miércoles, 8 de julio de 2015


EL TORO DE LIDIA.

  Hay personas que cuentan, con bastante desparpajo y detalle, que en España, tanto como en México, se celebran corridas de toros, en algunos casos clandestinas, a las que sin embargo concurren varios cientos de personas. Nunca presencié una corrida de toros, por lo que me sería dificultoso decir en qué consisten. Debería valerme de las explicaciones ajenas, los cuentos populares y la información que podría proveerme la obra Carmen de Bizet, y hacer a partir de esos datos fragmentarios una reconstrucción brumosa. Creo que la corrida se basa en el enfrentamiento de un toro con un señor que ostenta el nombre de Torero y cuya profesión –aunque deba escribir esto con pulso vacilante-es enfrentar al toro en la plaza. Munido de una pieza roja de género, el torero habrá de azuzar al toro para que se abalance las veces que sean necesarias, interin en que se le clavan lanzas, azagayas, espadas, cuchillos, y todas cosas que hiendan la carne del toro y le provoquen heridas por las que, como se comprenderá, no recibe ningún tipo de asistencia ni socorro. En la escena final, cuando el toro está desangrado, falto de oxígeno, adolorido y exangüe, el matador lo ultima atravesándole el torso con un florete de gran tamaño, y algunos cuentan que el torero vuelve al ruedo mostrando horriblemente las orejas cortadas del vacuno. Es innegable que hay un cierto arrojo en la acción del torero de enfrentar a un animal de gran porte y agresividad y que es unas cinco veces mayor que él, aunque pueda alegarse, de otra parte, que se trata de una osadía sin sentido. Si todo este deporte o espectáculo luce como una gran imbecilidad, no será la primera ni la más grave que se pueda imputar a la inefable España.
  Las personas que estudian el comportamiento animal tendrían que ver esos espectáculos para decidir si es cierto que el animal reacciona con un automatismo que se activa hasta el agotamiento físico, o por el contrario, sus acometidas proceden de una reserva instintual de energía que se “descarga” hasta decaer por completo. Así, podría ser que el toro se parase en la plaza a mirar los ademanes del torero sin intenciones de correr hacia él. La parada circense sufriría entonces un gran estrago, a manos de las leyes naturales.
  ¿Y qué hay del trapo rojo? ¿Daría lo mismo que el trapo fuese de cualquier color? Son enigmas del conocimiento animal que parecen difíciles de develar. Ya que el toro, de cualquier forma, va a morir, los organizadores de las corridas deberían permitir que se haga la experiencia de incitar al toro con una capa que sea de otro color del espectro, por ejemplo, azul. Esta idea me interesa, pero me desaliento pensando que es demasiado subversiva.
  El rojo es, en verdad, un color increíble. Es un color encendido y también, en cierta forma, prohibido, como dice en Proverbios 23:31: “no mires al vino cuando rojea”, pero en el antiguo testamento parece identificado con el amor cuando se habla de ofrendas de “cueros de carneros teñidos de rojo” (Éxodo, 26). Puede ser que por el rojo se pierdan vidas y se sacrifique mucho. Esto lo entrevió Sarmiento cuando recusando al partido federal suspiraba: “¿Y todo por un trapo rojo?”. No sólo los federales argentinos hicieron roja su divisa: los movimientos políticos más grandes de la tierra han levantado pendones rojos. Los equipos de fútbol de todo el mundo usan camisetas rojas: en Inglaterra son los más: se dirá que porque es uno de los colores de la bandera, pero yo sé que en Argentina hubo escuadras que llegaron incluso a definir en un desafío deportivo quién se quedaba con la ardiente y ansiada camiseta roja, debiendo el perdedor, sino renunciar por completo al color rojo, combinarlo a bastones mancillando su puridad.
  Cuando le pregunto a mi sobrino “¿Qué es el rojo?”, me contesta “un color”. Y cuando le pregunto “¿Y qué es un color?”, vuelve a responder “un color”, como si la pregunta no tuviese sentido. En efecto, un niño de cinco años, que ya tiene criterio de corrección, sabe que un color es un color, y no hay que dar más vueltas al asunto. ¿Pero acaso un equipo, un partido o un sindicato escogen el rojo porque si?  ¿Por qué el  rojo cada vez que nos entregamos a una situación agonal: una lucha política, una justa deportiva, un cortejo amoroso?
  Vuelvo a los toros: ellos están en la plaza circunstancialmente, pero sospecho que su verdadero hábitat está en otra parte: en la poesía. Supongo que he comenzado a apreciar y tomar en serio a los toros y a la poesía a través de Vicente Alexandre:

Oh tu, toro hermosísimo, piel sorprendida
Ciega suavidad como un mar hacia adentro
Quietud, caricia, toro, toro de cien poderes,
Frente a un bosque parado de espanto al borde

Toro o mundo que no, que no muge. Silencio.
Vastedad de esta hora. Cuerno o cielo ostentoso,
Toro negro que aguanta caricia, seda, mano.

  La poesía gauchesca, que no deja asunto importante sin tratar, también se habrá ocupado de los toros. En particular, me provoca extrañeza la sentencia de “Martín Fierro”, en que se dice:

Yo soy toro en mi rodeo
Y torazo en rodeo ajeno

  Esto se revela completamente contrario a lo que suele entenderse como la conducta de los animales, que diminuyen su capacidad de agresión a medida que se alejan del hipotético centro de su territorio de dominación. Martín Fierro no desconoce esto: es precisamente lo que hace que por vía de un efecto paradojal, su arrojo y su infatuación sean mayores, y convierte al habitante de las pampas, contra lo que suele pensarse, en un ser eminentemente cultural. El gauderio es un hijo de la técnica, y vive por ella: no podría subsistir sin la domesticación y el ensille del caballo, los accesorios de cuero trenzado, el cuchillo, el arte de atizar el fogón, el desecamiento de la carne. Con esas potencias, se siente fuerte para desenvolverse en “rodeo ajeno”, deambulando y haciendo que su territorio adquiera fronteras difusas. El gaucho también hace verónicas, esquiva y desaira al destino para subsistir.
  Las corridas de toros también tendrán sus justificadores. Antonio Víctor, un poeta que se define a sí mismo humanista, escribió un bello poema, La muerte de los toros:

Sobre el ara inmensa de la oscura tierra
Un bravo toro al sol se inmola, al cielo
Como un rito de sangre y un anhelo de vida
En la estampa rupestre de altamirales tiempos
El torero en la arena, sacerdotal y solo
Tiene en su expresión rígida y rituales movimientos
Toda la honda angustia y la grandeza
Del hombre en su soledad, del hombre eterno
Porque el toro noble no es la bestia
Que al hombre embiste con furor de viento
Es la violenta imagen de la muerte
Que desespera con furia allá en su cuerpo.

  Y esto es sólo un fragmento. Este poema parece hecho para confutarme, porque no solo lauda al torero y a la muerte del toro, sino al “hombre pasional, fuerte, ibérico, sin miedo a la muerte ni a la bestia”. Cuando unos habitantes de mi ciudad quisieron hacer una representación del encierro de San Fermín, muchos protestaron y un poeta escribió “quiero ver tus ojos en una botella, torero hijo de puta”. Esa pantomima de encierro, vilipendiada con exageración, no se hizo nunca más. Es que a veces lanzamos juicios inclementes. Yo mismo había planeado decir tajantemente, en estas páginas, que España era una tierra  yerma e inútil.-      










[1] Antecesor, aunque muy indirecto, del gaucho, el hombre de la edad del Reno comenzó con una ingente tradición matando animales y plasmándolos en sus paredes con conmovedores trazos. Así, da la impresión de que la sangre vacuna alimentó a la pintura incluso antes que a la poesía. 

lunes, 13 de octubre de 2014








UNA NOTA SOBRE EL MATADERO Y LA ILUSTRACIÓN.

Juan Brando



  Acaso esto mismo haya sido escrito muchas veces. Una idea muy manida que por eso mismo, no despierta el menor entusiasmo. Alguien puede imaginar en soledad que la tierra es redonda sin haber oído hablar jamás de ningún almirante genovés, y aún sentir el eco de que eso ha sido pensado antes. Suponemos que la idea alguna vez fue buena, cuando conservaba su troquelado, y en esa esperanza, que deja ahora de ser secreta, vamos  a consignarla de todos modos. Dice así: la federación es un animal. Esto se echa de ver en su nombre de “federación rocina”. Llamar “rocina” a la federación tiene una intencionalidad anfibológica: por un lado, aludir al basto jumento que llevó penosamente en sus lomos al caballero armado de Cervantes, cuya presencia en el relato de Echeverría describiremos más abajo, y por otro, al llamado Restaurador de las leyes, al que Borges se ha referido así:

Famosamente infame

Su nombre fue desolación en las casas

Idolátrico amor en el gauchaje

Y horror del tajo en la garganta.


  Habrá que pensar alguna vez si este poema absolutorio era dado a contrarrestar la expresión “Rosas, te maldigo”, pronunciada por otro poeta que ya no recuerdo.[1] La miríada de críticos que van vinculando, cartesianamente, a Borges con el resto de las cosas del mundo, tienen probablemente en el tema “Borges y el odio” un feraz campo de trabajo. Dice por caso de Rosas:


Ya Dios lo habrá olvidado

Y es menos una injuria que una piedad

Demorar su infinita disolución

Con limosnas de odio.


  Es natural que su odio, caso que exista, se haya dirigido con mayor encono a los tiranos de su tiempo que a los que ya estaban sepultados. El propio Borges ha expresado púbicamente sentir por los primeros  “algo parecido al odio”.

  Si la federación es un animal, tendrá corazón: ese corazón es el Matadero. Es entendible que aparezca descrito como algo sanguinoliento, y en cierto modo, abyecto. En él se condensan todas las pasiones en su tipo máximo y original. La fealdad y la ordinariez, y también cierta belleza que anida en lo brutal, están mezcladas allí en una barahúnda desorejada que, sin embargo, el narrador va describiendo con suma prolijidad, como en una exposición de cuadros. La importancia de este corazón malsano, el Matadero, es tan grande, que haciéndolo desaparecer, se aniquilaría a la entera federación: todo el cuerpo está sostenido en su movimiento y late con él.

  “El matadero” es el resumen de varias muertes. Un matadero es en efecto un lugar donde se ha de matar, pero en este caso, hay muertes que no son de rutina: ocurren de forma inopinada.

La muerte de un niño, símbolo de los valores culturales puros (piénsese en la acusación a los existencialistas de que habían olvidado “la sonrisa de un niño”) ocurrida como frecuentemente en la vida real: una víctima inocente perece en virtud de la violencia social. La muerte de un toro díscolo y valiente (y de cuyo valor se da cuenta con la exhibición de sus criadillas como una especie de trofeo constatativo) que no quiere someterse a la represión y la igualación: que quiere ser libre. Esa persecución y muerte prefigura la muerte del joven unitario al final del relato. Ambos, toro y joven, detentan el rasgo común  de la valentía para oponerse a la opresión. La unidad de medida de esa valentía es la animalidad: si los hombres son cobardes que someten a uno entre muchos, que son obsecuentes y se pliegan a relaciones políticas protervas, se convertirán en algo menos que animales. Aquí las fronteras y relaciones de analogía entre el hombre y el animal se vuelven nebulosas y en cierto modo, se subvierten. Si un hombre calla lo que tiene in petto y suscribe la injusticia por conveniencia o por temor, decae de su condición de hombre, en la premisa de que, como ha dicho Carlyle “el sentimiento de injusticia es insoportable al corazón humano”. Si un hombre soporta la injusticia sin inmutarse, sin revolverse contra ella, deja de ser un hombre, pero asimismo no puede ser un animal, a quien le están vedadas las deliberaciones sobre la justicia. De esto resulta que la “infame canalla” a la que se dirige el joven unitario está compuesta por unos seres del tercer tipo: híbridos que no pueden llamarse estrictamente animales ni humanos.

  No sólo el vocabulario con que el joven unitario insulta es traído del Quijote: su inactual aparición en el relato lo pone en situación de ser un caballero que anda por ahí, en suburbios limitales, buscando enderezar entuertos y reparar injusticias. Su insolencia al hablar, el acto de patear el vaso de agua ofrecido por el negro, reflejan, por un lado, la reivindicación de una hidalguía ignorada y mancillada, la nostalgia por un sistema de castas que desaparece para no volver, y por otro, el planteo de que la vesanía está en el avance desmesurado, tanto o más que en la fuerza individual que lo contraviene. ¿Dónde reside la locura: en suicidarse por lo propios ideales u opiniones, en virtud de la libertad de de pensar, o en un sistema social fundado en la inmoralidad y el disvalor? Aquí es donde se advierte la inspiración netamente ilustada del planteo: locura o delirio son el guiarse por lo que dice un tribuno, obedecer sin deliberar, permanecer en la tutela ajena o creer en supersticiones irracionales.  La libertad para la opinión y la propia instrucción, esa Libertad irrestricta, está más allá de la vida y de su pérdida. El mundo habrá enloquecido si se mata a los que deciden pensar por sí mismos. Morir por causa de la libertad es, en tal caso, la única forma de afrontar que el orden antiguo ya no podrá restituirse.

  Entonces, “El Matadero” suscita un tironeo de la conciencia porque el mundo nuevo, el de la desmesura y la bajeza, lo es respecto de un mundo anterior al que se refiere por contraste, un mundo libre, alto y mesurado. Pero ocurre que la Libertad, en tanto ideal ilustrado, idea regulativa, aspiración, es algo siempre incompleto, siempre pasible de concretarse en el futuro. Luego, el buen lector deberá aprender a añorar el pasado y auspiciar el futuro, negando y deplorando la baja condición del presente. ¿Por qué se supone que las condiciones pasadas eran más aptas que las presentes para conseguir la libertad futura? Además: ¿Por qué ese camino que de acuerdo a los preceptos de la Ilustración conduciría ineluctablemente a la Libertad, sufre acerbas interrupciones por vía de sistemas tiránicos? La Ilustración exige, por lo tanto, algunas condiciones auxiliares para realizarse: en primer lugar, cierta jerarquía para que las opiniones que los ciudadanos vierten en calidad de expertos sean atendidas por los administradores y tengan su lugar en la circulación social de los discursos, y por otro, gobernantes que tomen la decisión política de acompañar los caminos para la emancipación. Pero estas condiciones parecen contrarias a los propios ideales ilustrados: las jerarquías se oponen a la realización de un reino de los fines, integrado por seres racionales perfectamente iguales, en la culminación de los tiempos; la confianza en los gobernantes, incluso la dependencia de ellos, es una especie de heteronomía, de apelación a un principio exterior de sujeción. La contradicción nace de la razonable conjetura de que, sin un orden social que posibilite la emergencia de la palabra del experto como algo consagrado, su palabra no valdría más que un flatus vocis perdido en el ruido de la turba ignorante. Y sin el acicate de la autoridad política y su control de los eventuales arrestos de injusticia individual, los hombres no se cultivarían, sino que permanecerían en la postración a la que lo lleva su tendencia a la molicie, la estupidez y la falta de iniciativa.

  ¿Entonces la Ilustración propone algo que ella misma refuta? Kant aceptó, en su momento, que la Humanidad europea no se encontraba todavía emancipada, que aun faltaba mucho para eso. Pero decía, no obstante, que la suya era una época de Ilustración. Un punto interesante de escrutinio es, ¿Cómo saber efectivamente que se ha retrocedido en el camino de la Ilustración? ¿Quiénes tienen la facultad o el don de estipular que la libertad está siendo conculcada, que los hombres no se están dedicando a su propio cultivo? En última instancia, eso puede ser materia de opiniones encontradas, a las que no se puede reprimir, gracias a los beneficios de la libertad de pensar y el uso público de la razón. Pero entonces hay que preguntarse, ¿Puede haber Ilustración si no se es consciente de que se está en una época de Ilustración, sin una suerte de autocomprensión histórica? Hoy en día, algunos tenemos la impresión de hallarnos en un tiempo de barbarie y retroceso, pero no faltarían quienes –esgrimiendo por lo demás buenas razones- estarían dispuestos a afirmar lo contrario. La Ilustración podría entonces perder algo de su prestigio si hubiese varios partidos que la caracterizaran en forma distinta y fijaran con arreglo a eso sus condiciones. Pero lo contrario sería caer en lo que a veces se achaca a la Ilustración: el estar apegada a criterios fuertemente normativos. Los principios de la libertad de pensar no podrían impedir que cada uno delibere como quiere acerca de la Ilustración, incluso de la Libertad, que, como se sabe, es algo que no se puede conocer, sino postular. Es decir, está en el seno de la Libertad el que se tengan opiniones equivocadas acerca de ella. En este sentido la orientación en el pensamiento debería guiar a los agentes de la Ilustración en tránsito durante el arduo camino de llegada al reino milenario.

  Por todo esto, la inspiración contradictoria que sugiere la lectura de “El Matadero”, su aporía escondida, no es culpa de los personajes, del autor, del narrador, sino de los problemas internos de la tendencia que quiere defender, o, al menos, enunciar. La impugnación de la barbarie en nombre de la civilización puede implicar el involucrarse en criterios de identidad difusos, y ¿Cómo puede tomarse un partido tan taxativo sobre algo que no está clara o completamente formulado? La postura centrada, la normatividad, la no dialecticidad son las que parecen forzar a la Ilustración, y la civilización como su expresión cultural, a ir en contra de sí misma.

  La antinomia ente civilización y barbarie presenta el problema de su inconmensurabilidad. Porque mientras la civilización se conoce profundamente a sí misma (o. por mejor decir, tiene un interés profundo en conocerse, aún en sus detalles más infaustos), puesto que exige la autocomprensión, el autocercioramiento; la barbarie es casi por definición todo lo que no se sabe. Cuando la barbarie se hace conocida, traspone el umbral de lo bárbaro y se integra al mundo de los saberes civilizados como una curiosidad ya sin peligro. Incluso podría decirse que el propio movimiento de la civilización en tanto ilustrado, es ir contra todo lo que está investido de cierto misterio, de cierta fuerza numinosa, hervirlo en el potaje de la racionalidad y traerlo a la mesa como manjar exótico que ya no tiene vida propia. Se dice que los cocineros del sur de Italia impresionan a los turistas con una simpática tramoya: tiran pulpos muertos al mar y hacen el ademán de capturarlos: el turista vive la emoción de comer esa noche lo que se pescó ese día. Pero alguna vez, hubo que tener el valor de pescar al pulpo vivo. Lo mismo ocurre con la barbarie, a la que la civilización mata mil veces para conjurar unas fuerzas en las que ya no cree, pero que siguen operando. Hay un regodeo indefinible en la aldea recién descubierta, en el lenguaje todavía no descifrado. La civilización se zambulle a beber la sangre caliente del cuerpo recién muerto de la barbarie.

  Quien ha expresado con viva fuerza esa idea de la barbarie como lo temido y desconocido es Borges, en el breve relato que se llama “Historia del guerrero y de la cautiva” publicado en 1949. Borges denomina allí “Pampa” o “Tierra adentro” esos distritos desconocidos, considerados vagamente como “lo salvaje” o “lo feral” y describe algunos aspectos imaginarios de la vida de la ‘cautiva’ por vía de una enumeración por demás imprecisa:

Los toldos de cuero de caballo, las hogueras de estiércol, los festines de carne chamuscada o de vísceras crudas, las sigilosas marchas al alba, el asalto de los corrales, el alarido y el saqueo, la guerra, el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia.[2]


Borges quiere hablar en este relato, y lo hace, de la dificultad para trazar los límites de la barbarie y dar para ella una denominación palmaria. Pero los limites para ese conocimiento son los límites de la Razón, y más allá de ésta, sólo se puede hablar en forma balbuciente, tanto o más que la inglesa que mezcla su lengua materna  con los dialectos aborígenes. Cuando Borges cree haber hallado el epítome de lo salvajino en la acción de la mujer de beber la sangre caliente de un animal (bajándose de las grupas de un animal, siendo ella misma un animal) su significado una vez más se le escapa, porque ¿Fue ese un acto inevitable de sus propensiones instintivas, profundas y arraigadas, o la escenificación destinada a impresionar, realizada con meditación y fina ironía? Borges resalta la majestuosa fealdad de un imperio romano demasiado conocido, funcional y utilitario, despojado de toda magia, y busca el sentido de lo bárbaro sin hallarlo, presumiendo que encontrarle el sentido seria privarlo de sentido, y resignándose a colegirlo en formas aproximativas y fantasiosas. Es así como la Razón opera con la libertad y con las cosas más importantes. Sólo para Dios, quien conoce plenamente la cara oscura de la moneda, puede decirse que ambas caras son iguales. 

  Habría que decir, finalmente, que en la muerte del joven unitario de “El Matadero” se refleja, en un sentido, la defensa de los altos ideales de la civilización y el desprecio de la propia vida en cotejo con ellos, pero por otro, la tozuda persistencia en la propia posición centrada, la culpable incapacidad para comprender, o siquiera tolerar, los valores ajenos.

  Por eso la civilización ha temido toda la vida la venganza reversiva de la barbarie y ha buscado formas de tranquilizarse ampliando los confines de la racionalidad, la modernización, la sofisticación. “Tranquilos, ya sabemos que si se tocan los tabúes de las Nuevas Hébridas, no pasa nada.” ¿No pasa nada?   




 


  





[1] “Ah, Rosas, no se puede reverenciar a Mayo/Sin arrojarte eterna, terrible maldición/ Sin demandar de hinojos un justiciero rayo/ Que súbito y ardiente te parta el corazón…Si, Rosas, te maldigo. Jamás dentro mis venas/ La hiel de la venganza mis horas ajitó/ Como hombre te perdono mi cárcel y cadenas/ Pero como arjentino las de mi patria, NO.”   (J. Mármol, Poesías, Buenos Aires, Imprenta Americana, 1854, p. 101-105).
[2] Borges, J.L., Poesía completa, Buenos Aires, Sudamericana, 2012, p. 216.

martes, 25 de marzo de 2014







Salir de caño


con el olor a durazno


de la pintura podrida


el perfume de la miga de pan


en mi boca


y un libro deshecho.






Pensar temprano


es tan extraño


con pan que avergüenza


y la mansedumbre de la boca


que no recuerda.







lunes, 24 de marzo de 2014


Veo tu cara en sueños:

una nariz de espolón a proa,

unos labios de arena.

Siento que mi pecho

va y viene con el llanto de las cuerdas

mientras el suelo sepulta la vanidad del tiempo

y guarda de él unas herrumbres podridas.

Ese batir de alas y palabras

y páginas que se pierden en la noche,

en las cuencas de los faraones

que entre bálsamos y trapos ancestrales

dibujaron la historia,

es viento que sopla

el sílice que vuela en tu boca.

Es tu aliento que barre

el pesado atardecer del desierto

en que los perros aúllan aterrados,

y el corazón se escurre entre las manos.

martes, 4 de marzo de 2014











¿Qué pasa que ya no dejo sombra


ni gotas de amor en la espesura


y me he vuelto invisible


para el sol y la luna?


Desconfío de la penumbra


en el golpeteo de los viajes,


del fuego arrobador de la madera nueva,


de los candiles en la noche.


Algo en mis ojos se revierte


y se vuelve desierto


innumerable, y polvo que vuela


en remolinos.


Es como un sueño que despierta,


como el margay que trastabilla en la rama


y se hunde


y va hacia el cielo negro como un mar de tierra


y viene hacia mi con la tibieza del barco encallado


y el reboso del agua salada


que borda su paño.

viernes, 25 de octubre de 2013

SEIS


Seis.

 

Juego con la seis. Es una camiseta de un acetato doble, pesado, azul con una franja roja en el medio, dentro de un pantaloncito de algodón, enorme, con un cordón atado en la cintura. Juego con la seis pero no soy muy alto, ni sé cabecear. La cancha es enorme.  Empieza el partido en la mañana húmeda y la vaharada del pasto mojado llega hasta mis pulmones y me ahoga. Me queda un rebote al borde del área penal y salgo jugando con una finta elegante, y la suelto para uno de los mediocampistas: la pelota va hacia él, perezosa, dando unos cuantos giros. Uno de atrás me dice por lo bajo “Hay que largarla, seis”.

   Ellos nos prestan la cancha para que juguemos de local. O sea que son locales. Se vienen, son un tropel de jugadores rápidos y técnicos, tocan de primera, con autoridad, sus finos botines apenas se ensucian, y yo los veo pasar, me siento una carreta, un topo lento y ciego que escarba buscando quien sabe qué. Consigo morderla y la saco limpia para un compañero que la revienta, y ellos vuelven a recuperarla y abren la cancha y corren, corren, corren y yo me siento tan ahogado. No puedo respirar, busco aire, las manos en la cintura, los pulmones hinchados. Mis compañeros me empiezan a recriminar, que me mueva, que tengo que marcar, que no estoy marcando a nadie. Entonces el tres me dice vení, jugá por acá, y me voy al lateral izquierdo. La recibo y salgo al trote contra la raya y llegando a la altura del circulo central hago un enganche repentino y prolijísimo y toda la cancha se abre, los jugadores se desplazan como transportados por una cinta y queda un hueco luminoso, amplio, un camino abierto, arbolado en los flancos por jugadores propios y ajenos, que culmina en el número cinco que levanta el brazo y hacia allí va ella, decidida como una novia que va a visitar a un conscripto, impulsada por la cara interna de mi pie derecho, un cambio de frente preciso, notable, que incluye dos breves rebotes en la gramilla. Escucho como en un sueño algunas exclamaciones y un par de tibios aplausos. Ya perdemos dos a cero y el entretiempo es un remanso. A la pasada, uno de los rivales me toca la cabeza, me dice “bien seis eh, una fiera” y yo resoplo y voy en silencio hacia el vestuario. En el vestuario hace frío, más que a la intemperie. Uno de mis compañeros quiere fumar, pero el técnico le dice no, no fumes ahora, escúchenme, pero mis compañeros lo interrumpen, no hay charla técnica, es una especie de asamblea. Uno de mis compañeros dice el seis no marca, y señalándome me dice tenés que correr, todos nos matamos, no puede ser que vos no corras, y yo miro al técnico que tiene una mueca como de compasión, es un tipo de rostro duro, de pocas palabras y ojos tristes y nos dice tranquilos muchachos, ya sabemos que nosotros no podemos entrenar, que acá cada uno juega como sabe. Salimos al segundo tiempo y la figura de los rivales es cada vez más grande, son cada vez más altos, más esbeltos, el réferi los llama por el nombre propio, ellos le hablan, sonríen. Nos hacen dos goles más y nuestro equipo empieza a agonizar, somos espectros llenos de barro, de transpiración pegajosa, que caminan por la cancha sin sentido. Algunos tienen expresiones individuales de cólera, protestan, despejan la pelota contra el alambrado, algunos me dan indicaciones, me dicen a los gritos que vaya, que venga, que cuidado, pero la mayoría no tiene fuerzas siquiera para eso, y ellos no se cansan nunca, van hasta el fondo y tiran el centro y no llego a taparlos, no hay caso. Al final empiezan a tocar y tocar y tocar y el partido se va yendo, sabemos que no vamos a descontar, y ellos ya no quieren ampliar la ventaja: cuatro a cero. Recibo pase de un compañero y hago un recorte hacia la derecha y tiro una especie de centro sin destino, que se va medio metro por encima de la juntura del travesaño y el palo, y todo empieza a perder sentido, estoy tan cansado que ya no puedo caminar, y el pitazo final me hace sentir como si pesara doscientos kilos, un cuerpo pequeño hecho de una materia extremadamente densa, y camino al vestuario, Román, el secretario, me dice ahora estás medio perdido, pero ya te vas a acomodar, es el primer partido.  Y yo voy a hasta el vestuario en que todos  hablan en voz muy baja,  dejo la camiseta y me pongo el buzo, agarro el bolso  y así nomás, sin que nadie lo note, salgo caminado para el lado de la ruta. Camino unas dos cuadras y empiezo a lagrimear, me siento acongojado y rompo a llorar, llorar, llorar, las lágrimas se confunden con la humedad del aire, con mi propia transpiración, con el agua del pasto que me moja las medias a través de los botines, pero mi llanto se interrumpe porque veo venir el colectivo. El colectivo, ahí viene, pero estoy lejos de la parada, le hago señas y veo que se detiene, gracias a Dios. Me subo con paso enérgico y escucho el batifondo de los tapones de mis viejos  botines  en la carrocería y me tiro en el asiento del fondo.

  Esa noche me despierto con un silbido en el pecho y voy a la habitación de mi madre y no le puedo hablar, golpeo con los puños contra la pared y la miro con los ojos muy abiertos y ella me dice qué te pasa, estás obstruido, no podés respirar, y yo asiento con la cabeza, y ella me dice, tranquilo hijo, y prende el nebulizador y le echa unas gotas de salbutamol y yo me prendo a la boquilla y aspiro el vapor y después de unos diez minutos la opresión empieza a ceder y entro en una especie de sopor. Mi madre me pregunta si estoy mejor y le digo que sí, entonces me acompaña hasta la cama y cuando apoyo la cabeza en la almohada siento que voy cayendo hacia un lugar muy cálido y muy lindo, un abismo en el que voy a flotar eternamente, ingrávido, donde no voy a cansarme, donde no voy a sentir dolor y voy a ser feliz.

viernes, 11 de octubre de 2013


Ella ha caminado por el brocal

de la cisterna que riega

las plantas del vivero

innumerables veces

entre el olor de los gazapos

y los patos.

Aunque le hayan dado muerte

en mil ochocientos cuarenta

su Dios renacerá

de las cenizas de los impíos.

Los dolores del sueño me han traído

la dulzura de su aliento

y la tersura de su pelo

sobre el percal,

y el ver que rebusca la verdad

siempre en las mismas páginas

sin pensar en mí.

Sus breves libros reposan

sobre el pupitre brillante

mientras aprieta en sus manos

algo que ya no está.