viernes, 8 de septiembre de 2023

LA TRADICIÓN ANIMAL SEGÚN J.B. HALDANE

 El hecho de que haya en el mundo hombres y animales, de que el hombre sea asimismo un animal, y el único animal, según parece, capaz de estudiarse a sí mismo y a los demás, es algo que ha preocupado a los hombres al menos desde la época de Platón y Diógenes de Sínope. Incluso una Historia de los animales fue compuesta alguna vez por Aristóteles. Aquí no podemos permitirnos hablar de todo eso en términos demasiado amplios: más bien debemos delimitar un poco la esfera de nuestros actuales intereses.

   Es probable que exista un ingente cuerpo de teoría sobre la cuestión del conocimiento animal en general y de los primates en particular. Las consideraciones sobre el tema, esquemáticamente, van desde la pura y dura fijación del concepto de pensamiento (fundado, por ejemplo, en la posesión de creencias) hasta la apelación a experiencias y anécdotas que dan cuenta de que las bestias son capaces de hacer algo que nosotros consideramos que es pensar. Se dice que un chimpancé llamado Washoe, criado por T. y A. Gardner, fue capaz de aprender muchas señas del lenguaje para sordomudos y enseñarlo a otro chimpancé de nombre Louis. Además, se ha notado que los chimpancés pueden integrar informaciones sensoriales separadas, reconocerse en el espejo, recordar sucesos muy distantes en el tiempo, y formular planes para lo sucesivo. Incluso, hacen clasificaciones a partir de criterios diferentes cada vez, y combinan signos de una manera francamente original, como el chimpancé que llamó a la nuez fruta roca y al Alka-Seltzer la bebida que se oye. Una hembra pequeña de bonobo llamada Kanzi aprendió, según parece, un gran número de palabras, y llegó a comprender las órdenes bastante precisas que se le impartían para que manipulara ciertos objetos.

  Es entendible, de todas formas, que los filósofos sean renuentes a aceptar en estos animales la capacidad de reconocer entidades abstractas, tener un sentido de la identidad personal y hacer algún tipo de inferencia. El argumento de hierro es que como ellos no pueden hablar, nunca puede saberse estrictamente lo que están pensando, si es que lo están haciendo. Aún más: si ser pensante es ser intérprete de un lenguaje, y para ser interprete de un lenguaje hay que disponer de un lenguaje (un lenguaje proposicional, gramatical, y así) los primates están muy lejos de poder pensar, aunque haya quienes digan lo contrario. Los que pueden hablar, claro. 

  Más allá de toda esta interesante cuestión, hay que sopesar que si lo que se quiere estudiar es el comportamiento social, lo más apropiado sería observar a los animales en su ambiente natural o “nicho”. Esto (inconveniente, a buen seguro, para un estudio meticuloso de las potencialidades cognitivas individuales, acaso mejor orientado en el laboratorio) es indispensable para comprender las formas de interacción de los animales con sus congéneres en su contexto de crianza, y las expresiones de agresión intra-específica que puedan observarse. Así lo concebía aproximadamente la baronesa Jane Goodall: “es más fácil estudiar la destreza mental en el laboratorio, mediante cuidadosos y elaborados test y con un juicioso empleo de los datos, puesto que los chimpancés pueden verse animados a superarse a sí mismos, a exprimir sus mentes hasta el límite. Tiene más sentido realizar los estudios en la jungla, pero resulta mucho más dificultoso. Tiene más sentido porque podemos comprender mejor la presión ambiental que conduce a la evolución de la habilidad mental en las sociedades de chimpancés…En la jungla, una simple observación  puede tener un gran significado y constituir la clave de algún enrevesado enigma de ciertos aspectos del comportamiento.” 

  Es un punto interesante de escrutinio el de si las conclusiones que podemos extraer de la vida social de los animales son aplicables, en alguna medida o en algún sentido, a las sociedades humanas. Dicho bastamente, si podemos ir en vías de explicación “del animal al hombre.” Esa pregunta es la que inspira el artículo de Haldane “El argumento del animal al hombre”, en el cual, a pesar de que el autor dice “acaso la psicología humana es tan diferente de la de un chimpancé como la de un chimpancé respecto a la de un pájaro” considera luego que  “a partir de un estudio de cómo los animales alteran su conducta, y los procesos llamados condicionamiento, aprendizaje, memoria, etcétera, podemos, según creo, aprender bastante acerca de cómo los seres humanos individuales alteran su conducta, y eso tiene aplicaciones a la psiquiatría humana.” Esto involucra de una manera palmaria el asunto de la domesticación, tanto sea tal como existe en los animales o en cuanto es postulada para los seres humanos. Haldane se refiere a las afirmaciones de K. Lorenz sobre la domesticación,  e invoca los  trabajos de 1934 en los que se afirma que la civilización habrá de perecer a menos que una “política racial científica” pueda prevenirlo, y se perora sobre el “valor de la pureza racial”. Hemos hablado sobre esos trabajos en otro lugar, por lo que vamos a soslayarlos momentáneamente.

  Haldanel acepta la idea de que el hombre sea un ser “no-especializado” en muchos aspectos desde el punto de vista animal. Empero destaca que “ningún otro animal puede nadar una milla, caminar veinte, y luego trepar a un árbol de cuarenta pies. Muchos hombres civilizados pueden hacer esto sin dificultad. Por eso, es una simpleza el considerar al hombre como físicamente degenerado.” Algunos otros elementos permiten poner en entredicho la idea de que el hombre sea un animal “domesticado”. Haldane señala que todos los antepasados salvajes de los vertebrados terrestres han sido eminentemente sociales, por lo tanto, los descendientes domesticados observan patrones de comportamiento similares. No obstante, puede decirse que con la domesticación decae la comunicación con miembros de la propia especie, cuyas formas son atrofiadas o simplificadas. En el hombre no sucede algo por el estilo, pues se trata, como sabemos,  de un ser hipertróficamente comunicativo. 

  Pero que el asunto de la domesticación sea controvertible no implica que deje de existir un acusado interés en el estudio comparativo entre el animal y el hombre, en particular, en las formas de transmisión cultural. Según Haldane, “la diversidad del comportamiento humano depende tanto de las diferencias innatas como de las diferencias culturales. Hay, presumiblemente, diferencias en la mediana capacidad innata de los grupos humanos para variadas formas de realización. Pero las diferencias entre miembros de un grupo son más grandes que la diferencia media entre grupos. Por eso el ambiente, y en particular la tradición, son más importantes que los factores innatos a la hora de establecer las diferencias entre las culturas humanas. El estudio de la tradición animal es, luego, importante para los antropólogos.” 

  A continuación, Haldane se pregunta si acaso existe tradición entre los animales. En rigor, hay muchas actividades animales que son instintivas, incluidas en ello un número de actividades sociales que son aprendidas en soledad. El “lenguaje” de las abejas (tal como ha sido estudiado por Von Frisch (1950), Lindauer (1951) y Haldane y Spurway (1954)) consiste en un repertorio de movimientos simbólicos que aparentemente son ejecutados y asumidos sin aprendizaje. Hay asimismo pájaros que cantan una perfecta canción desde la rotura del cascarón. Haldane quiere sugerir que esa ha sido también la situación del hombre durante largos períodos de su historia evolutiva: “en el paleolítico inferior, la técnica de astillar la piedra continuó con muy pequeños cambios por períodos de más de cien mil años. Me parece posible que haya sido algo tan instintivo como la fabricación de las telas de araña, aún cuando la mayoría de los astilladores hubiesen visto a otros hombres astillando piedra. El asumir que esas técnicas fuesen aprendidas me parece una interpretación antropomórfica de seres que apenas eran pre-humanos.”  Pero hay aves, como el pinzón británico, que aprenden a cantar socialmente: de otro modo, su canto resulta irreconocible. Haldane advierte que “en nuestra propia especie un aprendizaje indebido en una etapa precoz es probablemente hostil a la cultura. No hay duda de que aprendemos algunas cosas importantes de nuestras madres, pero aprendemos cosas aún más importantes de la sociedad, y muchas culturas marcan la transición de un tipo de aprendizaje a otro mediante ritos especiales.”

  Haldane toma como motivación la pregunta formulada alguna vez por Hediger: ¿De qué modo se parece el hombre sicológicamente a otros mamíferos, más allá de sus necesidades fisiológicas, y en que sentido mayormente difiere? Hediger afirmaba que el hombre y el animal, en ese caso, se parecían en la territorialidad, y diferían en el temor crónico, privativo del mamífero no-humano. Haldane se pregunta si los animales emplean objetos materiales para la comunicación. Ciertamente, a efectos de marcar el territorio de que hablaba Hediger, los mamíferos dejan marcas de su olor particular a través de secreciones corporales. En cuanto a los hombres, esas marcas proceden más bien a través de estímulos visuales. 

  La presencia de rasgos culturales en animales se ilustra, por ejemplo, con las averiguaciones de Kuo (1938) según las cuales los gatos no matan ratas o ratones si no han sido enseñados a propósito por sus padres. Se ha probado además que las ratas separadas de sus progenitores mueren por retención de orina si su uretra no es debidamente estimulada. Ciertos monos japoneses han aprendido y se han transmitido entre sí la costumbre de lavar boniatos o arrojar trigo a un espejo de agua para separarlo de la arena. Unos cuervos de Inglaterra (parus major) inventaron la práctica de picotear la tapa de las botellas de leche que eran depositadas en el umbral de las puertas, para beber el contenido. Los chimpancés de África oriental “pescan” hormigas valiéndose de una rama despojada de sus hojas, y los de África occidental usan un tronco para romper el fruto de la palma. Esos hallazgos están muy bien, pero Haldane duda de que, en el caso de la organización social, ésta pueda atribuirse principalmente a la tradición. Eso no quiere decir que no puedan producirse en absoluto transformaciones sociales en las especies  animales: “los vertebrados tienen que aprender sus funciones en la sociedad en que nacieron. Y la estructura de esa sociedad varía con el número, el medio ambiente, el temperamento de sus miembros dominantes, y demás. Pero hay cuando menos una pequeña evidencia de que las circunstancias inusuales, ya económicas o individuales, pueden introducir un cambio en la estructura social en el transcurso de muchas generaciones, como ocurre en las sociedades humanas.”

  Hay rasgos del comportamiento humano que son instintivos: “todos los críos ‘saben’ que las cosas dulces son buenas para comer. Tal ‘conocimiento’ puede ser desde luego erróneo, como cuando un niño se envenena con acetato. El alcance del conocimiento instintivo humano es limitado, y nosotros sentimos su carencia. La libre voluntad es una pesada carga que llevar.”

  Haldane espera que su indagación  -referida a los términos en que el equivalente de la actividad social humana se encuentra en los animales, y si esto depende de la tradición- suministre una base para la antropología cultural. En ese sentido, los antropólogos serían capaces de aclarar algún interrogante si lo plantean en términos traducibles al comportamiento animal, y los datos sobre etología animal podrían echar luz sobre los orígenes del comportamiento humano, y en particular, sobre su extrema adaptabilidad. Según el autor, nuestras relativas dificultades para comprender el comportamiento social de los mamíferos, obedecen a que este comportamiento se basa  en gran medida en señales olfativas, a las que no podemos captar, porque hemos perdido las capacidades para ello  en el curso de la evolución. La emancipación progresiva respecto de los instintos constituye, en este esquema, un rasgo esencial en el desarrollo de la especie humana: “nuestra relativa carencia de instintos nos ha capacitado mucho para adaptarnos a los cambios que hemos realizado y estamos realizando en nuestro ambiente. Se encuentran en nosotros, de todos modos, vestigios de instintos, con lo que quiero significar en este contexto la consumación de emociones y acciones características por causa de algunos signos-estimulo arbitrarios, en escalas insospechadas.” 

  Retornando a la respuesta de Hediger en virtud de la cual el hombre difiere de los mamíferos en general en el aspecto  no ser crónicamente amedrentado, Haldane dice que los ancestros del hombre tuvieron efectivamente esa cualidad, al enfrentarse a grandes carnívoros que amenazaban su subsistencia. Desde la desaparición de ese peligro potencial, hemos poblado el mundo de duendes perturbadores y seres sobrenaturales cuyas fisonomías inspiran miedo, y que vienen a cubrir una necesidad emocional. La frecuente invención de objetos imaginarios de miedo es un  elemento que persuade a Haldane de que el estudio sobre los animales puede decir bastante sobre el inconsciente y la conducta irracional en los seres humanos.    


miércoles, 22 de diciembre de 2021

 



UNA REFLEXIÓN INCONSISTENTE SOBRE LA FILOSOFÍA Y LOS NAIPES. 


  Los jugadores de cartas. Rostros que reflejan el tedio cotidiano con las manos que descansan en el tapete, y la suerte momentánea dependiendo de lo que ocurra sobre él. Los jugadores de cartas aparecen frecuentemente como motivo en las artes, en la literatura, por ejemplo. El cuento de Borges El Encuentro es el duelo a cuchillo de dos hombres disgustados por un juego de cartas, y el poema Fundación mítica de Buenos Aires incluye los versos: 

Un almacén rosado como revés de naipe, 

brilló  y en la trastienda conversaron un truco, 

el almacén rosado floreció en un compadre,

ya patrón del a esquina, ya resentido y duro. 

También aparece en el cuento llamado El Zahir: 

"Ebrio de una piedad casi impersonal, caminé por las calles. En la esquina de Chile y Tacuarí vi un almacén abierto. En aquel almacén, para mi desdicha, tres hombres jugaban al truco".

  Los juegos de cartas son un suspense la vida cotidiana que alivia tensiones difíciles de soportar: se cuenta que el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros estaba jugando con sus contertulios cuando vinieron a informarle que unos vecinos estaban protestando frente al cabildo. 

  Una leyenda algo confusa dice que los mozárabes del siglo XVI en España inventaron el juego del truco  a partir de que unos niños modificaran la baraja recortando las sotas, los caballos, el as de oro y el  de copas, por lo que no podían jugar a la Brisca, juego difundido en la época. Pero este ejemplo resulta incomprensible en nuestro contexto porque en Argentina se utilizan todas las cartas.  El juego llamado truk se difundió ampliamente en Murcia, en Valencia, en el sur de Italia, y llegó a las colonias americanas traído por el ocio venal y el irrefragable aburrimiento de los europeos que ya habían conquistado el mundo otrora desconocido. 

  Pensar en los jugadores de cartas es remitirse inmediatamente a la pintura impresionista, y en particular, a la serie de cinco cuadros con ese motivo pintados por Paul Cezanne, en los que va mostrando su tendencia a definir los volúmenes en forma geométrica y va simplificando su paleta hasta dar a la pintura una definitiva imagen de austeridad. 

  Heráclito se burló de los hombres que lo miraban jugar a los dados y les dijo "acaso no es esto más importante que ocuparse de las cosas de la Polis?" 

  El problema es que uno se aburre incluso de jugar a las cartas. Incluso de las cosas que le gustan. El problema es el tedio, y el tedio no tiene que ver necesariamente con la filosofía. La filosofía es aburrida, parece aburrida, para quienes inconscientemente la rehúyen porque no quieren mirarse al espejo, porque la filosofía es fastidiosa en sus preguntas, es primordial, pretende ir  hasta el final, y nadie quiere hacerse preguntas, o son pocos los que se avienen a preguntarse cosas. Mejor que mirarse al espejo es mirar la figura impasible que me devuelve la baraja. Y mejor que mirar hacia adentro es dar vueltas en la ronda del reparto del mazo: aunque pierda estoy ganando, porque perderme en la turba del juego es evadirme por un momento de que no sé quién soy, y no sé qué estoy haciendo aquí. Es una salida al tedio. Pero la filosofía no es la responsable de ese tedio, al contrario, es la única que toma el toro por los cuernos, lo admite, lo reconoce y lo analiza. "¿Qué pasa que nada me satisface?", pero "¿Qué es la satisfacción?", son preguntas que podrían ser una vía expedita de acceso a la reflexión filosófica. 
El primer día de clase les digo a los estudiantes: esto va a ser aburrido. Aburrido en los términos en que la sociedad considera que las cosas son aburridas, es decir, en el sentido en que demandan atención, concentración y esfuerzo intelectual. Una partida de cartas es más entretenida y más sencilla. En algunos casos, se trata de saber mentir y engañar, y en eso la mayoría de la gente es muy avezada, por ejemplo, mintiéndose y engañándose a sí misma. La partida de naipes es divertida, pero la clase de filosofía cala más hondo. La partida de naipes salda rápidamente las ansiedades que suscita porque todo se evidencia al ver las cartas, la filosofía es más exigente y requiere más paciencia y más tiempo, porque cuando se muestran algunas cartas, estas remiten a otras, y parece que la partida nunca se resuelve. Una partida que nunca se resuelve es el peor escenario para un jugador ansioso.  

  El jugador ansioso necesita estímulos que lo libren de la procelosa posibilidad de hacerse preguntas sin respuesta. Quiere vivacidad, movimiento, evasión, cambio, ruido, frenesí. Pero según la frase que se atribuye a Moris: de nada sirve escaparse de uno mismo. 

  Yo no soy nada: una anécdota trivial en la vida de estos jóvenes estudiantes que se dedicarán a banalidades o a cosas importantes. Tal vez algunos de ellos nunca vuelvan a oir hablar de la filosofía o tengan de ella un recuerdo aciago. Pero hay que preguntarse qué estamos haciendo cuando decimos que educamos, a quiénes estamos educando, quién quiere que estas personas se eduquen y con qué propósito. Hay que preguntarse, y aunque las preguntas se disuelvan con una broma chocarrera y nerviosa, con algún comentario de circunstancia para mitigar la incomodidad, siguen estando ahí: siguen molestando. 
Los juegos facilitan la vida y la hacen emoliente, pero en verdad son adoctrinadores en el sentido en que imponen al jugador una regla. Pero el filósofo se pregunta "¿Por qué debo seguir una regla?", "¿Qué es una regla?": es alguien que no sabe jugar, o juega en el límite, cuestiona, disuelve, es aburrido. Todo eso es cierto. El filósofo se pregunta si debe pasar su vida suscribiéndose a juegos ajenos, poblando su vida con esos repertorios de reglas, o empezar a ser el artífice de sus propios juegos, darse sus propias reglas. Pero, ¿Será esto posible? Pensaba en el poema de Borges que dice: 

"Cuando los jugadores se hayan ido, / cuando el tiempo los haya consumido, / ciertamente no habrá cesado el rito. / En el Oriente se encendió esta guerra / cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra. / Como el otro, este juego es infinito".

Podría ser que Dios estuviese en efecto jugando con nosotros, que no fuésemos en sus manos más que unos ajados naipes cuya vida se consumirá después de unas cuantas jugadas y que nuestra suerte -como lo creyó Spinoza- esté echada de antemano. 

lunes, 6 de diciembre de 2021


ICARDI ES UN DIOS. 


Icardi es un dios.  Es un apotegma que me acompaña desde hace algunos días, que me repito a mí mismo con insistencia, y que he tratado de fundamentar. 

Icari es un dios como Zeus, en el sentido en que, así como Zeus no es capaz de seducir por sí mismo y debe disfrazarse de toro, o de cisne, para concretar sus intenciones venéreas, Icardi hace las veces de mejor amigo, o de tipo que se está separando, de enamorado compungido, de lo que haga falta. Es un dios inscrito en una trama mítica burda, en la medida en que los demás le creen o fingen creerle a pesar de sus melifluas y poco inspiradas declaraciones, a pesar de su tono empalagosamente hipócrita, le creen a sabiendas del engaño, como quien se entrega a una fatalidad infausta y sin sentido. 

Icardi es un dios como Zeus porque es cobarde, y no sólo eso, requiere que haya una figura femenina que lo amoneste por su cobardía: un dios infantil que busca el límite exterior. Por eso busca tener a su lado una mujer inteligente, despótica, filosa y abnegada ante sus infidelidades.  

Icardi es extremadamente apolíneo: un dios hermoso, un dios de la luz, del orden y la proporción. Incluso los tatuajes, que a veces suponen algún tipo de disrupción y de incomodidad sensorial, se inscriben en su cuerpo de acuerdo a un orden y significación meticulosa, tienen un fin ornamental y pedagógico: son como un fresco en el muro impoluto de su cuerpo. 

El carácter apolíneo de Icardi se refleja en su forma de estar en el campo de juego. No desentona, tiene todos los modismos de un número nueve sin demasiadas condiciones técnicas. No entra mucho en juego, es un goleador raso y discreto. Icardi no da rienda suelta a su creatividad porque no se permite exteriorizar el trasfondo dionisíaco, porque no tiene vocación de contravenir el orden. Su afán de conservación se evidencia en sus ropas tradicionales, su afición al fuego y al hogar, su confesión de ser "muy a la antigua". 

Pero si Icardi es un dios, ¿Por qué no colma las expectativas de nadie? En este punto es donde quisiera relacionarlo con Schelling. Para cuando tenía la edad de Icardi, Schelling ya había diseñado tres sistemas filosóficos: Icardi todavía ninguno, aunque no soy de los que creen invariablemente en las virtudes de la precocidad. Es probable que Schelling hubiese jugado al fútbol mejor que Icardi, si lo hubiese intentado. Hay quienes dicen que el fútbol surgió en los colegios ingleses del siglo XIX, pero yo sé que hay testimonios de que se jugaba al fútbol o algo parecido desde el renacimiento. 

El punto es que una de las ideas de Schelling que más me ha impresionado es la de una divinidad que comienza siendo más bien imperfecta, y que se va perfeccionando en el decurso de la historia. Icardi es decepcionante porque es la transición hacia una configuración final que será indudablemente más perfecta: lo cual es razonable si se tiene en cuenta su punto de partida y su corta edad. 

 

martes, 4 de mayo de 2021

Una reflexión incordiosa sobre el asado.


Pienso muchas cosas sobre el asado.  Hoy escuchaba a alguien decir que el asado era como el canon de la economía argentina:  todo el mundo está pendiente de su precio, y casi nadie puede consumirlo porque es un artículo caro: más caro que las baguettes, que el arroz y que la sal. Entonces la expectativa social está depositada sobre el consumo de algo que es intrínsecamente costoso. Esto presiona a los gobiernos a levantar los estándares de vida para que gran parte de la población pueda consumir ese producto suntuario. Gran juego que fuerza para arriba las demandas al estado de bienestar, amparándose en algo tan inocente como un alimento. Pero, aunque en apariencia superfluo,  ese alimento tiene el sentido cultural de algo esencial. 
 De todos modos creo haber leído a Miguel Brascó -que ya no podría desmentirme- relativizando la importancia culinaria del asado, algo a lo que también recurrió Sabatino Arias cuando dijo que la carne al horno con una serie de ingredientes se cocina mejor, sale más tierna y jugosa,  rubricando -o condimentando-  sus dichos con una sugestiva alusión a "la salsita".  
Después de todo, el asado ni siquiera es argentino: fue traído al litoral por comerciantes portugueses en la época de la colonia. Al tiempo, se dice que los gauchos de la pampa mataban una vaca para comer la lengua o algún otro corte particular y dejaban todo el resto a expensas de los buitres. Parte de la leyenda negra que asola a los errantes fuera de la ley que poblaban la argentina agreste del siglo XIX, pintados como incultos y desaprensivos.
Una de las grandes flaquezas de la cultura argentina es la falta de comidas propias: la mazamorra era un postre elemental que  la mayoría de la población nunca probó, el locro es precolombino y sus inventores son aborígenes a los que no habría por qué llamar argentinos. Las empanadas son árabes y españolas. La carbonada, especie de guiso horneado dentro de una calabaza, era el único plato que podía considerarse típicamente argentino y ya no existe.  Para encontrar argentinidad, hay que caer en el distrito de la repostería. 
Pero el asado goza de sus cultores. Yo mismo he reconsiderado mucho su consumo, pero vuelvo a prepararlo y siento que cada vez sale mejor: puede ser que haya perfeccionado la técnica, sin embargo en el fondo creo que es una autoconvicción fantasiosa. Porque cuando se pregunta a los asadores avezados, estos no ofrecen ninguna  receta en especial: disponer las brasas y esperar a que se haga. Si la carne es buena y el calor no es excesivo, no debería haber problemas. 
Después de haber renegado del asado por escrúpulos teóricos, estoy seguro de que me gusta, siento la fe renovada.  Pero me pregunto si me gusta porque me gusta, o porque es un gusto que me han impuesto a fuerza de propaganda. ¿Me gusta por la ilusión de que es algo nacional, o porque  tiene el nimbo de lo esporádico y lo inalcanzable? En seguida me inquiero acerca de si alguno de mis gustos no ha sido condicionado por la presión del entorno. 
Hay una tristeza en las tablas engrasadas, en los ánimos que se sosiegan una vez que se ha reconocido el inexorable final  del banquete.

domingo, 18 de octubre de 2020

 

BELÉN, O EL TROMPO.

 

  De alguna extraña forma, Belén se acercó a mí. Me agregó en las redes sociales, me habló por mensaje privado y me fue a ver a algunas lecturas de poesía. La conocía o por mejor decir, sabía quién era someramente. Creía recordar que ella había participado alguna vez, cuando todos éramos más jóvenes y bohemios, de las reuniones en casa de Alejandra, la que daba clases de pintura y según creo se fue a vivir al sur, la que elogiaba mis ojos y mi mirada. En esa época Belén siempre estaba un poco ebria y nos preguntaba a los jóvenes poetas de la Sociedad por qué escribíamos en inglés. Tenía el pelo rizado y largo, la cara delgada, la dentadura perfecta y una nariz filosa. Recuerdo haberla escuchado una vez leyendo una ponencia sobre “El juguete rabioso” de Roberto Arlt. A los jóvenes argentinos les gusta mucho Roberto Arlt, y a las mujeres muchísimo, en virtud del éxito de la novela de Ricardo Piglia “Respiración artificial” que sienta las bases de la nueva interpretación de la obra arltiana valiéndose de ingeniosos pases de manos, que incluyen la aseveración de que Arlt es a fin de cuentas uno de los pocos escritores a los que Borges ha tomado en serio. Etcétera. Belén sostenía que el personaje de Astier ERA el propio Arlt. Bueno, no sé por qué me he puesto a hablar de eso: qué me importa. Belén para mí era el arquetipo de la mujer inalcanzable: delgada, bella, serpentina, sensible y suave. La  había olvidado durante mucho tiempo y ahora reaparecía con un interés en mí que me parecía extraordinario.

  Ese interés de su parte, lejos de provocarme la euforia exaltada que suele suscitar ese expediente en los hombres relativamente jóvenes, me llenaba de dudas . ¿Qué podía querer una mujer como ella de un hombre como yo? Me precedía mi fama de torpe para las conquistas, desubicado y marginal, borracho, además de que era un artista frustrado en plena declinación, hosco, antipático, y repudiado por la mayor parte del ambiente de lo que podríamos llamar con benevolencia underground. Había sabido ganarme enemistades en los más variados  círculos, y lo peor, sin haberlo querido del todo, y sin haber expresado mis opiniones con demasiado énfasis.

 Pero Belén parecía convencida de que mis poemas valían algo, así que me acompañó varias veces a lecturas públicas y me dio su teléfono, que atesoré escrupulosamente sin atreverme de momento a llamarla. Una noche fuimos a ver una exposición y ella apoyó su mano en mi rostro para que comprobara lo fría que estaba. Cohibido, me sobresalté de una manera que ella, según creo, advirtió. Esa noche iba a lo de su abuela y yo, que tal vez debí tener un gesto de galantería y acompañarla, me fui en cambio al cumpleaños de una amiga, Virginia, donde sucedieron cosas que serían dignas de contarse. Pero esa es otra historia.

  Una vez fue a escucharme a un meeting de poesía que era organizado por un grupo de jovenes: chulos, estridentes, exultantes, amantes de las bromas. Todos parecían querer emular el estilo de Tristan Tzara, aun sin conocerlo, y el más animoso de todos era un tal Nicanor. Belén comenzó a mencionarme al tal Nicanor desde que lo conoció allí pretendiendo tal vez, que había entre él y yo una familiaridad que en realidad no existía, aunque desde luego, todos ellos me caían muy bien y eran muy amables conmigo. Pero lo cierto es que en esas reuniones yo permanecía en el fondo bebiendo y no hablaba con casi nadie, a no ser, claro, que se acercase a mí y me diesen conversación, para lo cual siempre era materia dispuesta.  

  Una madrugada después de uno de esos encuentros procedimos a retirarnos y una tal Julia –creo que ese era su nombre, no la recuerdo bien- que parecía íntima amiga de Belén, sugirió que yo podía acompañarla hasta su casa. Desde luego, accedí y al comienzo representé ese papel de acompañante con bastante dignidad.

  Belén hablaba de su actividad docente, decía que quería cambiar el mundo, y me hacía preguntas. Me preguntaba de qué vivía, a lo que yo respondía un poco evasivamente, que me dedicaba a muchas cosas, por ejemplo a vender mis pequeños volúmenes de poesía, pero ella no parecía conforme, barruntaba que con esos dineros no podía subsistir y en un momento pronunció una frase desafiante y maliciosa, una especie de interrogación afirmativa: “te mantiene tu mamá”. Guardé silencio. En otro momento Belén, que parecía aficionada a los temas  personales, preguntó si acaso alguna vez había probado drogas. Le dije que por supuesto que sí,  para no pasar por un hombre de poca experiencia. Entonces Belén comenzó a hacer una reflexión algo nebulosa acerca de cómo todo mundo en la actualidad consumía drogas y ella se sentía un bicho raro, y un poco chapada a la antigua, por sus costumbres limpias y naturistas.

  Llegamos al bulevar que precede a la plaza, y un hombre nos interceptó, extrañamente, para decirnos que aquel tipo que estaba parado en el semáforo andaba robando. Era un hombre encima de una voluminosa moto de cross. Me quedé mirando atónito al hombre que nos hablaba, y  que reiteró, como si estuviese dirigiéndose a niños o minorados o personas poco espabiladas,             que el de la moto andaba robando, y nos decía “¿entienden?”, pero yo no entendía. En primer lugar, maldecía a Dios por haber enviado esa eventualidad justo en ese momento. No me preocupaba tanto que el de la moto viniese a robarme, como el hecho de que aquello ocurriese precisamente allí, y cuando estaba en compañía de una mujer, con la cual trataba de mantener una conversación aunque más no fuese, apacible. La amenaza era tan lesiva de mis intereses y mi bienestar como los conjeturales hechos que podrían producirse.  Y por otro lado, me resultaba hasta cierto punto injustificable que teniendo una moto tan lujosa el tipo viniese a robarnos tan luego a nosotros que andábamos a pie. Cuando el hombre que pronunció la advertencia se fue, volteé para mirar a Belén e inquirir de alguna forma  su opinión y no la encontré. Giré ciento ochenta grados para ver si la encontraba pero se había esfumado. Pronto comprobé que en realidad estaba hincada acariciando un perro que estaba detrás de una reja. Ese era el modo en que Belén había resuelto el asunto de la advertencia procelosa del hombre: un perro detrás de la reja le parecía más atractivo e interesante que las voces infaustas que profetizaban desgracias todavía no constatadas. En ese giro en falso, en ese baile de peonza, comencé a comprender que había perdido a Belén para siempre, fue un trastabillar del ánimo, una salida del gozne y del centro de la que no me recuperaría. En pocos minutos habían pasado cosas que parecían triviales, pero que son de las que pueden trastocar todo lo que viene con su carga de sentido, son las que desorientan, desgajan, como esos pequeños golpes o sonidos que nos resultan incomprensiblemente irritantes y cambian el humor, y cambian el destino en un segundo. ¿Cómo iba a recobrar el aplomo después de algo tan estúpido como el incidente –supuesto antes que producido- del ladrón motociclista o motociclista ladrón? ¿Cómo iba a restablecerme después de dar una vuelta buscando infructuosamente a Belén dentro de mi campo visual, y lo peor de todo, dando a entender que me importaba encontrarla, dando a entender que buscaba algo?

  Cruzamos de vereda y a partir de allí comencé a sentirme extrañamente triste. Le pregunté si estaba segura de que caminásemos hasta su casa y dijo que sí, minimizó la presencia del supuesto ladrón: lucía jovial e inconmovible.   Cruzamos la avenida y llegamos al palier del edificio. Belén dijo que hubiese querido invitarme a subir, pero se excusó diciendo que estaba “muy desordenada la casa”. A esa altura, ni la absurdidad del pretexto me llamaba la atención. Sentía una pasmosa fragilidad y en un momento irreflexivo, temerario, atraje hacia mi a Belén y la abracé, me aferré a ella un poco desesperadamente: ella me sostuvo mientras yo sentía su olor y escuchaba el estridor de su respiración. Me despedi y fui hasta la calle Sarmiento a esperar el colectivo, con al ánimo turbado, la bruma invadía mis pulmones. Cuando llegué a casa, me tiré en la cama a esperar despierto el amanecer.

  Pasados unos días Belén publicó un posteo en sus redes sociales, donde decía “un fin de semana de alcohol, amor y azar: cómo duele el azar”.  Entonces pensé que tal vez podía aludir a los episodios que habíamos vivido el sábado, que tal vez no fuesen para ella tan irrelevantes.

   Ví a Belén en otras ocasiones: una de ellas mientras leía unos poemas de Alejandra Pizarnik en un recital de poesía. A los jóvenes argentinos y sobre todo a las mujeres les gusta muchísimo Alejandra Pizarnik, sobre todo sus poemas, y sobre todo el que dice “Explicar con palabras de este mundo que partió un barco de mí, llevándome”. Pero casi nadie elogia sus obras de teatro. Hablé brevemente con Belén antes y después de que leyera los poemas, entre los cuales intercaló también, según creo, algunos de su autoría, pero mi laconismo y mi falta de simpatía o, más bien, de desparpajo, la fueron disuadiendo de acompañarme, por lo que no me prestó demasiada atención durante esa noche y hasta parecía invitarme, sutilmente, a que abandonara el local preguntándome si iría a la reunión que el mismo día organizaba Nicanor. Resignado, me retiré.

Belén posteó en sus redes sociales un estado que decía “sobrio no me podés ni hablar”.

 Después de que hubo pasado un tiempo en que no nos vimos y ella parecía un poco renuente a tratar conmigo, le envié un mensaje algo medroso acerca de si nos veríamos. Entonces me dijo que festejarían el cumpleaños de su amiga Julia –creo que se llamaba así, Julia, no lo recuerdo bien- en una reunión literaria que organizaba Nicanor. Durante la reunión, en la que incluso fui invitado a leer unos versos, hice lo posible por acercarme a Belén, acaso de un modo ligeramente desmesurado. Belén me regaló un impresionante libro sobre historia de la filosofía rusa, que todavía conservo, y me pidió los papeles de mis poemas después de que los había leído: me embarazó un poco que contuvieran adiciones y tachaduras. Escondido entre unos contertulios, alcancé a escuchar fragmentos de la conversación de Belén con su amiga Julia –creo que se llamaba así, aunque no es seguro- durante la cual Belén decía que yo ya no le gustaba, alegando una serie de argumentos. Julia –creo que se llamaba así- aducía para darle la razón que yo me mostraba muy insistente en darle conversación y concitar su atención. Yo, que al principio era distante y reservado con Belén y no comprendía su cercanía ni sus intenciones, ahora parecía que estaba arrobado con ella. Había caído en una trampa sin quererlo, porque ahora podía ver como Nicanor se aproximaba a ella y la besaba, y cuando estaba por marcharse le decía “si te vas, me quitás el sol”. Me sentí subitáneamente confundido, triste, engañado y mil cosas más. ¿Qué se me daba a mí si ni siquiera era mi novia, ni había estado cerca de serlo? Belén escribiría después en sus redes que Nicanor era una persona “luminosa”. Pero yo hervía de indignación, ¿Qué quiere decir que una persona es “luminosa”?

  Volví a casa llorando de la bronca y a los pocos días envié un mensaje a Belén, (que había cancelado una cita concertada previamente conmigo alegando un percance “largo de explicar”) diciéndole, mentirosamente, irracionalmente y movido por el despecho y con el ánimo ofuscado, que me había enamorado de ella. Pero Belén respondió que “si las cosas se dieron así, por algo será” y me recomendó que para aliviar mi pesar tomara baños de sol. De Sol.

  No alcanzarían muchísimas páginas para relatar los variados y frondosos temas que hemos abordado con Belén en nuestras conversaciones por chat. En la vida real, contrariamente, nuestros intercambios no han sido tan largos ni conceptuosos. Me sentía sondeado por ella, que trataba de hacer averiguaciones rápidas sobre mí. Además, yo me mostraba parco y literal cuando ella trataba de llevar la conversación a un tono ambiguamente romántico.

  Andado el tiempo parece que Belén no comprendió la poligamia y el ritmo de vida frenético y excesivo de Nicanor y se separó de él, para contraer nupcias con otro joven, cultor de la música popular, y vi fotos suyas embarazada y paseando por Córdoba. Me sentí extrañamente aliviado porque no era mi intención por el momento traer hijos al mundo ni pasear por la sierra cordobesa, no quería buscar la felicidad en la satisfacción desaforada de cosas exteriores. Me sentía tan frívolo y tan falto de ecuanimidad y sabiduría, por entonces pensaba que el amor era algo que los otros tenían que prodigarme. Me gustaban mucho las mujeres, pero no comprendía por qué tenía que someterme a estúpidas pruebas de congruencia cuando pretendía acercarme a ellas, y por qué se comportaban como si ellas fuesen un premio peculiar a conquistar en lugar de propiciar que hubiese un interés parejo, igualitario, mutuo y afectuoso. Tampoco entendía por qué se adelantaban a conjeturar muchas cosas y darlas por sabidas antes de que se hubiese desarrollado una historia de la relación y, cuando estaban lo suficientemente alienadas, propiciaban la construcción de vínculos imaginarios que luego no se animaban a concretar en la vida “real”, si se llama vida real a la de la ostensión y los  cuerpos tangibles, y a menudo perdían el interés subitáneamente sin que hubiese para eso ninguna razón aparente. Pero buscar equilibrios morales y sistemas de compensación  en algo tan ingente, grande e inexplicable como el universo puede llegar a ser una aspiración pueril, después de todo, siempre se tiene sobre las cosas una perspectiva particular, condicionada y fugaz que mal podría tomarse como el valor objetivo.

jueves, 9 de abril de 2020

Don´t let me down




Escribo esto con cierta negligencia, lo cual me hace, desde luego, merecedor de las diatribas que voy a dirigir a otros: ese parece ser el inevitable destino de todos los críticones y detractores, el de las palabras que César le dirigió a su propio hijo adoptivo Bruto. Lo que quiero hacer es preguntarme por qué los filósofos que aparecen en los medios de comunicación, decidores de consignas y pensadores públicos sobre los acontecimientos sociales, ya sean españoles, eslovenos, franceses o coreanos, dejan al lector con un regusto insípido y decepcionan a quien pretendía encontrar en ellos algún tipo de iluminación. Y claro, me adelanto a dar para eso algún tipo de respuesta, que no es ni más ni menos que la trasposición de lo que estuve pensando hoy mientras pintaba prosaicamente una pared.
Los jetones no piensan bien, a mi entender, porque incurren en alguno de los tres vicios característicos del pensamiento actual:
1) Suspicacia.
2) Exageración.
3) Premura.
El último ha sido advertido ya por un filósofo que publicó el otro día en Página/12, pero en verdad suscita los cotilleos y risitas de todas las personas medianamente cultas: Zizek, por ejemplo (no me toquen los huevos con los acentos) se apresuró a sacar un libro digital para tratar de explicar qué pasaba con la pandemia, y esto fue tomado como una falta de seriedad, un oportunismo y una frivolidad. Personalmente me parece muy bien que cada uno escriba y publique lo que se le antoje: pero me pregunto, ¿Hasta qué punto puede mantenerse la lucidez cuando se está tan cerca del fenómeno que se quiere explicar, cuando no media ante él una distancia crítica, cuando no se ha podido hacer el recuento de las vidas y las cosas materiales perdidas por algo que es lo suficientemente serio, grave y ecuménico? ¿Y qué sentido tiene pronosticar qué ocurrirá con el Coronavirus en el mundo, en la sociedad mundial, tan luego acerca de en qué medida coadyuvará para la consecución de una sociedad socialista? Muchos estamos contestes en que sería deseable algún día una sociedad socialista, al menos una sociedad más igualitaria, pero, ¿Hemos de pensar en eso en medio de una pandemia mundial? El gambito desagradable de este tipo de argumentación es que el Capitalismo irá a caer por efecto de algunos elementos fortuitos, o por el Caos que él mismo genera en la relación de la naturaleza con la humanidad, porque no podrá sostenerse, etcétera etcétera., pero no sucumbirá por ser un sistema de relaciones sociales que trae consecuencias inmorales. Entonces, ¿Cuál es la gracia de aniquilar al Capitalismo si al mismo tiempo no habremos de volvernos mejores? El problema de los filósofos del establishment es, que pretenden denodadamente superar un trance histórico en el mismo esquema de la conciencia que lo engendró, pero es difícil que pueda encontrarse la explicación o la solución de nada inmediatamente después de que esto ha sucedido. Por eso no parecen tener las reservas espirituales para rebasar el ensueño en el que estamos inmersos y responden con histrionismo y ansiedad egótica.
Una de las marcas salientes del pensamiento actual (y cuando digo pensamiento actual, permítaseme el burdo recorte, aludo a las reflexiones filosóficas sobre la sociedad) es la exageración: se supone que eres filoso, intenso, duro, ingente y tajante si dices cosas exageradas. No vas a arredrarte en llevar tus argumentos y palabras al extremo. Eso, desde luego, es un hábito intelectual que procede de hace 2500 años, cuando despertamos del sueño mítico para caer en la trampa de la Razón o hambre crónica del espíritu. Pero ahora me abstendré de hablar de eso porque sería muy largo y pesado. He dicho ya en algún otro lugar que este es un procedimiento peligroso y que exagerar es alejarse de la verdad, no refrendarla.
Otro elemento del pensar decaído es, desde luego, la suspicacia. Tal vez exageré cuando dije que la suspicacia nos está volviendo idiotas. No obstante, si ya se sabe que vamos a ser exagerados y suspicaces, entonces en cierto punto no nos va a hacer falta pensar. Basta con enfrentar algún acontecimiento cualquiera del mundo, y hacer de él una ruidosa interpretación que ya sabemos cómo va a ser: exagerada y suspicaz. Por ejemplo, puedo hacer mañana muchas afirmaciones acerca de cuánto hay que desconfiar de los seres humanos, y en lo confiables que son los animales, y concluir que para ser mejores deberíamos balar y andar en cuatro patas. Pero el objetor podría decir “¿Hasta qué punto he de creer en lo que me dices, si eres un ser humano poco confiable? He de creerte cuando bales y andes en cuatro patas”. Estas formas bizantinas y delirantes de llevar una discusión, que inundan la presunta sutileza de los debates actuales, se basan primordialmente en 1) la mala fe, 2) el autoritarismo que transe la experiencia del pensamiento, y 3) la tendencia a hacer de todo lo que pasa una caracterización especulativa. La especulación sin proximidad con los fenómenos que pretenden explicarse, lleva a los filósofos oficiales a teñir de sus propios intereses, unilaterales y taxativos, aquello que ocurre en el mundo de la vida con absoluta prescindencia de las fantasías de un sujeto particular, por ejemplo, el diseño de un sistema político perfecto, lo cual ha estado desde siempre asociado con filosofías de cuño idealista.
Tal vez rechace mañana haber escrito todo lo que figura más arriba, puede ser que me haya apurado, que deba redactarlo de nuevo o descartarlo en su totalidad. Puede ser que esté siendo infantilmente desconfiado, o que haya abrigado demasiadas expectativas en lo que, finalmente, no son más que apreciaciones que hacen unos tipos, un poco apremiados por las circunstancias, cuando les acercan a las fauces un grabador.

miércoles, 18 de marzo de 2020






  Que te hundas conmigo en el mar frío,

  como aquella mujer del Ponto

  que va y viene en el recuerdo

  cuando la penumbra nos duele.


  Ilusión de que mis palabras se estiran y te tocan

  o son un viento que te revuelve el pelo

  en la noche procelosa

  en que la bruma te custodia,
 
  y el agua te baña.