lunes, 8 de abril de 2019

Orígenes de la Filosofía



 Sospecho desde hace un tiempo –separándome ligeramente de la prestigiosa opinión de otros autores- que si hubiera que señalar tres sentimientos o pensamientos que sean una vía de acceso a la Filosofía, en tanto aproximación racional a la estructura del mundo, o consideración meditada sobre los estados o circunstancias de la vida humana, estos serían probablemente la Tristeza, el Miedo, y la Conciencia de la propia muerte.

La Tristeza: es el fondo de nuestros pensamientos, en el sentido de que, cuando no experimentamos alguna tendencia en particular o nos encontramos fuera del influjo de cualquier estímulo de excitación, ilusión o conjetura  sobre el futuro, nos sentimos tristes. Dicho más sencillamente: nos sentimos tristes cada vez que no sabemos muy bien cómo deberíamos sentirnos. Es decir que la tristeza ejerce sobre nuestro temperamento una fuerza de atracción que necesitamos rehuir a través de diversos inductores de un principio contrario, que para simplificar podría denominarse “alegría”. En la línea que se presenta aquí dijo Séneca: “La tristeza, aunque esté siempre justificada, muchas veces sólo es pereza. Nada necesita menos esfuerzo que estar triste.” Cabe entonces formularse preguntas de la siguiente índole: ¿Por qué estoy triste? ¿Es justificado que me sienta triste en éstas condiciones? ¿Cómo puede ser que me oponga a lo que sucede efectivamente, y necesite la realización de estados de cosas que surgen de mi imaginación para abandonar el sentimiento de tristeza?

El miedo: el hombre de la cultura primitiva construye un bagaje de pensamientos míticos en el que tienen un lugar primordial las imágenes atemorizantes que instan a adoptar ciertos comportamientos por temor a represalias y consecuencias funestas como la muerte, la condenación o los castigos físicos o psicológicos. En la mayoría de las sociedades se alientan las fantasías acerca de monstruos, brujas, animales de singular ferocidad diseñados a partir de la combinación hipotética de características de animales reales, o simplemente seres espirituales malignos de complexión incógnita. En la adultez, sobre todo en la sociedad occidental modernizada pero también probablemente en otras, esta caracterización de los factores de miedo se desplaza hacia los fantasmas de la pobreza, el escarnio social, los sufrimientos, los reveses de la fortuna. El miedo puede preservarnos del peligro, pero también a menudo puede paralizarnos o volvernos estúpidos. Spinoza sostenía que el miedo era amigo de la superstición, que a su vez es enemiga del pensamiento racional. Si estamos alienados por el miedo podemos suscribir teorías absurdas o inmorales, por eso advirtió Sófocles que el Miedo le iba muy bien a la tiranía. Puede entonces uno preguntarse, ¿Por qué y de qué tengo miedo? ¿Se justifica que tema a tal objeto, criatura, situación o posibilidad? ¿Por qué temo a cosas imaginarias sobre las cuales no tengo ninguna evidencia o sobre las que ni siquiera tiene sentido pensar?      

La conciencia de la propia muerte: sabemos que vamos a morir, o mejor dicho, lo suponemos en vistas de que mueren otras personas y otros seres naturales, y sentimos las consecuencias del paso del tiempo y de nuestras limitaciones, por lo que llegamos a la conclusión de que es estrafalario pensar que seamos inmortales. Pero nuestra cotidianidad se desenvuelve al margen de la tesis de que vamos a morir, parece que lo olvidamos en la medida en que nos perdemos en la rutina de nuestras acciones o nos preocupamos de algunos intereses efímeros. Esta falta de conciencia nos hace perder perspectiva sobre las prioridades, abrigar esperanzas desmesuradas sobre logros triviales, angustiarnos por circunstancias que tienen una dimensión relativa y desconocer la importancia de meditar acerca del sentido de nuestra vida y los propósitos, tareas o experiencias que deberían alentarla. Para el platonismo la vida es una preparación para la muerte, pero Epicuro sostenía, lúcidamente, que la muerte no debería ser un problema para mí, pues yo mismo no podré experimentarla cuando ella advenga. No obstante podríamos preguntarnos, ¿Qué quiere decir exactamente que voy a morir y cómo afecta eso mi concepción actual de la vida? ¿Sería más compatible para mi felicidad el vivir como si nunca fuese a morir, o tomando conciencia de la dimensión finita de mis acciones y aspiraciones?  ¿Por qué tiendo a aferrarme a la vida y temer a la muerte, aun cuando ésta representaría el fin de los dolores y tribulaciones?

jueves, 3 de mayo de 2018

ME ESTÁS MINTIENDO





 Cuando hablan de...la “post-verdad”, no sé bien qué pensar. ¿Es la post-verdad una mentira disfrazada, una verdad a medias, o más bien avenirse a la post-verdad es la postura de creer en una mentira porque no requiere de mayores indagaciones, permite evitar el fatigoso trabajo de la averiguación de la verdad verdadera? Porque nos sirve para creer en algo cuando no tenemos nada, porque llena nuestro vacío de afirmaciones o porque nos ayuda a decidir, a liquidar, a cortar con una situación, a allanar un camino. 
  Cuando relativizo, suspendo, cuando desconfío de los que dicen ser dueños de la verdad, es porque creo que esa verdad es siempre reafirmada doblemente, dogmatizada, para convertirse en un monumento de veracidad inconcuso: llamar verdad a la verdad es consagrarla, cerrarla al socavamiento, al cuestionamiento, a las dudas, no vaya a ser cosa de que mi verdad deje de serlo. Porque no puede dejar de serlo, verdad?
  Pero ¿Cuál es la relación de ese reforzamiento de la post-verdad, de esa paradojal conversión de la mentira en verdad, pero en una verdad reforzada, incólume, una mentira-verdad de hierro; con la moralidad pública? La instauración de la hipocresía, de la mala fe, como norma de consagración moral, suscita un mundo turbulento de palabras que tienen un contenido ético especioso, pero dado por válido ansiosamente, porque la norma de la época del pensamiento raudo es la ansiedad por llegar a alguna conclusión sin mediaciones, por llegar rápido a un juicio de valor: un juicio de valor que tiene la tesitura del YA, y sólo puede servirse de los motivos de la inmediatez, un juicio de valor que no espera, un juicio de valor ajeno a todo estoicismo, una ética de la premura.
   La ética de la premura y el modo en que los individuos, los individuos particulares, yo, tú, aquel, incorporan la forma de ser y de hablar del folletín, estandarizan sus apreciaciones. Eso nimba a las relaciones personales del mismo inclemente hábito de invertir la carga de la prueba: demuestra que eres veraz, o daremos por sentado que mientes.. Eso es exactamente lo que nos dehumaniza. A veces, esos juicios frenéticos son ciertos. Sólo a veces. Pero ese “a veces” se soslaya por culpa de la ansiedad propia de la ética de la premura. Típicos de la ética de la premura son los asertos del tipo “es Obvio que es así”. La obviedad como anticipación y oclusión de cualquier averiguación seria, la obviedad como forma de enunciar la suspicacia, que es un aspecto fundamental de una ética urgente. La suspicacia que en dosis adecuadas y en boca de personas inteligentes era una herramienta intelectual atendible, pero que vuelta un ejercicio compulsivo, llevada a una rutina  de repetición, nos idiotiza como sociedad, nos hace vivir en un mundo necio, gastado y opresivo. 
  La ética de la premura, típicamente sádica, se encara ante todo contra los que no tienen fuerzas para defenderse y los desolla, pero respeta a los que aún tienen presencia de ánimo para mentir después de haber mentido, y hasta hay mentirosos profesionales, sobre todo en la esfera pública, que trabajan de mentir y son creídos. La ética de la premura premia al miserable. Esto no prohíja una doble vara, sino un sucio fango en el que no hay vara, en que cada uno es reputado de acuerdo a lo que aparece y no a lo que es, (a pesar de la proliferación metafísica de la palabra ES) y cualquier invocación esencial a lo que se es, es recusada inmediatamente como procacidad: no me mientas diciendo que eres algo, porque ya sabemos que lo único que hay es la apariencia. No quieras revertir tu apariencia con el ser presuntivo: ya sabemos que no hay ser.  La ética de la premura y una recomendación plúmbea y desconcertante: “no me mientas”. La ética de la premura y una acusación incontrovertible: "me estás mintiendo". Pero ¿Quién está mintiendo? Es que no hay tiempo para saberlo.
  Angustia indescriptible de decir la verdad y no ser creído, y de que sean creídos los mentirosos porque mienten estentóreamente y uno dice la verdad en voz baja: ese sentimiento de bronca e injusticia que oprime el pecho y tensiona los hombros. Estoy diciendo la verdad, lo que pasa es que mi verdad no importa tanto. Una mentira convencida vale más que una verdad dubitativa. Rígido totalitarismo de la personalidad, violencia discursiva en virtud de la cual digas lo que digas, estás mintiendo. Pasa el tiempo y es difícil que las mentiras se reviertan, es difícil que las verdades cundan. Cuando mucho, alguien dirá alguna vez como al pasar, con un estridor de impotencia tapado por una  nostalgia casi divertida: “¿Te acordás de aquella verdad? Bueno: era mentira”.  

domingo, 22 de abril de 2018

domingo, 14 de enero de 2018

SUMMERTIME




   

  Me asomo al pasillo y veo la fisonomía de un hombre, bombacha de campo con salpicaduras de lavandina y guarda pampa, alpargatas, remera de manga larga, es una figura gigantesca que me tapa la visual de la ruta, me tapa la luz. Voy volviendo de un pequeño pueblo en la provincia de Buenos Aires, en un micro de media distancia, mugriento, con unos tapizados de paño que tienen unos dibujos estrambóticos.  El micro tiene varias paradas durante el viaje y cada vez que sube o baja alguien es un trastorno, no hay lugar para subir o bajar, entonces la gente empieza a odiarse, a odiar a los que suben o a los que bajan, siendo que uno puede transformarse en cualquier momento en alguien que sube o que baja. La mayoría de los que viajamos –pienso- somos probablemente argentinos. Argentinos. ¿Qué es ser un argentino? Es algo que me he preguntado mucho, y ahora que estoy ocioso me lo pregunto con más ahínco e interés. Me lo pregunto yo que nunca saldré de la perspectiva provinciana. Nunca saldré porque no me interesa avenirme al conocimiento de otras perspectivas, porque soy, mal que me pese, un hombre obtuso y esencial.
 Un argentino: alguien que tiene profundamente internalizada la violencia social, alguien que está tenso porque a cada momento recibe y da hostilidad, desconfía, juzga. Ejerce una violencia que tiene como destino a los animales, las personas, las cosas, el espacio público, el lenguaje. Un cínico por avasallamiento, eso es un argentino. Un cínico que no reflexiona, alguien que cree ser  lo mejor y lo peor del mundo. Trasímaco insolente, pero también cobarde.
En el pueblo, las intrigas que aquejan a la pequeña comuna,  la vecindad, fulano de tal, en quien no se puede confiar. Saludos a la distancia que parecen un desafío o un insulto. Todos sabemos o sospechamos que nuestro estrago como sociedad se está consumando ahora mismo, que estamos cayendo, pero estamos hablando de lo rico que es el helado, ahí se come bien, la carne tiernísima, a Pampita le meten los cuernos, con la linda sonrisa que tiene, Cacho castaña con los pulmones sibilantes haciendo comentarios misóginos, vamos buscando la comidilla del verano para no encontrarnos con lo que hemos hecho de nosotros, con los despojos de nuestra obsesión autodestructiva, la argentina deprimida, estupidizada, infantil, sin fuerzas, sin endorfinas ni ganas de vivir, tensa, tensa, la argentina tensa que no piensa con claridad y cuya utilización del lenguaje es precaria e imprecisa. Una familia de palabras lo refleja palmariamente:  “pelotudo-pelotuda-pelotudez”. La palabra “pelotudo” con una doble ventaja: expresa nuestra agresividad  ingente hacia el otro y presenta el suficiente grado de ambigüedad para ser utilizada sin compromisos. Estados en redes sociales que fustigan al sustantivo colectivo “los pelotudos”. Qué maravilla poder dirigir un escopetazo al aire y que se haga cargo el que quiera: que se mueran los pelotudos. Boris Vian: “que se mueran los feos”. “Los pelotudos son como…las hormigas…el problema con los pelotudos…”. ¿Seré un pelotudo sentado en un micro pensando estas cosas? Qué remedio. Un pelotudo puede ser un colectivero, un taximetrero, un metalúrgico, pero también un universitario, el ministro de economía, el presidente del gobierno, un humorista, pero asimismo Horacio Gonzales, Paolo Virno, un egresado de París VII, hasta Napoleón III. Puedes ser inteligente, lindo, talentoso, ambicioso, y aún así ser un pelotudo: claro que sí. ¿Entones qué significa exactamente ser un pelotudo? ¿Exactamente?: estamos en verano, dejate de joder: no seas pelotudo.
Verano argentino. Afrodisíaca belleza de las mujeres con sus piernas firmes cruzando la calle,  caminando las playas, sofocación, dulzura del aire que entra y sale agónicamente por la boca y la laringe, la piel tostada con su vello terso y las tímidas gotas de transpiración que se deslizan por ella.  El sol como una promesa decepcionante, el calor que era algo anhelado pero no tanto. Los hombres en cueros con sus tetillas atrofiadas, impúdicas, sin explicación. Vacaciones. ¿Vacaciones? El padre de Mafalda saca cuentas angustiosas para ver cuántos días de vacaciones y adonde. La audacia y el cálculo. Unos días a Las Toninas o Faro Querandí pero gastando poco, lo justo. El ocio y la restricción en una relación con el disfrute que es incordiosa, dilemática. Estamos obligados a disfrutar. Disfrutar un poco, lo que se pueda. Fotos con medio cuerpo sumergido porque estamos desfalleciendo pero dignamente, dentro del agua. Necesitamos vacaciones del tiovivo eterno: trabajo-fiestas-vacaciones, eterno retorno de estímulos que no nos dejan pensar en quienes somos de verdad (de verdad, no en la fantasía del narcisismo desaforado) y qué deberíamos hacer de verdad. En cuál es el camino de escrutinio y de cultivo que deberíamos seguir al margen de todo el excremento, de la resonancia distorsionada de nosotros mismos que vemos en las películas, las series, los noticieros, los magazines de la radio, las revistas que dicen siempre las mismas tonterías, estalló el verano, fulanita y menganita calientan las playas de Pinamar. Seguimos siendo en vacaciones los mismos seres bamboleantes, confundidos y agresivos, seguimos repitiendo porque nos confunden, nos repiten y nos agreden.
Esas adolescentes me miran con sorna y se ríen. ¿Se ríen de mí, o de algo de mí? ¿Y qué me importa lo que piensen? “¿Qué me importa?” ¿Por qué me convenzo de que la opinión de los demás no me importa? Cuando le ponemos a alguien el marbete de “pelotudo” ya no nos importa lo que piense. ¿Realmente no nos importa o tratamos de que no nos importe? Que rápidos somos para desvalorizar al otro, qué extraño placer nos provoca. Hasta que vemos al otro postrado, en las últimas, y ahí si qué solidarios que son los argentinos, qué sensiblería impostada son capaces de mostrar. Agresivos porque sí. Tenemos derecho a ser groseros y desagradables cuando hace calor. Si sos amable tranquilo y compasivo van a pensar que sos un pelotudo, y nadie quiere ser un pelotudo a los ojos de los demás, porque no importa qué piensen pero un poco sí importa. Ser pelotudo en la argentina del siglo veintiuno es como ser puto en la sociedad norteamericana en la década del 50’. Represión excedente internalizada al máximo en todos los órdenes.
Si aunque sea tuviese el consuelo de la lucidez en medio de la ofuscación. Pero ni siquiera eso. Soy uno más en este colectivo, uno más inmerso en la abulia fatal del gallinero. Yo también disfruto y padezco eso  de ser cada día un poco más tonto y tener menos inquietudes. No pensar ni equivocado, para qué, si igual se vive. Recordé sin querer ese tango de Cepeda: Las cuarenta. Mientras  pienso estas cosas con la lenidad propia de una tarde de verano, los pastos sufren la opresión del sol al costado de la ruta, acostumbrados como están al incontrovertible ciclo de los días.

jueves, 2 de junio de 2016


ENCOMIO DEL FANATISMO.

Bernardo Palissy era hijo de un vidriero, y ejerció el arte de pintar y dibujar sobre vidrio antes de aprender, tardíamente, a leer y escribir. Después abandonó el negocio de su padre y fue a trabajar como agrimensor a varios lugares de Francia y Alemania. Se instaló en Saintes donde se casó y tuvo varios hijos.
Palissy tuvo la intención de aprender a cocer y esmaltar loza y arcilla. Una vez, al apreciar una obra de Della Robbia, se sintió fuertemente impulsado a imitar su estilo. Se dispuso entonces a averiguar por vía de experiencia la composición del esmalte, con un método, a nuestros ojos, craso y extravagante: comprar vasijas de barro, hacerlas añicos, y untarlos con variadas mezclas de drogas, para después cocerlas al horno y evaluar los resultados. Fracasando una y otra vez, prosiguió durante años con los experimentos, perdiendo tiempo y recursos y siendo alcanzado por la más ruda pobreza. No pudo seguir solventando su propio horno, pero siguió rompiendo vasijas, untando los pedazos y llevándolos a un horno que quedaba a dos leguas de distancia. Esto también  fracasó y debió volver a su profesión de agrimensor. Cobró un dinero por la medición de unos salitrales y volvió  a romper  más de treinta ollas de barro, untó las piezas y las llevó a una hornilla de vidrios. Los esmaltes se habían derretido, pero ninguna de las piezas había alcanzado el color blanco de la loza. Le llevó unos dos o tres años de continuos experimentos lograr que una vez, una pieza de barro entre más de doscientas tomase un color blanco y rielante. Incentivado por eso, ocupó un año en construir un horno en su propia casa, en el que finalmente ingresó unas cuantas vasijas enteras esmaltadas. Durante seis días y sus noches, Palissy se mantuvo despierto a la espera del renuente esmalte, que no se derritió.
  Totalmente empobrecido, pidió dinero prestado e inició de nuevo sus experimentos, a esa altura, juzgados como fútiles por su familia y sus vecinos. Como el esmalte tampoco se derretía, y habiéndose quedado sin leña, quemó las empalizadas, las mesas, las sillas y las alacenas de su casa. Su mujer y sus hijos huyeron, pero Palissy esta vez había logrado que las vasijas estuviesen cubiertas de un bello barniz blanco.
  Después de eso construyó un horno al que juzgó mejor que el anterior, pero tal parece que, como el interior era de piedra, se rajó y despidió chispas que quedaron adheridas a la piezas y las estropearon. A pesar de que tenía aún ocasión de venderlas, Palissy las destruyó completamente, para que no le fueran motivo de descrédito. El mismo ha sabido relatar sus padecimientos de esa época:

Por espacio de varios años estuvieron mis hornos sin techo ni protección, y mientras los cuidaba he estado muchísimas noches a merced del viento y de la lluvia, sin ayuda y sin consuelo, a no ser que esto lo fuera el maullar de los gatos por un lado, y el ladrido de los perros por otro. Algunas veces combatía la tempestad tan furiosamente  los hornos, que me veía obligado a dejarlos y buscar protección dentro de la casa. Transido por la lluvia, y en un estado tal que parecía que hubiera sido arrastrado por el fango, me he ido a acostar a media noche o al nacer el día, tropezando al entrar en la casa a oscuras, y bamboleando de un lado para otro como si estuviera borracho, y no siendo eso más que el efecto de la fatiga de la vigilia, y estando lleno de angustia por la perdida de mi trabajo después de tanta labor…aún ahora mismo me hace admirarme que no haya sido completamente destruido por mis muchos dolores.

  Abatido anímicamente, se dedicó a vagabundear durante un tiempo, hasta que volvió a su trabajo de agrimensor. Pero al año siguiente volvió a los experimentos en procura del esmalte, que tardarían aún más de siete años en dar resultado. Por fin, pudo comenzar a vender sus bellas y refinadas lozas.
  Además de todo eso, se dice que a causa de su confesión protestante fue apresado y tuvo que sufrir el saqueo y la destrucción de su taller. Fue condenado a la hoguera en Burdeos, siendo salvado por el Conde Montmorency que requería sus servicios para hacer pavimento esmaltado. En París, trabajó para el Conde y la Reina. Sus escritos, a los que se dedicó en su madurez y que a menudo eran polémicos, motivaron que se lo encarcelara de nuevo. El Rey Enrique III le encargó amorosamente que se retractara de su creencia religiosa, pero Palissy le ofreció una respuesta digna de su obstinación y tenacidad:

Señor: estoy pronto a dar mi vida por la gloria de Dios. Con frecuencia habéis dicho que teníais lástima de mí; y ahora soy yo quien la tiene de vos, que ha pronunciado las palabras me veo obligado. No es ese el lenguaje de un rey; es lo que nunca podrán obtener de mí, vos ni aquellos que os obligan, ni todo vuestro pueblo, porque yo sé morir.


miércoles, 27 de enero de 2016

AHORA QUÉ PASA.

Hay que pensar en la naturaleza ética del Nuevo Orden que se acaba de instaurar y sus discrepancias con al anterior. Particularmente, en la concepción del Yo (el agente político o el gobierno) como una “heteronomía esencial”: los que constituyen a ese Yo son los otros a partir de sus actos de designación u ostensión: los otros estaban primero: el “Tu” estaba llamando al Yo antes de que éste sea Yo. Esto era preconizado por el gobierno populista que acaba de salir, con la expresión sumaria La patria es el Otro. La precedencia del Tú subordina al Yo al mandato. Esto no es menos que una especie de apropincuamiento de las relaciones políticas a una ética de la Revelación, y quisiera usarlo como un barrunto ligero, pero explicativo, acerca de las constantes demandas de legitimidad, corroboración, asentimiento, de los gobiernos sudamericanos populistas o progresistas, expresados en un sinnúmero de elecciones, referéndums e interpelaciones al pueblo como un acto continuo de realimentación. El interés de estos gobiernos, o uno de sus laudables intereses, es el de seguir de cerca las aspiraciones sociales para interpretar adecuadamente sus demandas de cambio, mientras la sociedad, como era de esperarse, reacciona frente a eso a través de un juego esquivo y perverso. El dilema del populismo de izquierdas o centro izquierdas es que debe hacer el gambito de tratar a su electorado como si fuese formado, racional y emancipado (por eso los eslóganes del candidato perdidoso en la elección pasada que rezaban “la gente no es tonta”, y así) a sabiendas de que se trata de un público infantil, egoísta y malicioso. Estas relaciones de amor frustrado del gobierno populista con su pueblo (recordemos el aserto de Eva Perón: “si este pueblo me pidiera la vida, se la daría cantando”) son la antesala óptima para el advenimiento de la derecha que sabe como tratar al pueblo dándole el rigor que éste merece y desea.
  El pueblo “empoderado” puede comenzar a abrigar una serie de fantasías megalómanas que no tienen que ver precisamente con una vida virtuosa, sino con la aniquilación propia y ajena, con el usufructuo y destrucción de todo, porque la muerte es hermosa. El pueblo es un elemento ladino que se niega obstinadamente a amar a quien lo ama.       
  Cuando llega la derecha, con una lógica sacrificial: hay que aguantar, soportar, pasar 30 años en el desierto, con políticos que parecen pastores de iglesia electrónica esquilmando a los pobres, sometiendo aviesamente sus conciencias, exige una unción definitiva, inspirada en el viejo contractualismo: una cesión de la soberanía que ya no puede revocarse. El pueblo cede el bastón al presidente y le pide que no lo perturbe, que haga lo que quiera, siempre que conserve la vida y los bienes y encarcele o mate a los ladrones. Aunque parezca mentira, esta concepción anticuada y ramplona de la política inspira a buena parte de las personas que van a votar. No hace falta explicar cómo se lo monta la derecha para implementar políticas que engordan a los ricos y postran a los pobres cuando todos duermen o incluso a ojos vistas.  Para cuando se viene la marea de la disidencia, ya se obturaron todos los canales de debate, interrogación, opinión. El Nuevo Orden habla de “los cambios que todos queremos” afirmando, curiosamente, que deben ser implementados por la fuerza.
  Uno de los peores vicios del progresismo es su falta de lucidez para interpretar el sistema político en el que está inscrito, pero hay que eximirlo de culpa porque no es tarea fácil. El sistema de partidos argentino tiene algo del bipartidismo norteamericano de campaña: el balotaje lleva a una estupidización de los mensajes que se intensifica cuando todos están demasiado cansados para reaccionar. Aunque parezca mentira (de nuevo) el cansancio permea la penetración de latiguillos abstrusos y genera una falta de sentido crítico ante las acusaciones personales más crasas (pensemos en los periodistas norteamericanos que afirmaban “el candidato Obama es un fumador de cigarrillos”) hasta llegar a los estólidos debates televisivos, amañados para que se hable y se interprete lo que quieren los periodistas y filibusteros políticos del establishment.
En otro sentido, el sistema de partidos argentino marca la desaparición de dos fuerzas tradicionales de “centro” a favor de una creciente volatilización: esto es malo para los movimientos “transversales” que quieren captar el voto progresista. El elector se desorienta y desalienta ante una gran diversidad de opciones, como en el caso de la fuerza política llamada “Frente para la victoria” que presentó siete candidatos (¡) a alcalde de la ciudad de Buenos Aires en una elección interna. En eso y otras cosas, el sistema político y de partidos argentino se parece al de algunos países africanos: fuerzas de derechas –durante años representadas por el partido militar- prometiendo mano dura con la corrupción y la insurrección, y un electorado supersticioso y bamboleante que se pregunta “¿habrá que votar a este o al otro?” con una sofisticación adicional: la perfecta inconsciencia de la corrupción moral que representa no tener siquiera una idea política y estar al abrigo de los mass media y el lobby de sus propios malhechores.
 ¿Y que decir de la beldad llamada Izquierda? El regodeo literario de decir que los candidatos de derechas y los de centro son “lo mismo” (después de todo, si uno prescinde de ser lo suficientemente crítico, los pinos y los abetos son “lo mismo”, el Cabernet Sauvignon y el Bonarda son “lo mismo”, Barcelona y Real Madrid son “lo mismo”) culmina en una sorda culpa por el triunfo de la derecha acérrima, acallada por la aseveración, expresada con una sonrisa incómoda, de que la Izquierda “sabía” que la derecha iba traer ajuste…¿Se ufanan de saber lo que cualquier tonto era capaz de saber? ¿Esa es su responsabilidad de actor político? ¿Literatura veleidosa, eso hace la Izquierda? Desde luego, hay que celebrar la afirmación de Andrés Rivera, según la cual quien dice no tener ideología, es de derechas. Eso es hablar elocuentemente de la falsa conciencia de la clase media: es el deber de un escritor. Eso no se parece en nada a renunciar por completo al examen crítico de las propuestas de campaña de dos candidatos a presidente, es arrastrar a la población (bueno, a una parte de ella) al ofuscamiento y a la falta de sutileza. La Izquierda espera que se produzcan los acontecimientos atroces de la vida política para después afirmar “como Izquierda nos pronunciamos así y así”, pero no se aviene a la interpretación de la historia de este país como una querella entre la intención de formar un gobierno de participación popular y la de imponer la dictadura del partido militar, las sociedades rurales, y más recientemente, los medios de comunicación reaccionarios, los especuladores financieros y los narcotraficantes. Esta suave crítica a la Izquierda no debe llevarnos, no obstante, a desconocer que ella sigue siendo un actor importante en la discusión sobre el emplazamiento del poder real.
¿Y el radicalismo? Opuesto al régimen conservador desde siempre, ahora se somete a él casi jactándose libidinosamente de su traición. La derecha no tiene vocación para nada en particular, pero se ha encontrado con que el fracaso del Tercer Movimiento Histórico es un banquete que se le sirve demasiado dispendiosamente como para despreciarse, y se entrega a devorarlo en forma irreflexiva y furibunda. Y el pueblo, que ya se desembarazó de ese yugo que representa un gobierno que piensa en él y lo tiene demasiado en cuenta, ha comenzado una escrupulosa terapia de olvido y negación acerca de dónde reside el poder real y quiénes son los autores de su propia vejación.


miércoles, 8 de julio de 2015


EL TORO DE LIDIA.

  Hay personas que cuentan, con bastante desparpajo y detalle, que en España, tanto como en México, se celebran corridas de toros, en algunos casos clandestinas, a las que sin embargo concurren varios cientos de personas. Nunca presencié una corrida de toros, por lo que me sería dificultoso decir en qué consisten. Debería valerme de las explicaciones ajenas, los cuentos populares y la información que podría proveerme la obra Carmen de Bizet, y hacer a partir de esos datos fragmentarios una reconstrucción brumosa. Creo que la corrida se basa en el enfrentamiento de un toro con un señor que ostenta el nombre de Torero y cuya profesión –aunque deba escribir esto con pulso vacilante-es enfrentar al toro en la plaza. Munido de una pieza roja de género, el torero habrá de azuzar al toro para que se abalance las veces que sean necesarias, interin en que se le clavan lanzas, azagayas, espadas, cuchillos, y todas cosas que hiendan la carne del toro y le provoquen heridas por las que, como se comprenderá, no recibe ningún tipo de asistencia ni socorro. En la escena final, cuando el toro está desangrado, falto de oxígeno, adolorido y exangüe, el matador lo ultima atravesándole el torso con un florete de gran tamaño, y algunos cuentan que el torero vuelve al ruedo mostrando horriblemente las orejas cortadas del vacuno. Es innegable que hay un cierto arrojo en la acción del torero de enfrentar a un animal de gran porte y agresividad y que es unas cinco veces mayor que él, aunque pueda alegarse, de otra parte, que se trata de una osadía sin sentido. Si todo este deporte o espectáculo luce como una gran imbecilidad, no será la primera ni la más grave que se pueda imputar a la inefable España.
  Las personas que estudian el comportamiento animal tendrían que ver esos espectáculos para decidir si es cierto que el animal reacciona con un automatismo que se activa hasta el agotamiento físico, o por el contrario, sus acometidas proceden de una reserva instintual de energía que se “descarga” hasta decaer por completo. Así, podría ser que el toro se parase en la plaza a mirar los ademanes del torero sin intenciones de correr hacia él. La parada circense sufriría entonces un gran estrago, a manos de las leyes naturales.
  ¿Y qué hay del trapo rojo? ¿Daría lo mismo que el trapo fuese de cualquier color? Son enigmas del conocimiento animal que parecen difíciles de develar. Ya que el toro, de cualquier forma, va a morir, los organizadores de las corridas deberían permitir que se haga la experiencia de incitar al toro con una capa que sea de otro color del espectro, por ejemplo, azul. Esta idea me interesa, pero me desaliento pensando que es demasiado subversiva.
  El rojo es, en verdad, un color increíble. Es un color encendido y también, en cierta forma, prohibido, como dice en Proverbios 23:31: “no mires al vino cuando rojea”, pero en el antiguo testamento parece identificado con el amor cuando se habla de ofrendas de “cueros de carneros teñidos de rojo” (Éxodo, 26). Puede ser que por el rojo se pierdan vidas y se sacrifique mucho. Esto lo entrevió Sarmiento cuando recusando al partido federal suspiraba: “¿Y todo por un trapo rojo?”. No sólo los federales argentinos hicieron roja su divisa: los movimientos políticos más grandes de la tierra han levantado pendones rojos. Los equipos de fútbol de todo el mundo usan camisetas rojas: en Inglaterra son los más: se dirá que porque es uno de los colores de la bandera, pero yo sé que en Argentina hubo escuadras que llegaron incluso a definir en un desafío deportivo quién se quedaba con la ardiente y ansiada camiseta roja, debiendo el perdedor, sino renunciar por completo al color rojo, combinarlo a bastones mancillando su puridad.
  Cuando le pregunto a mi sobrino “¿Qué es el rojo?”, me contesta “un color”. Y cuando le pregunto “¿Y qué es un color?”, vuelve a responder “un color”, como si la pregunta no tuviese sentido. En efecto, un niño de cinco años, que ya tiene criterio de corrección, sabe que un color es un color, y no hay que dar más vueltas al asunto. ¿Pero acaso un equipo, un partido o un sindicato escogen el rojo porque si?  ¿Por qué el  rojo cada vez que nos entregamos a una situación agonal: una lucha política, una justa deportiva, un cortejo amoroso?
  Vuelvo a los toros: ellos están en la plaza circunstancialmente, pero sospecho que su verdadero hábitat está en otra parte: en la poesía. Supongo que he comenzado a apreciar y tomar en serio a los toros y a la poesía a través de Vicente Alexandre:

Oh tu, toro hermosísimo, piel sorprendida
Ciega suavidad como un mar hacia adentro
Quietud, caricia, toro, toro de cien poderes,
Frente a un bosque parado de espanto al borde

Toro o mundo que no, que no muge. Silencio.
Vastedad de esta hora. Cuerno o cielo ostentoso,
Toro negro que aguanta caricia, seda, mano.

  La poesía gauchesca, que no deja asunto importante sin tratar, también se habrá ocupado de los toros. En particular, me provoca extrañeza la sentencia de “Martín Fierro”, en que se dice:

Yo soy toro en mi rodeo
Y torazo en rodeo ajeno

  Esto se revela completamente contrario a lo que suele entenderse como la conducta de los animales, que diminuyen su capacidad de agresión a medida que se alejan del hipotético centro de su territorio de dominación. Martín Fierro no desconoce esto: es precisamente lo que hace que por vía de un efecto paradojal, su arrojo y su infatuación sean mayores, y convierte al habitante de las pampas, contra lo que suele pensarse, en un ser eminentemente cultural. El gauderio es un hijo de la técnica, y vive por ella: no podría subsistir sin la domesticación y el ensille del caballo, los accesorios de cuero trenzado, el cuchillo, el arte de atizar el fogón, el desecamiento de la carne. Con esas potencias, se siente fuerte para desenvolverse en “rodeo ajeno”, deambulando y haciendo que su territorio adquiera fronteras difusas. El gaucho también hace verónicas, esquiva y desaira al destino para subsistir.
  Las corridas de toros también tendrán sus justificadores. Antonio Víctor, un poeta que se define a sí mismo humanista, escribió un bello poema, La muerte de los toros:

Sobre el ara inmensa de la oscura tierra
Un bravo toro al sol se inmola, al cielo
Como un rito de sangre y un anhelo de vida
En la estampa rupestre de altamirales tiempos
El torero en la arena, sacerdotal y solo
Tiene en su expresión rígida y rituales movimientos
Toda la honda angustia y la grandeza
Del hombre en su soledad, del hombre eterno
Porque el toro noble no es la bestia
Que al hombre embiste con furor de viento
Es la violenta imagen de la muerte
Que desespera con furia allá en su cuerpo.

  Y esto es sólo un fragmento. Este poema parece hecho para confutarme, porque no solo lauda al torero y a la muerte del toro, sino al “hombre pasional, fuerte, ibérico, sin miedo a la muerte ni a la bestia”. Cuando unos habitantes de mi ciudad quisieron hacer una representación del encierro de San Fermín, muchos protestaron y un poeta escribió “quiero ver tus ojos en una botella, torero hijo de puta”. Esa pantomima de encierro, vilipendiada con exageración, no se hizo nunca más. Es que a veces lanzamos juicios inclementes. Yo mismo había planeado decir tajantemente, en estas páginas, que España era una tierra  yerma e inútil.-      










[1] Antecesor, aunque muy indirecto, del gaucho, el hombre de la edad del Reno comenzó con una ingente tradición matando animales y plasmándolos en sus paredes con conmovedores trazos. Así, da la impresión de que la sangre vacuna alimentó a la pintura incluso antes que a la poesía.