martes, 25 de marzo de 2014
lunes, 24 de marzo de 2014
Veo tu cara en sueños:
una nariz de espolón a proa,
unos labios de arena.
Siento que mi pecho
va y viene con el llanto de las cuerdas
mientras el suelo sepulta la vanidad del tiempo
y guarda de él unas herrumbres podridas.
Ese batir de alas y palabras
y páginas que se pierden en la noche,
en las cuencas de los faraones
que entre bálsamos y trapos ancestrales
dibujaron la historia,
es viento que sopla
el sílice que vuela en tu boca.
Es tu aliento que barre
el pesado atardecer del desierto
en que los perros aúllan aterrados,
y el corazón se escurre entre las manos.
martes, 4 de marzo de 2014
¿Qué pasa
que ya no dejo sombra
ni gotas de
amor en la espesura
y me he
vuelto invisible
para el sol
y la luna?
Desconfío
de la penumbra
en el
golpeteo de los viajes,
del fuego
arrobador de la madera nueva,
de los
candiles en la noche.
Algo en mis
ojos se revierte
y se vuelve
desierto
innumerable,
y polvo que vuela
en
remolinos.
Es como un
sueño que despierta,
como el
margay que trastabilla en la rama
y se hunde
y va hacia
el cielo negro como un mar de tierra
y viene
hacia mi con la tibieza del barco encallado
y el reboso
del agua salada
que borda
su paño.
viernes, 25 de octubre de 2013
SEIS
Seis.
Juego
con la seis. Es una camiseta de un acetato doble, pesado, azul con una franja
roja en el medio, dentro de un pantaloncito de algodón, enorme, con un cordón
atado en la cintura. Juego con la seis pero no soy muy alto, ni sé cabecear. La
cancha es enorme. Empieza el partido en
la mañana húmeda y la vaharada del pasto mojado llega hasta mis pulmones y me
ahoga. Me queda un rebote al borde del área penal y salgo jugando con una finta
elegante, y la suelto para uno de los mediocampistas: la pelota va hacia él,
perezosa, dando unos cuantos giros. Uno de atrás me dice por lo bajo “Hay que
largarla, seis”.
Ellos nos prestan la cancha para que
juguemos de local. O sea que son locales. Se vienen, son un tropel
de jugadores rápidos y técnicos, tocan de primera, con autoridad, sus finos
botines apenas se ensucian, y yo los veo pasar, me siento una carreta, un topo
lento y ciego que escarba buscando quien sabe qué. Consigo morderla y la saco
limpia para un compañero que la revienta, y ellos vuelven a recuperarla y abren
la cancha y corren, corren, corren y yo me siento tan ahogado. No puedo respirar,
busco aire, las manos en la cintura, los pulmones hinchados. Mis compañeros me
empiezan a recriminar, que me mueva, que tengo que marcar, que no estoy
marcando a nadie. Entonces el tres me dice vení, jugá por acá, y me voy al
lateral izquierdo. La recibo y salgo al trote contra la raya y llegando a la
altura del circulo central hago un enganche repentino y prolijísimo y toda la
cancha se abre, los jugadores se desplazan como transportados por una cinta y
queda un hueco luminoso, amplio, un camino abierto, arbolado en los flancos por
jugadores propios y ajenos, que culmina en el número cinco que levanta el brazo
y hacia allí va ella, decidida como una novia que va a visitar a un conscripto,
impulsada por la cara interna de mi pie derecho, un cambio de frente preciso,
notable, que incluye dos breves rebotes en la gramilla. Escucho como en un
sueño algunas exclamaciones y un par de tibios aplausos. Ya perdemos dos a cero
y el entretiempo es un remanso. A la pasada, uno de los rivales me toca la
cabeza, me dice “bien seis eh, una fiera” y yo resoplo y voy en silencio hacia
el vestuario. En el vestuario hace frío, más que a la intemperie. Uno de mis
compañeros quiere fumar, pero el técnico le dice no, no fumes ahora, escúchenme,
pero mis compañeros lo interrumpen, no hay charla técnica, es una especie de
asamblea. Uno de mis compañeros dice el seis no marca, y señalándome me dice
tenés que correr, todos nos matamos, no puede ser que vos no corras, y yo miro
al técnico que tiene una mueca como de compasión, es un tipo de rostro duro, de
pocas palabras y ojos tristes y nos dice tranquilos muchachos, ya sabemos que nosotros
no podemos entrenar, que acá cada uno juega como sabe. Salimos al segundo tiempo
y la figura de los rivales es cada vez más grande, son cada vez más altos, más
esbeltos, el réferi los llama por el nombre propio, ellos le hablan, sonríen.
Nos hacen dos goles más y nuestro equipo empieza a agonizar, somos espectros
llenos de barro, de transpiración pegajosa, que caminan por la cancha sin
sentido. Algunos tienen expresiones individuales de cólera, protestan, despejan
la pelota contra el alambrado, algunos me dan indicaciones, me dicen a los
gritos que vaya, que venga, que cuidado, pero la mayoría no tiene fuerzas
siquiera para eso, y ellos no se cansan nunca, van hasta el fondo y tiran el
centro y no llego a taparlos, no hay caso. Al final empiezan a tocar y tocar y
tocar y el partido se va yendo, sabemos que no vamos a descontar, y ellos ya no
quieren ampliar la ventaja: cuatro a cero. Recibo pase de un compañero y hago
un recorte hacia la derecha y tiro una especie de centro sin destino, que se va
medio metro por encima de la juntura del travesaño y el palo, y todo empieza a
perder sentido, estoy tan cansado que ya no puedo caminar, y el pitazo final me
hace sentir como si pesara doscientos kilos, un cuerpo pequeño hecho de una
materia extremadamente densa, y camino al vestuario, Román, el secretario, me
dice ahora estás medio perdido, pero ya te vas a acomodar, es el primer
partido. Y yo voy a hasta el vestuario
en que todos hablan en voz muy baja, dejo la camiseta y me pongo el buzo, agarro el
bolso y así nomás, sin que nadie lo
note, salgo caminado para el lado de la ruta. Camino unas dos cuadras y empiezo
a lagrimear, me siento acongojado y rompo a llorar, llorar, llorar, las
lágrimas se confunden con la humedad del aire, con mi propia transpiración, con
el agua del pasto que me moja las medias a través de los botines, pero mi
llanto se interrumpe porque veo venir el colectivo. El colectivo, ahí viene,
pero estoy lejos de la parada, le hago señas y veo que se detiene, gracias a
Dios. Me subo con paso enérgico y escucho el batifondo de los tapones de mis
viejos botines en la carrocería y me tiro en el asiento del
fondo.
Esa noche me despierto con un silbido en el
pecho y voy a la habitación de mi madre y no le puedo hablar, golpeo con los
puños contra la pared y la miro con los ojos muy abiertos y ella me dice qué te
pasa, estás obstruido, no podés respirar, y yo asiento con la cabeza, y ella me
dice, tranquilo hijo, y prende el nebulizador y le echa unas gotas de
salbutamol y yo me prendo a la boquilla y aspiro el vapor y después de unos diez
minutos la opresión empieza a ceder y entro en una especie de sopor. Mi
madre me pregunta si estoy mejor y le digo que sí, entonces me acompaña hasta
la cama y cuando apoyo la cabeza en la almohada siento que voy cayendo hacia un
lugar muy cálido y muy lindo, un abismo en el que voy a flotar eternamente,
ingrávido, donde no voy a cansarme, donde no voy a sentir dolor y voy a ser
feliz.
viernes, 11 de octubre de 2013
Ella ha caminado por el brocal
de la cisterna que riega
las plantas del vivero
innumerables veces
entre el olor de los gazapos
y los patos.
Aunque le hayan dado muerte
en mil ochocientos cuarenta
su Dios renacerá
de las cenizas de los impíos.
Los dolores del sueño me han traído
la dulzura de su aliento
y la tersura de su pelo
sobre el percal,
y el ver que rebusca la verdad
siempre en las mismas páginas
sin pensar en mí.
Sus breves libros reposan
sobre el pupitre brillante
mientras aprieta en sus manos
algo que ya no está.
domingo, 11 de agosto de 2013
winter
¿Por qué el cielo está tan estrellado
y el aire tan fino?
Tímidas voces se mezclan
con el ladrido de los perros
en la fría noche de agosto.
Afuera hacia el oeste, caerá la helada
sobre los pastos duros,
y el canto de los grillos resonará en el mojado
suelo de la pampa.
La tierra existe desde tiempo inmemorial,
y el universo. De nosotros
pronto no quedará un vestigio;
y yo pensando ahora, absurdamente
en tus ojos,
como si fueran eternos.
martes, 28 de mayo de 2013
MUERTE DE ANAKIN SKYWALKER
A
menudo ir al cinematógrafo es algo gratificante, porque todo lo que se aprecia
en la pantalla es grande y hermoso. La luz y la belleza de los colores y las
formas son los recursos de que se valen los cineastas para trasponer el umbral
de nuestras conciencias y conmovernos hasta hacernos suscribir lo que nunca
hubiéramos creído hallar en nuestro pecho.
Ni más ni menos que aquello me ocurrió durante y después de ver el filme
“La guerra de las galaxias episodio III”. Comencé impresionándome al notar que
artefactos espaciales de las más estrambóticas fisonomías se deslizaban con
naturalidad a través de una profunda noche. (¿Por qué había mirado con embeleso
esa pirámide de letras del comienzo sin
leer lo que decía? Ahora estaba perdido).
La situación del filme, que no carece de interés, es la de una comunidad
interplanetaria de naciones regidas por un primer ministro y un parlamento. El
protagonista es indudablemente un héroe trágico: lo que se advierte según la
lograda forma en que sus escrúpulos van creciendo y por cómo se ve tironeado
por sentimientos dilemáticos acerca de lo que es justo, correcto y digno.
Si alguien se dispone a ver una película como ésta de mal
humor y es, además un genealogista, probablemente no la disfrutará. Porque si
se pregunta de dónde salen todas esas extrañas criaturas que son medio animadas
y medio robóticas, autómatas con peculiar sentido del humor, lealtades,
repentización y cualidades emparentadas con la virtud y la moral; legiones de
robots que se hacen añicos al primer disparo, animales fantásticos que todo el
tiempo parecen abalanzarse sobre el espectador, no hallará respuestas que lo
satisfagan. Tranquiliza un poco el hecho de que Anakin y su maestro se parezcan
bastante a seres humanos, dotados de poderes... bastante compatibles con
las fantasías humanas (hasta Per Abatt
habrá soñado con quebrar en dos a su prójimo de un golpe de espada).
Hay algo con respecto a lo cual la película es bastante explicativa: la
madre del muchacho ha sido muerta, (y probablemente ultrajada) por una tribu de
tipos que son como una especie de tuaregs, de los que él ha dado cuenta con una
noción de justicia naturalmente ajena a la regla de oro. La cuestión que a mí
me interesa destacar es que no ha dispuesto de su madre como le sucede
normalmente a cualquier niño o joven occidental. Su ignaro desconocimiento del
carácter femenino se evidencia en las torpezas en que se ve al expresar sus
sentimientos a su amada, afirmando, v.g. que el hecho de que se encuentre
hermosa se debe a que él está muy enamorado de ella, lo que lejos de agradarla,
la turba.
La falta de una familia que lo hubiese
tutelado suficientemente, la subitánea ausencia de su madre –que se plantea en
episodios anteriores del relato- es determinante, creo yo, para la descripción
de Anakin que se propone: altivo y megalómano, siempre cree estar menoscabado
por la situación; mezquino, desconfiado y lábil, quiere disponer de poderes
crecientes que no está facultado para tasar y emplear en forma adecuada;
impulsivo y exageradamente sanguíneo, hace lo que desea, pero es incapaz de
deliberar sin ser influido por la opinión de los demás.
Su inhabilidad moral pretende reflejar el fracaso de una comunidad que
propugna los valores cívicos en detrimento de los filiales. Quiere decir que
una sociedad de derecho es como una nuez vacía o un muñeco relleno de paja si
no ha sido alimentada desde el comienzo por el amor parental y si quiere
prescindir de los afectos. Por consiguiente, nuestra suscripción a los
contratos obedecería menos a una evaluación racional de las características de
las leyes a las que nos obliga, que a una serie de apelaciones a la cesión
abnegada y el amor a cosas abstractas como la patria, la autoridad divina o una
determinada forma de gobierno. En un momento dramático el maestro Obi Wan
afirma que no puede aceptar determinadas circunstancias por estar comprometido
con la “democracia”. Anakin no escucha su voz, que se pierde en la vorágine de
la película. La sordera de Anakin significa, según creo, la tesis de que no
podemos guardar amor y fidelidad a la democracia si previamente no hemos
aprendido a ser amorosos y fieles en un sentido más primordial, en nuestra
familia y con nuestra madre.
¿Qué decir de lo que sigue? Skywalker,
insensible y ciego, casi mata a su grácil compañera y muere a manos de Kanobi,
a quien parece no reconocer y afirma odiar. Además adquiere, por vías discutibles,
unos poderes que malgobierna e ingresa en una especie de delirio persecutorio
que acaba por matarlo. En el interín, la protagonista sucumbe pero los pequeños
niños que gestaba nacen. ¿Y qué hacer con ellos? Que el estado tome decisiones
privadas es monstruoso para casi todo el mundo, pero a veces no queda otra. Los
parlamentarios se reúnen y se ponen de acuerdo. Una de las imágenes finales
muestra a Kanobi entregando a uno de los pequeños críos a una pareja joven que
vive precariamente, en un paraje desierto.-
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