los jóvenes argentinos les gusta mucho Roberto Arlt, y a las mujeres muchísimo, en virtud del éxito de la novela de Ricardo Piglia “Respiración artificial” que sienta las bases de la nueva interpretación de la obra arltiana valiéndose de ingeniosos pases de manos, que incluyen la aseveración de que Arlt es a fin de cuentas uno de los pocos escritores a los que Borges ha tomado en serio. Etcétera. Belén sostenía que el personaje de Astier ERA el propio Arlt. Bueno, no sé por qué me he puesto a hablar de eso: qué me importa. Belén para mí era el arquetipo de la mujer inalcanzable: delgada, bella, serpentina, sensible y suave. La  había olvidado durante mucho tiempo y ahora reaparecía con un interés en mí que me parecía extraordinario.

  Ese interés de su parte, lejos de provocarme la euforia exaltada que suele suscitar ese expediente en los hombres relativamente jóvenes, me llenaba de dudas . ¿Qué podía querer una mujer como ella de un hombre como yo? Me precedía mi fama de torpe para las conquistas, desubicado y marginal, borracho, además de que era un artista frustrado en plena declinación, hosco, antipático, y repudiado por la mayor parte del ambiente de lo que podríamos llamar con benevolencia underground. Había sabido ganarme enemistades en los más variados  círculos, y lo peor, sin haberlo querido del todo, y sin haber expresado mis opiniones con demasiado énfasis.

 Pero Belén parecía convencida de que mis poemas valían algo, así que me acompañó varias veces a lecturas públicas y me dio su teléfono, que atesoré escrupulosamente sin atreverme de momento a llamarla. Una noche fuimos a ver una exposición y ella apoyó su mano en mi rostro para que comprobara lo fría que estaba. Cohibido, me sobresalté de una manera que ella, según creo, advirtió. Esa noche iba a lo de su abuela y yo, que tal vez debí tener un gesto de galantería y acompañarla, me fui en cambio al cumpleaños de una amiga, Virginia, donde sucedieron cosas que serían dignas de contarse. Pero esa es otra historia.

  Una vez fue a escucharme a un meeting de poesía que era organizado por un grupo de jovenes: chulos, estridentes, exultantes, amantes de las bromas. Todos parecían querer emular el estilo de Tristan Tzara, aun sin conocerlo, y el más animoso de todos era un tal Nicanor. Belén comenzó a mencionarme al tal Nicanor desde que lo conoció allí pretendiendo tal vez, que había entre él y yo una familiaridad que en realidad no existía, aunque desde luego, todos ellos me caían muy bien y eran muy amables conmigo. Pero lo cierto es que en esas reuniones yo permanecía en el fondo bebiendo y no hablaba con casi nadie, a no ser, claro, que se acercase a mí y me diesen conversación, para lo cual siempre era materia dispuesta.  

  Una madrugada después de uno de esos encuentros procedimos a retirarnos y una tal Julia –creo que ese era su nombre, no la recuerdo bien- que parecía íntima amiga de Belén, sugirió que yo podía acompañarla hasta su casa. Desde luego, accedí y al comienzo representé ese papel de acompañante con bastante dignidad.

  Belén hablaba de su actividad docente, decía que quería cambiar el mundo, y me hacía preguntas. Me preguntaba de qué vivía, a lo que yo respondía un poco evasivamente, que me dedicaba a muchas cosas, por ejemplo a vender mis pequeños volúmenes de poesía, pero ella no parecía conforme, barruntaba que con esos dineros no podía subsistir y en un momento pronunció una frase desafiante y maliciosa, una especie de interrogación afirmativa: “te mantiene tu mamá”. Guardé silencio. En otro momento Belén, que parecía aficionada a los temas  personales, preguntó si acaso alguna vez había probado drogas. Le dije que por supuesto que sí,  para no pasar por un hombre de poca experiencia. Entonces Belén comenzó a hacer una reflexión algo nebulosa acerca de cómo todo mundo en la actualidad consumía drogas y ella se sentía un bicho raro, y un poco chapada a la antigua, por sus costumbres limpias y naturistas.

  Llegamos al bulevar que precede a la plaza, y un hombre nos interceptó, extrañamente, para decirnos que aquel tipo que estaba parado en el semáforo andaba robando. Era un hombre encima de una voluminosa moto de cross. Me quedé mirando atónito al hombre que nos hablaba, y  que reiteró, como si estuviese dirigiéndose a niños o minorados o personas poco espabiladas,             que el de la moto andaba robando, y nos decía “¿entienden?”, pero yo no entendía. En primer lugar, maldecía a Dios por haber enviado esa eventualidad justo en ese momento. No me preocupaba tanto que el de la moto viniese a robarme, como el hecho de que aquello ocurriese precisamente allí, y cuando estaba en compañía de una mujer, con la cual trataba de mantener una conversación aunque más no fuese, apacible. La amenaza era tan lesiva de mis intereses y mi bienestar como los conjeturales hechos que podrían producirse.  Y por otro lado, me resultaba hasta cierto punto injustificable que teniendo una moto tan lujosa el tipo viniese a robarnos tan luego a nosotros que andábamos a pie. Cuando el hombre que pronunció la advertencia se fue, volteé para mirar a Belén e inquirir de alguna forma  su opinión y no la encontré. Giré ciento ochenta grados para ver si la encontraba pero se había esfumado. Pronto comprobé que en realidad estaba hincada acariciando un perro que estaba detrás de una reja. Ese era el modo en que Belén había resuelto el asunto de la advertencia procelosa del hombre: un perro detrás de la reja le parecía más atractivo e interesante que las voces infaustas que profetizaban desgracias todavía no constatadas. En ese giro en falso, en ese baile de peonza, comencé a comprender que había perdido a Belén para siempre, fue un trastabillar del ánimo, una salida del gozne y del centro de la que no me recuperaría. En pocos minutos habían pasado cosas que parecían triviales, pero que son de las que pueden trastocar todo lo que viene con su carga de sentido, son las que desorientan, desgajan, como esos pequeños golpes o sonidos que nos resultan incomprensiblemente irritantes y cambian el humor, y cambian el destino en un segundo. ¿Cómo iba a recobrar el aplomo después de algo tan estúpido como el incidente –supuesto antes que producido- del ladrón motociclista o motociclista ladrón? ¿Cómo iba a restablecerme después de dar una vuelta buscando infructuosamente a Belén dentro de mi campo visual, y lo peor de todo, dando a entender que me importaba encontrarla, dando a entender que buscaba algo?

  Cruzamos de vereda y a partir de allí comencé a sentirme extrañamente triste. Le pregunté si estaba segura de que caminásemos hasta su casa y dijo que sí, minimizó la presencia del supuesto ladrón: lucía jovial e inconmovible.   Cruzamos la avenida y llegamos al palier del edificio. Belén dijo que hubiese querido invitarme a subir, pero se excusó diciendo que estaba “muy desordenada la casa”. A esa altura, ni la absurdidad del pretexto me llamaba la atención. Sentía una pasmosa fragilidad y en un momento irreflexivo, temerario, atraje hacia mi a Belén y la abracé, me aferré a ella un poco desesperadamente: ella me sostuvo mientras yo sentía su olor y escuchaba el estridor de su respiración. Me despedi y fui hasta la calle Sarmiento a esperar el colectivo, con al ánimo turbado, la bruma invadía mis pulmones. Cuando llegué a casa, me tiré en la cama a esperar despierto el amanecer.

  Pasados unos días Belén publicó un posteo en sus redes sociales, donde decía “un fin de semana de alcohol, amor y azar: cómo duele el azar”.  Entonces pensé que tal vez podía aludir a los episodios que habíamos vivido el sábado, que tal vez no fuesen para ella tan irrelevantes.

   Ví a Belén en otras ocasiones: una de ellas mientras leía unos poemas de Alejandra Pizarnik en un recital de poesía. A los jóvenes argentinos y sobre todo a las mujeres les gusta muchísimo Alejandra Pizarnik, sobre todo sus poemas, y sobre todo el que dice “Explicar con palabras de este mundo que partió un barco de mí, llevándome”. Pero casi nadie elogia sus obras de teatro. Hablé brevemente con Belén antes y después de que leyera los poemas, entre los cuales intercaló también, según creo, algunos de su autoría, pero mi laconismo y mi falta de simpatía o, más bien, de desparpajo, la fueron disuadiendo de acompañarme, por lo que no me prestó demasiada atención durante esa noche y hasta parecía invitarme, sutilmente, a que abandonara el local preguntándome si iría a la reunión que el mismo día organizaba Nicanor. Resignado, me retiré.

Belén posteó en sus redes sociales un estado que decía “sobrio no me podés ni hablar”.

 Después de que hubo pasado un tiempo en que no nos vimos y ella parecía un poco renuente a tratar conmigo, le envié un mensaje algo medroso acerca de si nos veríamos. Entonces me dijo que festejarían el cumpleaños de su amiga Julia –creo que se llamaba así, Julia, no lo recuerdo bien- en una reunión literaria que organizaba Nicanor. Durante la reunión, en la que incluso fui invitado a leer unos versos, hice lo posible por acercarme a Belén, acaso de un modo ligeramente desmesurado. Belén me regaló un impresionante libro sobre historia de la filosofía rusa, que todavía conservo, y me pidió los papeles de mis poemas después de que los había leído: me embarazó un poco que contuvieran adiciones y tachaduras. Escondido entre unos contertulios, alcancé a escuchar fragmentos de la conversación de Belén con su amiga Julia –creo que se llamaba así, aunque no es seguro- durante la cual Belén decía que yo ya no le gustaba, alegando una serie de argumentos. Julia –creo que se llamaba así- aducía para darle la razón que yo me mostraba muy insistente en darle conversación y concitar su atención. Yo, que al principio era distante y reservado con Belén y no comprendía su cercanía ni sus intenciones, ahora parecía que estaba arrobado con ella. Había caído en una trampa sin quererlo, porque ahora podía ver como Nicanor se aproximaba a ella y la besaba, y cuando estaba por marcharse le decía “si te vas, me quitás el sol”. Me sentí subitáneamente confundido, triste, engañado y mil cosas más. ¿Qué se me daba a mí si ni siquiera era mi novia, ni había estado cerca de serlo? Belén escribiría después en sus redes que Nicanor era una persona “luminosa”. Pero yo hervía de indignación, ¿Qué quiere decir que una persona es “luminosa”?

  Volví a casa llorando de la bronca y a los pocos días envié un mensaje a Belén, (que había cancelado una cita concertada previamente conmigo alegando un percance “largo de explicar”) diciéndole, mentirosamente, irracionalmente y movido por el despecho y con el ánimo ofuscado, que me había enamorado de ella. Pero Belén respondió que “si las cosas se dieron así, por algo será” y me recomendó que para aliviar mi pesar tomara baños de sol. De Sol.

  No alcanzarían muchísimas páginas para relatar los variados y frondosos temas que hemos abordado con Belén en nuestras conversaciones por chat. En la vida real, contrariamente, nuestros intercambios no han sido tan largos ni conceptuosos. Me sentía sondeado por ella, que trataba de hacer averiguaciones rápidas sobre mí. Además, yo me mostraba parco y literal cuando ella trataba de llevar la conversación a un tono ambiguamente romántico.

  Andado el tiempo parece que Belén no comprendió la poligamia y el ritmo de vida frenético y excesivo de Nicanor y se separó de él, para contraer nupcias con otro joven, cultor de la música popular, y vi fotos suyas embarazada y paseando por Córdoba. Me sentí extrañamente aliviado porque no era mi intención por el momento traer hijos al mundo ni pasear por la sierra cordobesa, no quería buscar la felicidad en la satisfacción desaforada de cosas exteriores. Me sentía tan frívolo y tan falto de ecuanimidad y sabiduría, por entonces pensaba que el amor era algo que los otros tenían que prodigarme. Me gustaban mucho las mujeres, pero no comprendía por qué tenía que someterme a estúpidas pruebas de congruencia cuando pretendía acercarme a ellas, y por qué se comportaban como si ellas fuesen un premio peculiar a conquistar en lugar de propiciar que hubiese un interés parejo, igualitario, mutuo y afectuoso. Tampoco entendía por qué se adelantaban a conjeturar muchas cosas y darlas por sabidas antes de que se hubiese desarrollado una historia de la relación y, cuando estaban lo suficientemente alienadas, propiciaban la construcción de vínculos imaginarios que luego no se animaban a concretar en la vida “real”, si se llama vida real a la de la ostensión y los  cuerpos tangibles, y a menudo perdían el interés subitáneamente sin que hubiese para eso ninguna razón aparente. Pero buscar equilibrios morales y sistemas de compensación  en algo tan ingente, grande e inexplicable como el universo puede llegar a ser una aspiración pueril, después de todo, siempre se tiene sobre las cosas una perspectiva particular, condicionada y fugaz que mal podría tomarse como el valor objetivo.

jueves, 9 de abril de 2020

Don´t let me down




Escribo esto con cierta negligencia, lo cual me hace, desde luego, merecedor de las diatribas que voy a dirigir a otros: ese parece ser el inevitable destino de todos los críticones y detractores, el de las palabras que César le dirigió a su propio hijo adoptivo Bruto. Lo que quiero hacer es preguntarme por qué los filósofos que aparecen en los medios de comunicación, decidores de consignas y pensadores públicos sobre los acontecimientos sociales, ya sean españoles, eslovenos, franceses o coreanos, dejan al lector con un regusto insípido y decepcionan a quien pretendía encontrar en ellos algún tipo de iluminación. Y claro, me adelanto a dar para eso algún tipo de respuesta, que no es ni más ni menos que la trasposición de lo que estuve pensando hoy mientras pintaba prosaicamente una pared.
Los jetones no piensan bien, a mi entender, porque incurren en alguno de los tres vicios característicos del pensamiento actual:
1) Suspicacia.
2) Exageración.
3) Premura.
El último ha sido advertido ya por un filósofo que publicó el otro día en Página/12, pero en verdad suscita los cotilleos y risitas de todas las personas medianamente cultas: Zizek, por ejemplo (no me toquen los huevos con los acentos) se apresuró a sacar un libro digital para tratar de explicar qué pasaba con la pandemia, y esto fue tomado como una falta de seriedad, un oportunismo y una frivolidad. Personalmente me parece muy bien que cada uno escriba y publique lo que se le antoje: pero me pregunto, ¿Hasta qué punto puede mantenerse la lucidez cuando se está tan cerca del fenómeno que se quiere explicar, cuando no media ante él una distancia crítica, cuando no se ha podido hacer el recuento de las vidas y las cosas materiales perdidas por algo que es lo suficientemente serio, grave y ecuménico? ¿Y qué sentido tiene pronosticar qué ocurrirá con el Coronavirus en el mundo, en la sociedad mundial, tan luego acerca de en qué medida coadyuvará para la consecución de una sociedad socialista? Muchos estamos contestes en que sería deseable algún día una sociedad socialista, al menos una sociedad más igualitaria, pero, ¿Hemos de pensar en eso en medio de una pandemia mundial? El gambito desagradable de este tipo de argumentación es que el Capitalismo irá a caer por efecto de algunos elementos fortuitos, o por el Caos que él mismo genera en la relación de la naturaleza con la humanidad, porque no podrá sostenerse, etcétera etcétera., pero no sucumbirá por ser un sistema de relaciones sociales que trae consecuencias inmorales. Entonces, ¿Cuál es la gracia de aniquilar al Capitalismo si al mismo tiempo no habremos de volvernos mejores? El problema de los filósofos del establishment es, que pretenden denodadamente superar un trance histórico en el mismo esquema de la conciencia que lo engendró, pero es difícil que pueda encontrarse la explicación o la solución de nada inmediatamente después de que esto ha sucedido. Por eso no parecen tener las reservas espirituales para rebasar el ensueño en el que estamos inmersos y responden con histrionismo y ansiedad egótica.
Una de las marcas salientes del pensamiento actual (y cuando digo pensamiento actual, permítaseme el burdo recorte, aludo a las reflexiones filosóficas sobre la sociedad) es la exageración: se supone que eres filoso, intenso, duro, ingente y tajante si dices cosas exageradas. No vas a arredrarte en llevar tus argumentos y palabras al extremo. Eso, desde luego, es un hábito intelectual que procede de hace 2500 años, cuando despertamos del sueño mítico para caer en la trampa de la Razón o hambre crónica del espíritu. Pero ahora me abstendré de hablar de eso porque sería muy largo y pesado. He dicho ya en algún otro lugar que este es un procedimiento peligroso y que exagerar es alejarse de la verdad, no refrendarla.
Otro elemento del pensar decaído es, desde luego, la suspicacia. Tal vez exageré cuando dije que la suspicacia nos está volviendo idiotas. No obstante, si ya se sabe que vamos a ser exagerados y suspicaces, entonces en cierto punto no nos va a hacer falta pensar. Basta con enfrentar algún acontecimiento cualquiera del mundo, y hacer de él una ruidosa interpretación que ya sabemos cómo va a ser: exagerada y suspicaz. Por ejemplo, puedo hacer mañana muchas afirmaciones acerca de cuánto hay que desconfiar de los seres humanos, y en lo confiables que son los animales, y concluir que para ser mejores deberíamos balar y andar en cuatro patas. Pero el objetor podría decir “¿Hasta qué punto he de creer en lo que me dices, si eres un ser humano poco confiable? He de creerte cuando bales y andes en cuatro patas”. Estas formas bizantinas y delirantes de llevar una discusión, que inundan la presunta sutileza de los debates actuales, se basan primordialmente en 1) la mala fe, 2) el autoritarismo que transe la experiencia del pensamiento, y 3) la tendencia a hacer de todo lo que pasa una caracterización especulativa. La especulación sin proximidad con los fenómenos que pretenden explicarse, lleva a los filósofos oficiales a teñir de sus propios intereses, unilaterales y taxativos, aquello que ocurre en el mundo de la vida con absoluta prescindencia de las fantasías de un sujeto particular, por ejemplo, el diseño de un sistema político perfecto, lo cual ha estado desde siempre asociado con filosofías de cuño idealista.
Tal vez rechace mañana haber escrito todo lo que figura más arriba, puede ser que me haya apurado, que deba redactarlo de nuevo o descartarlo en su totalidad. Puede ser que esté siendo infantilmente desconfiado, o que haya abrigado demasiadas expectativas en lo que, finalmente, no son más que apreciaciones que hacen unos tipos, un poco apremiados por las circunstancias, cuando les acercan a las fauces un grabador.

miércoles, 18 de marzo de 2020






  Que te hundas conmigo en el mar frío,

  como aquella mujer del Ponto

  que va y viene en el recuerdo

  cuando la penumbra nos duele.


  Ilusión de que mis palabras se estiran y te tocan

  o son un viento que te revuelve el pelo

  en la noche procelosa

  en que la bruma te custodia,
 
  y el agua te baña.

martes, 17 de diciembre de 2019

Aforismos y Semblanzas.




La crueldad triunfa porque corre sin el peso de los escrúpulos.



No hay nada más pernicioso y absurdo que una pedagogía de la desconfianza.



Deberíamos comprender que exagerar es alejarse de la verdad, no refrendarla.



Pensamos demasiado en lo que nos gusta.



La suspicacia nos está volviendo idiotas.



Pasaron 50 años del mayo francés y la gente camina mirando al suelo como si viviese en un monasterio.



La interdicción de hablar con desconocidos es lesiva de toda posibilidad de conocer a alguien.



Gente reconcentrada, abatida, tensa, temerosa, prejuiciosa, constipada, necia, ofuscada, triste y despreciativa.



Conozco a varios alacranes.



Hagas lo que hagas, siempre va a estar mal para alguien.



.No quieres que te miren: esperas que aparten sus abyectos ojos de tu delicada humanidad.



El pueblo disfruta el fracaso de las consignas románticas.



Siempre se puede pensar dos veces antes de actuar y de hablar,  pero es mucho trabajo.



Siempre hay emociones, pero es frecuente que no sean las que uno quiere.



Estoy convencido de algo todavía impreciso.



Intransigentes con unos, indulgentes con otros: así gira el timón de nuestra imprudencia.



Es imposible revertir la estolidez de la gente prejuiciosa cuando está muy afianzada.



Entiendan la penalidad del filósofo, que no puede permitirse una amplia sonrisa.



Hay una forma segura de medrar y caer bien: es prescindir de toda creatividad.



Si todo lo que podés hacer como artista es ser snob y rodearte de un cenáculo de adulones, estás vacío. Como una de esas cajas de cartón que contienen huevos, pero sin huevos.



¿Cómo habríamos de entendernos si ni siquiera hablamos el mismo lenguaje?



Jamás se te ocurra confiar en un hombre simpático.



¿A qué ejercicio de estoicismo te has entregado últimamente?



Si se quiere incentivar el pensamiento, debería enseñarse religión en las escuelas y en todas partes, porque un sujeto crítico debe ser capaz de construirse una visión alegórica del mundo.



La academia, para ser mejor, debería prescindir de su gusto por el estilo desvaído, de su excesivo afán de actualidad y de sus sistemas de citación desconcertantes.



Quienes hablan de "abordaje", por lo general, me parecen piratas.



Dado que nada es más veloz que la luz, mirar muy lejos en el espacio significa a la vez mirar muy atrás en el pasado.



El que no tiene problemas, se los inventa.



Es, hasta cierto punto, inocuo ir contra un sentido común que preconiza la punición y la dureza, tributario, en parte, de las fisuras del Iluminismo. La locura por averiguar la Verdad, caracterizada como algo único, puro y duro. La Verdad, en esa línea, ha de ser violenta, no un juego de límites difusos. La Verdad ha de ser lucha sin cuartel, sufrimiento, compunción, sacrificio inútil, esfuerzo denodado sin ayuda y sin descanso. La Verdad ha de ser algo directo, sencillo, triste y definitivo.



Hay muchos que sueñan con irse a ese planeta parecido a la tierra, pero más grande y más hermoso, pensando que en él no habrá melancolía.



Centro comercial. Un gran túnel de vidrio invadido de olor a Provenzal. En él se juntan todas las formas de esparcimiento en un punto: comida, descanso, paseo, consumo irresponsable, acicalamiento. En una sinopsis brutal, aparece el reboso de siglos de cultura occidental. Una enciclopedia de la molicie. Los cubrecamas se impregnan de fritanga. La disquería exhibe los discos con una clasificación que tiene toda la meticulosidad del capricho. La empleada se comporta con la misteriosa adustez de una máquina. El “patio de comidas” es un escenario de miradas duras y pudorosas. En los pasillos, unos stand de perfumes aburren a unas promotoras melancólicas que sueñan con el sol en la piel. Baños, Cines, todo parece cortado a la medida de alguien que no soy yo.




Los comerciantes, un hato de provincianos sin elegancia. Los transeúntes, indolentes, huecos e inhumanos, exudan el desprecio por la piel: se refugian en las vidrieras para no ver la mirada y la mano que pide.




"Puesta en valor" de un antiguo chalet. En el frente, un contenedor con caños de plomo y un antiguo orinal. En los fondos, una pala mecánica.




Buena parte de los males se deben al hábito de admirar a quien debería ser abominado.




¿Y si el hombre se equivocara siempre? ¿Si sufriese la eterna desavenencia entre el tiempo y el azar?




La tontería es lenta para comprender y rápida para juzgar.




Cuando mucho, podemos aspirar a una bella imperfección.




Hay algo de Apocalipsis en los escaparates que dicen "últimos días".




Qué clase media tan ramplona, ignorante, indolente, reaccionaria y vacía.




Cada vez hay más personas que dicen "ni idea".




En la próxima vida  prometo que voy a complacer a todos y ser inteligente, sociable, previsible, conciliador, optimista, craso y correcto.




Estoy ansioso por mirar series de televisión que me envilezcan y atrofien mi sensibilidad.




Estoy harto de que los publicistas me tuteen.




Mientras limpian el aula, enfrento al sol a través del enrejado. Una polilla se me acerca: manchas oscuras en las alas. Se precipita sobre mi pulóver como si me conociera, y con el dedo la llevo de vuelta a la pared. Me doy cuenta de que nunca deja de temblar, como si fuese un viejo camión Bedford: un camión que vuela.







La señora pregunta a los empleados de qué cuadro son y éstos lacónicamente afirman ser uno de River y otro de Boca. Ella comienza a hablar de su familia, que es de Racing, y su marido, que nació en San Antonio de Areco, de apellido Corbatta, primo de Oreste Omar Corbatta, gloria de Racing. La señora dice que Corbatta "era un Maradona". Yo recito para mis adentros: Corbatta, Mansilla, Pizzutti, Sosa y Belén. El empleado de la caja, serio, parco y práctico, no le contesta y no la oye.





Me siento inspirado. voy a escribir un poema sobre el saquito, la bici, los pibes, la birra y el faso.




El poeta Matías Moscardi, que solía ser un tunante, abrazó la vida religiosa.




El poeta argentino Juan Diego Incardona afirma que deberíamos escribir cosas como "la pared está triste". Obediente, el cantante Pablo Ruiz compuso una canción que dice "estoy llamándote mi amor, y tu teléfono no quiere contestar".




Escuché por la radio una canción que dice "conocía mi interior como bola de cristal". Se refiere a la transparencia de la bola de cristal o a sus cualidades adivinatorias? ¿Y lo que se conoce es propiamente la bola de cristal, o son otros hechos, situaciones o estados de cosas los que se conocen a través de ella?




El problema de la poesía actual es su dependencia de la palabra y la referencia. Confío en que la poesía del futuro se reducirá a gestos.




 'Clases Abiertas' de Piglia sobre narrativa argentina...




Las personas jóvenes usan el anglicismo "banner", someramente traducible como "bandera" o "cartel". Borges (que nació un 23 o 24 de agosto) fue un precursor en su uso poético: 

Siempre el coraje es mejor
la esperanza nunca es banner;
vaya pues esta milonga,
para Jacinto Chiclanner.




Hay que estar muy pendientes de las garrulerías que diga Vargas Llosa.




Soñé que tus ojos me mataban de golpe, que tus manos eran caballos al galope, y tu voz arrullaba mi sueño.



Sus ojos, mirando al cielo, vibran con el estupor de la piel.



Va a llegar un momento en que todos nos llamaremos Kevin.




Hoy un alumno me hizo notar que Sandro podria adscribirse al idealismo subjetivo en virtud de aquella expresión que dice "tengo un mundo de sensaciones".




Me retracto de todo lo que dije la noche del jueves.



No sé si creer o no en la racionalidad de la ciencia, pero por las dudas pongo los zapatitos.



Soñé que había tomado un poco de Barbera, pero necesitaba algo más.



Soy un shapori poderoso, lo que pasa es que mis hekuras están débiles.




Me dijeron que en el cielo no hay sillas de plástico, ni ropa de manta polar, y que los shorts de baño llegan hasta la mitad del fémur.




Los profesores de gimnasia no tienen por qué soportar que se los obligue a peinarse con rodete y vestirse con prendas de siré.




Abrazar a los árboles era una solución perentoria para aliviarlos del frío, por eso, algunos, con notable ingenio, les tejen pulóveres.



Si su hijo utiliza a menudo la palabra "rosca" puede estar involucrado en las peleas callejeras, la política universitaria, los melindres amorosos, la panadería, la pascua, los reyes, la bulonería, la cañería, los repuestos sanitarios, la literatura de Henry James o la afectación de las clases altas.



Deberia existir el Día del Silencio.



Fantasma oscuro, de piel trajinada por el sol del estío: ¿Han soñado alguna vez tus manos con la blanca caricia, y tus ojos con el verdor de la amatista?



A tal pedal ama la de plata.



Un artefacto de fierro y plástico vale cinco veces más por denominarse "juguete". "Juguete" es una entelequia carísima.



Lo que en el cuento infantil "los tres cerditos" era la perentoriedad de cada una de las casas, está representado en el dibujo animado "las chicas superpoderosas" por el cuerpo: si "bellota" aparece como la más dura y duradera, "bombón" está a expensas de ser derretida o devorada sin dilaciones. "burbuja" desde luego, es la más efímera.




Ojalá que dejen de usar la expresión "vuelta al cole".



Competitivo, chulo, arrogante y prepotente, el Topo Gigio afirmaba "lo dije yo primero".



Los directivos reprenden a las estudiantes por usar ropas con estampado "animal print", ignorando que las mujeres de las cavernas se vestían con piel de leopardo.



"Pet Shop": más suave que "venta de animales".



Los dragones se extinguieron a causa de la invención de los matafuegos, extinguidores por excelencia.



Sin tracción a sangre no habría Don Quijote, Cantar de Mío Cid, Chanson de Roland, Martín Fierro, Don Segundo Sombra, El Caballo y su sombra.



Ella me miraba como si fuese un orangután que acaba de devorar a su compañero de jaula.



¿Esas personas de expresión vacía y ropa ridícula son las celebridades?



No hay nada más subversivo que una berenjena.

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Cosa extraña y contradictoria: el racismo es a veces un artículo de exportación. La veneración por lo extranjero, sobre todo si es discriminatorio, grosero y gazmoño, podría hacer que tengamos nuestro propio “amanecer dorado”.



Los inmigrantes son el 4% de la población del país, y generan más dividendos que los que se gastan en ellos. Necesitamos que vengan más inmigrantes pacíficos y de buena voluntad para mitigar la arrogante violencia de la sociedad argentina, violencia mimética, tributaria del avasallamiento de las conquistas europeas del siglo XVI: una brasa que después de quinientos años sigue prendida.



¿Cuantas manifestaciones de microfascismo de parte de argentinos de clase media soportaste hoy?



¿Les parece insólito el advenimiento de la derecha? Es el epifenómeno de lo que cada uno de nosotros lleva en su corazón, la expresión amplificada de nuestras formas cotidianas de pensar y actuar.



La derecha nacional confiere una importancia hiperbólica al chorizo.



Hagamos una "guerra de Dios" contra el restaurante MacDonald's.



Es una carrera para ver quién es funcional a las derechas de un modo más ingenioso y refinado.



Los argentinos tenemos mucho que aprender de la ética de los europeos. A partir de mañana nos dedicaremos al coloniaje, las guerras de expansión, el esclavismo y la depuración racial.



Tendría que haber una calle que se llame "Rosas, frío corazón de hielo”.



No tenemos esperanza mientras nos eduquemos a través de la publicidad, los videojuegos y las series norteamericanas.




Buena parte de la culpa la tiene Elvis Presley.





Quienes están a favor de salvar las dos vidas se olvidan de los mellizos Barros Schelotto, las trillizas de oro, los quintillizos Riganti o los sextillizos López. estrictamente habría que hablar de la salvación de las dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho o nueve vidas.



Los que dicen que las jovencitas se embarazan para cobrar la asignación parecen desconocer las delicias del tálamo.



Una chica envuelta en una mañanita negra, desde la ventanilla de un taxi, me dice:
“Bebé, cómo te haría el amor gratis”
(¿”Gratis"?....)



Veo venir cuatro pelos renegridos y cuatro uniformes. ellas cantan "ponga huevo y corazón". Contraste de las voces núbiles y la canción guaranga.



Cuando un hombre tiene una idea, la reconoce con dificultad y toma ante ella una distancia culpable. Hay, en cambio, algo maternal en el modo en que una mujer engendra y ama sus ideas.



Reconozco, al menos, dos clases de belleza femenina: una, lastima el sensorio por un exceso de positividad, desborda y duele. La otra, invita al descubrimiento y la asimilación, y es por esencia sibilina. La primera exige un sentido perfecto; la segunda, cierto esfuerzo en el desciframiento.




Si tu pareja cuida mucho su apariencia, es probable que esté interesado/a en alguien más.
Si luce descuidado/a es porque acaso has dejado de importarle lo suficiente.

Si te acusa de engaño, seguramente quiere que sientas mortificación o busca pretextos para acabar con la relación.
Si no le importa que le engañes, tal vez simplemente no tiene interés en ti.

Si monta una escenita de celos, es porque experimenta dudas e inseguridad: ¿qué ocultará?
Si no te cela, mal signo! Pronto dejarás de estar en sus planes.

Si actúa distante, es probable que esté buscando un modo indoloro de concluir la relación.
Si muestra demasiadas lisonjas, ¡cuidado! Puede que lo haga por sentirse culpable.



Hay hombres a los que las mujeres no ven: dignos espectros, con sigiloso paso de onza.



Las efusiones de la izquierda vernácula son un juego limital. "¿Hasta dónde se puede llegar?" es la pregunta que tiene en vilo a propios y extraños.



Me he preguntado si en la alusión de la marcha peronista a la "realidad efectiva" hay un soplo de hegelianismo.



Debe ser difícil para otras culturas entender que los occidentales se inmolen por una selfie.



La modernización es un gas deletéreo, causa de nuestra muerte lenta: una fuga de los signos vitales que presenciamos con los brazos caídos.



Camino a la farmacia, caigo en la cuenta de que vamos a vivir muy poco.



Hay que vivir cada día como si fuera el último, el primero o alguno de los del medio.



Todo debe ser sacrificado en el altar de la belleza.