domingo, 11 de agosto de 2013
winter
¿Por qué el cielo está tan estrellado
y el aire tan fino?
Tímidas voces se mezclan
con el ladrido de los perros
en la fría noche de agosto.
Afuera hacia el oeste, caerá la helada
sobre los pastos duros,
y el canto de los grillos resonará en el mojado
suelo de la pampa.
La tierra existe desde tiempo inmemorial,
y el universo. De nosotros
pronto no quedará un vestigio;
y yo pensando ahora, absurdamente
en tus ojos,
como si fueran eternos.
martes, 28 de mayo de 2013
MUERTE DE ANAKIN SKYWALKER
A
menudo ir al cinematógrafo es algo gratificante, porque todo lo que se aprecia
en la pantalla es grande y hermoso. La luz y la belleza de los colores y las
formas son los recursos de que se valen los cineastas para trasponer el umbral
de nuestras conciencias y conmovernos hasta hacernos suscribir lo que nunca
hubiéramos creído hallar en nuestro pecho.
Ni más ni menos que aquello me ocurrió durante y después de ver el filme
“La guerra de las galaxias episodio III”. Comencé impresionándome al notar que
artefactos espaciales de las más estrambóticas fisonomías se deslizaban con
naturalidad a través de una profunda noche. (¿Por qué había mirado con embeleso
esa pirámide de letras del comienzo sin
leer lo que decía? Ahora estaba perdido).
La situación del filme, que no carece de interés, es la de una comunidad
interplanetaria de naciones regidas por un primer ministro y un parlamento. El
protagonista es indudablemente un héroe trágico: lo que se advierte según la
lograda forma en que sus escrúpulos van creciendo y por cómo se ve tironeado
por sentimientos dilemáticos acerca de lo que es justo, correcto y digno.
Si alguien se dispone a ver una película como ésta de mal
humor y es, además un genealogista, probablemente no la disfrutará. Porque si
se pregunta de dónde salen todas esas extrañas criaturas que son medio animadas
y medio robóticas, autómatas con peculiar sentido del humor, lealtades,
repentización y cualidades emparentadas con la virtud y la moral; legiones de
robots que se hacen añicos al primer disparo, animales fantásticos que todo el
tiempo parecen abalanzarse sobre el espectador, no hallará respuestas que lo
satisfagan. Tranquiliza un poco el hecho de que Anakin y su maestro se parezcan
bastante a seres humanos, dotados de poderes... bastante compatibles con
las fantasías humanas (hasta Per Abatt
habrá soñado con quebrar en dos a su prójimo de un golpe de espada).
Hay algo con respecto a lo cual la película es bastante explicativa: la
madre del muchacho ha sido muerta, (y probablemente ultrajada) por una tribu de
tipos que son como una especie de tuaregs, de los que él ha dado cuenta con una
noción de justicia naturalmente ajena a la regla de oro. La cuestión que a mí
me interesa destacar es que no ha dispuesto de su madre como le sucede
normalmente a cualquier niño o joven occidental. Su ignaro desconocimiento del
carácter femenino se evidencia en las torpezas en que se ve al expresar sus
sentimientos a su amada, afirmando, v.g. que el hecho de que se encuentre
hermosa se debe a que él está muy enamorado de ella, lo que lejos de agradarla,
la turba.
La falta de una familia que lo hubiese
tutelado suficientemente, la subitánea ausencia de su madre –que se plantea en
episodios anteriores del relato- es determinante, creo yo, para la descripción
de Anakin que se propone: altivo y megalómano, siempre cree estar menoscabado
por la situación; mezquino, desconfiado y lábil, quiere disponer de poderes
crecientes que no está facultado para tasar y emplear en forma adecuada;
impulsivo y exageradamente sanguíneo, hace lo que desea, pero es incapaz de
deliberar sin ser influido por la opinión de los demás.
Su inhabilidad moral pretende reflejar el fracaso de una comunidad que
propugna los valores cívicos en detrimento de los filiales. Quiere decir que
una sociedad de derecho es como una nuez vacía o un muñeco relleno de paja si
no ha sido alimentada desde el comienzo por el amor parental y si quiere
prescindir de los afectos. Por consiguiente, nuestra suscripción a los
contratos obedecería menos a una evaluación racional de las características de
las leyes a las que nos obliga, que a una serie de apelaciones a la cesión
abnegada y el amor a cosas abstractas como la patria, la autoridad divina o una
determinada forma de gobierno. En un momento dramático el maestro Obi Wan
afirma que no puede aceptar determinadas circunstancias por estar comprometido
con la “democracia”. Anakin no escucha su voz, que se pierde en la vorágine de
la película. La sordera de Anakin significa, según creo, la tesis de que no
podemos guardar amor y fidelidad a la democracia si previamente no hemos
aprendido a ser amorosos y fieles en un sentido más primordial, en nuestra
familia y con nuestra madre.
¿Qué decir de lo que sigue? Skywalker,
insensible y ciego, casi mata a su grácil compañera y muere a manos de Kanobi,
a quien parece no reconocer y afirma odiar. Además adquiere, por vías discutibles,
unos poderes que malgobierna e ingresa en una especie de delirio persecutorio
que acaba por matarlo. En el interín, la protagonista sucumbe pero los pequeños
niños que gestaba nacen. ¿Y qué hacer con ellos? Que el estado tome decisiones
privadas es monstruoso para casi todo el mundo, pero a veces no queda otra. Los
parlamentarios se reúnen y se ponen de acuerdo. Una de las imágenes finales
muestra a Kanobi entregando a uno de los pequeños críos a una pareja joven que
vive precariamente, en un paraje desierto.-
lunes, 22 de abril de 2013
una reflexión vaporosa sobre el 18 A
Con estas palabras, estoy sucumbiendo a la tentación de dar a conocer
algunas opiniones políticas, que permanecían en privado, y sobre las que disto
de estar seguro. Quiero entregarme en principio a un ejercicio intelectual
romántico, como es el de establecer una comparación que explique un hecho
actual en función de uno pasado. El actual es el llamado "18 A" y el
pasado la redacción, por parte de Martín Lutero, de los Escritos Políticos de la época de 1527. ¿Qué tienen que ver
episodios tan disímiles en la forma y en el tiempo? Lutero pensaba,
someramente, que la legitimidad del Estado político se basaba en esta
afirmación: en la sociedad no todos son cristianos (léase “buenos”), y es
preciso proteger a los cristianos de los daños que pueden sufrir a manos de los
no- cristianos (“malos”). Por lo tanto, se le debe “obediencia, honor y temor”
al poder temporal, llamado también “guerra” o “espada”. Es una teoría límpida y
perfecta, sobre todo en comparación con el basto catálogo de consejos bajos que
es El Príncipe de Niccoló Maquiavelo.
El punto que hay que examinar es: ¿Cómo debe obrar un Estado político
frente a la turba encendida que quiere destituir a sus gobernantes, que hace
violencia contra ciudadanos particulares y que lanza hacia los magistrados maldiciones
y acusaciones infames? Se supone que con la espada. El problema es que en la
concepción del Estado democrático, la legitimidad ya no reside exclusivamente
en el uso de la fuerza, sino también en el sufragio, el libre juego de las
opiniones, y el arte persuasivo. Los ciudadanos pueden manifestarse contra
gobernantes que no los representan y expresar su disconformidad. Parece algo
más controvertible que puedan agitar con consignas que digan que hay que
voltear al gobierno a cualquier precio, y si esto puede ser considerado
simplemente como sedición. No deja de ser llamativo que los administradores del
Estado deban presenciar cómo algunos de sus súbditos hacen manifestaciones en
contra del propio Estado y a favor de la interrupción o la destrucción de su
orden institucional, pero la democracia es el plexo en el que todas las
opiniones, incluso las antidemocráticas, tienen lugar.
Es más común, y menos peligroso, el que se hagan caricaturas y befas carnavalescas
sobre los gobernantes (siempre que no superen el umbral de la indecencia) que
son tomadas como una expresión y descarga de cierta disconformidad y alivio de
la tensión que provocan las relaciones de obediencia. La protesta se vuelve más
seria si algún sector entiende que el gobierno no gobierna para los suyos, sino
que siempre está favoreciendo a otros, y entonces exige unos gobernantes más
acordes a sus intereses: “un rey como David, que nos haga ricos y poderosos”.
El ciudadano es en ese caso libre de expresar sus más extraños deseos y conjeturas.
Las mujeres jóvenes pueden decir, por ejemplo, “me gustaría que Ryan O’ Neal
fuese el presidente”, o los hombres soñar con que un caballo sea legislador.
Pero la traducción de tales deseos a la realidad es algo escabroso, y la
mayoría de esos deseantes individuales quiere eximirse de las cargas de un
prolongado trabajo en pos de sus ideas, porque no las cree tan importantes como
para consagrar su vida a ellas.
Colijo que hay una sensible separación entre
el soñador inofensivo, el militante que hace peticiones al gobierno partiendo
de ciertas convicciones y planteos claros, incluso invocando un derecho formal
a la rebelión, o la necesidad de una revolución política; y el delincuente
sedicioso, insolente, grosero, y violento, que sólo aspira a defender sus
prerrogativas sin curarse de los caminos que podrían conducir, eventualmente,
al bienestar general
jueves, 3 de enero de 2013
La dictadura deletérea, ayer y hoy.
Durante la dictadura militar, yo no era muy consciente de lo que pasaba
en el país. Dedicaba mis tardes a
retozar en un gigantesco monte de eucaliptos lindero a mi casa, jugar a la
pelota con los mocosos de la villa, quitarle las garrapatas a mi perro Poroto, pasear con mi abuelo recogiendo
uvas chinches, limones secos e higos raquíticos, atormentar a un pequeño gato tabby silencioso y parco, escuchar junto
a mi padre los partidos de San Lorenzo en la B , enamorarme de una vecinita chilena, ir a la
escuela, y mil cosas más. Se dirá que
era un chico y no tenía obligación de participar en política ni de estar
informado, pero en el fondo, me ocurría lo mismo que a todas las personas que
me rodeaban : estaba viviendo. Vivía activamente, porque hay, supongo, una
infinidad de esferas de la vida que una dictadura no puede aniquilar. En algún
punto, se me ocurre que una dictadura es como una glaciación: hay mucha vida
que queda bajo el hielo, y cuando termina su efecto devastador, las especies
que sobrevivieron se desarrollan como pueden.
Vi la asunción de Raúl Alfonsín en casa de mi abuela materna, en
calzoncillos, tirado en un sillón. Dicen que cuando volvió la democracia, los
militares todavía tenían poder: su presencia era inquietante como la de un
dolor reflejo. No hace falta hacer observaciones sobre el modo en que los
integrantes de las juntas fueron juzgados, porque es algo de lo que se ha
hablado mucho. Quiero observar que la dictadura legó a la sociedad argentina una
miríada de taras, de marcas en el lenguaje, y también de prácticas: la
dictadura triunfó, en algún punto, dejando tras de sí la huella de una sociedad
represiva, punitiva y vigilante. Porque nuestra subjetividad no es democrática.
Si realmente fuésemos democráticos, no nos irritaría que alguien piense (y
sobre todo sea ) distinto. Si
fuésemos democráticos, estaríamos más cerca de comprender el sentido de la
diversidad. Pero, como decía Kant, falta mucho para que estemos emancipados,
y así, cada uno lanza los dicterios
morales que se le ocurren y se regodea en estigmatizar, y, si puede, delatar al
vecino.
Hay personas que se dedican a averiguar qué estuvo haciendo cada uno
durante la dictadura militar, para después, munidas de una autoridad moral
incógnita, condenarlo o absolverlo. La cosa no pasa de unos cotilleos y rumores
sin sustancia. Desde luego, no hablo aquí de la justa y pertinente denuncia y
repudio que se hace de los verdaderos represores y cómplices de la dictadura, y
todos sabemos, someramente, quienes tienen las manos manchadas. Afirmo, en
efecto, que el asunto es demasiado serio como para que se haga a partir de él
una retorica desaforada, o un usufructuo
vil y estratégico. Afortunadamente la justicia, aunque humana, no depende del
parecer individual de un hombre que bien
puede estar ofuscado, inventar patrañas o incurrir en unilateralidad. La
justicia humana requiere de procedimientos que la invisten de cierto grado de objetividad y
transparencia. Es justo decir que la
política de derechos humanos que lleva adelante el gobierno actual –más allá de
lo buena que fuese en términos absolutos- goza de un consenso bastante amplio
en la sociedad.
Los fariseos que acusan a los demás para alimentar sus propios intereses
o perversiones, o para eximirse a sí mismos de culpa, manipulan a sus
interlocutores y faltan el respeto a los procesos políticos protagonizados por
lo más granado de la militancia y el pensamiento argentino de toda una década,
y desconocen el cariz verdaderamente trágico del terrorismo de estado.
Los que, en general, acusan a los demás de cualquier cosa,
inventando falsedades a sabiendas, con interpretaciones maliciosas, se degradan
a sí mismos y atacan al mismo tiempo el ideal de un posible humanismo.
martes, 18 de diciembre de 2012
DULCE DANIELA
La abeja sobrevuela la caléndula amarilla
Con un acento agudo de presente
Y en realidad, su vuelo enroscado a un poder invisible
No cesa de inventar la vieja y terrible mentira
En que nos ponemos de acuerdo. Es hermosa.
Osvaldo Picardo.
La noche del lunes, no sé por qué, Daniela
Mercuri me pareció una abeja. Será porque tiene ojos de miel. Será porque baila. Ignoro todo sobre la danza
de las abejas que, según dicen, descubrió Karl von Frisch. Pero sospecho que
debe ser algo tan fascinante como la danza de Daniela. Será porque me pregunto,
y se preguntan todos los que la vieron, cómo hace para moverse con tanta
ligereza. Pero es una mujer: robusta,
bahiana, de busto perfecto, de fuertes piernas, envuelta en un enorme vestido
blanco de seda, con interminables volados.
Su espectáculo es asombroso,
conmovedor, vibrante, de una calidad y de un virtuosismo incuestionables.
Porque además, ella canta, y lo hace con un caudal y un vibrato muy notables. El
problema, acaso, es que toda su puesta se inserta, entra un poco a la fuerza,
en un formato que es el de la 41 Fiesta Nacional del Mar. El mar, que es
eterno, ignorará por siempre que en una remota ciudad de provincia, feudal,
conservadora y apática, de una nación del extremo sur, unos hombres que miden
el tiempo y viven en una cultura, le tributan una fiesta. Pero la fiesta se
hace: y en ella están un cancionista simpático y de cierto talento, algo
chusco, llamado Kevin Johansen, que canta Anoche
soñé contigo y entona desorejadamente Garota
de Ipanema, y Daniela tiene la generosidad de compartir escenario con él. Y
están las candidatas a reina, que son chicas lindas, pero no saben sambar y
bailan sin gracia, porque están nerviosas. Entonces el cuerpo místico del
recital de Daniela Mercuri se degrada un poco. Pero ella se abre camino, con
una energía sin medida. Rapunzel, un
canto al amor divertido y absurdo, una canción de Chico Buarque de Holanda,
otra de Violeta Parra, muchas versiones
de canciones típicas del Axé, un
ritmo despreciado en el Brasil por popular y ordinario, frente al cenáculo
culto de la Bossa Nova
y el coto pulcro, conservador, de la milonga. Daniela hermosea, baila, canta, grita
“Argentina”, “Mar del Plata”, sueña
con que el carnaval de Bahía venga a Mar del Plata, con que Argentina y Brasil
armen un solo equipo de fútbol, con que Suramérica sea un solo país, habla de la Negritude
y entona duerme negrito. Dice que los
suramericanos son cálidos y humanos, que ama la Argentina , que hay que
apostar a la cooperación y no a la competencia y canta Alegría agora. Y uno se persuade, por un momento, de que todo eso
es cierto, porque hasta un hombre triste y desencantado se deja convencer por
la belleza, se empalaga con la voz, la danza y las palabras, la boca y los
ojos, porque la belleza nos transporta. Al despertar, es el mismo valle de
lágrimas. El verano dura poco, y como decía Robert Burns, los mejores proyectos
de los hombres fracasan a menudo. ¿Dónde estábamos? Debo estar en América del
Sur: bien al sur.
sábado, 11 de agosto de 2012
Hay circunstancias en que los hombres sienten el alborear de una nueva
poética. Esa poética tiene las trazas de algo sustantivo, que no se devela en
un primer escrutinio, sino que requiere una inquisición y una apelación a lo
esencial. Las artes nos han mostrado desde tiempo ha una desintegración y un
deslavazamiento de sus bases, producto, de un lado, de su desproporcionado y
frenético afán de innovación y de otro, del usufructuo que han hecho de su destrucción
el comercio y los medios de información.
Entonces no podemos tolerar, si queremos de algún modo reconocer el
valor de las artes, a ninguna de los elementos que la han enviado a la huesa:
el interés proficuo no podría sernos más refractario en cualquiera de sus
variantes, pero sobre todo, en una primera línea, el que está volcado al
trapaceo con el valor de las artes. Ya sabemos que las obras artísticas tienen
un axis irrestricto que no puede comerciarse en el mercado. Contravenir Esto, si bien no deprecia aquel
valor indestructible, confunde y corrompe la vida de los hombres.
Se supone que cuando las expresiones artísticas se vuelven un fin de
lucro pierden al mismo tiempo toda su originalidad y esplendor, al punto que
parece que el lucro y el valor estético se excluyen mutuamente sin que puedan
mezclarse en ninguna ocasión. Ya sucedió algo así con el portabotellas de
Duchamp y pasa lo mismo cada vez que la excentricidad y rebeillon del artista son disueltas en el cieno de la sociedad
cultural, y así la innovación parece revertida hacia la parálisis.
El arte es el sueño de la cultura: sin ella, el triunfo del orden cerril
sería incuestionable. Y ese sueño frecuentemente se refiere a una nueva
organización de la realidad: es notable que tengamos la capacidad de pensar que
las cosas podrían ser de otro modo: el poeta confía en que esa capacidad
conjetural y regulativa le ha sido infusa, y llega a sostener que un hálito
divino le transmite las formas de la auténtica realidad.
Se observará que repudiamos mucho y que hacemos definiciones por la
negativa: es que como ha dicho Blanshard, “pensar en algo es pensar en sus
relaciones esenciales”. Por lo que según parece, no podemos pensar la Nueva Poética sin sopesar sus
relaciones con la economía del mercado, la política, la violencia institucional
y la sociedad occidental con sus modales y formas de ser.
La poesía inspirada en el Humanismo ha dado réditos en el pasado, pero
ahora se sabe que sus premisas han sido socavadas duramente. Por eso no somos
dueños de creer que el poeta es un sujeto de poesía y que su búsqueda ha de
dirigirse al hallazgo de una sola voz. Ya podemos suponer que el que escribe
poesía es el brazo de una multiplicidad de voces, que no se identifican, sino que luchan agonalmente por la aparición.
La poesía consta de palabras, pero es, en efecto, algo más que ellas. Y
ese algo más sólo puede provenir de un lugar trascendente. Esto se puede
admitir, pero no que un hombre pueda tener comunicación con lo
trascendente través de una expresión
unívoca. Cada uno es asaltado por una miríada de voces: la poesía no las muestra
tal como son, pero las expresa en una forma ordenada y plástica. La que consiga
esta expresión subvirtiendo al mínimo su inefabilidad original, será sin duda
la poesía más alta.
miércoles, 1 de agosto de 2012
Ese calor
demudado, lánguido
entre la
mañana y la tarde
detiene el
tiempo. Las voces
resuenan
como entre huecos pedernales
me siento
exangüe
pero aún
con el espejo
con el
desagrado a cuestas
recuérdame
en el vino que dejó
un regusto
amargo
en tu
gaznate. En el higo
negro y
agusanado
que te
causó estupor
allí late
la vida como entre risas
y paseos
superfluos
con canto
de grillos y cubiertas de chapa
que el sol
escuece
ese calor
hospeda la mañana
con trino
de serpiente
la boca
sedienta entre aguijones
con su
llanto de grasa
y las
moscas que desovan en el instante oculto
con ráfagas
de niño
los
pulmones me duelen. El corazón esconde
densas
llamas
de lo que
olvidaré cada día
como a esas
mujeres sin nombre
que van por
la avenida
cuando el
viento frío sople ya no habrá verano
ni mozos
desfachatados
asiendo la
fruta con las manos sucias
ni hedionda
basura en las esquinas melancólicas
bolsas de
plástico, viejos tarros de pintura
y ropa seca
y arrugada
dibujada
por los caracoles
ni insectos
furtivos
que surcan
el suelo y el aire
con sus
exoesqueletos impúdicos
y sus ojos
fieros
sueño con
mucho en poco tiempo
pero la
tarde me llama a sosiego
me pone
chaleco y corbata de angustia
me piensa
silente
como
despabilarse del inmundo remedio
con el café
sin beber
el alma
voraz no descansa
insulta a
la botella y a la lámpara
al aire que
respiro y la bujía
que inflama
la oscuridad
con sus
deseos. Que se muera
ya que
requiere tantos cuidados
que se
seque la pulpa
en que
fermenta la ignorancia y la sordidez
y la
injusticia del mundo
hablamos de
andar
como
escuderos del amor huraño
que se
sustrae a las trapisondas viles
mi amor,
escucha el detalle
del verano
en el álamo sombrío
y en la
alforja de las posesiones
en la que
como y duermo.
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