domingo, 18 de octubre de 2020

 

BELÉN, O EL TROMPO.

 

  De alguna extraña forma, Belén se acercó a mí. Me agregó en las redes sociales, me habló por mensaje privado y me fue a ver a algunas lecturas de poesía. La conocía o por mejor decir, sabía quién era someramente. Creía recordar que ella había participado alguna vez, cuando todos éramos más jóvenes y bohemios, de las reuniones en casa de Alejandra, la que daba clases de pintura y según creo se fue a vivir al sur, la que elogiaba mis ojos y mi mirada. En esa época Belén siempre estaba un poco ebria y nos preguntaba a los jóvenes poetas de la Sociedad por qué escribíamos en inglés. Tenía el pelo rizado y largo, la cara delgada, la dentadura perfecta y una nariz filosa. Recuerdo haberla escuchado una vez leyendo una ponencia sobre “El juguete rabioso” de Roberto Arlt. A los jóvenes argentinos les gusta mucho Roberto Arlt, y a las mujeres muchísimo, en virtud del éxito de la novela de Ricardo Piglia “Respiración artificial” que sienta las bases de la nueva interpretación de la obra arltiana valiéndose de ingeniosos pases de manos, que incluyen la aseveración de que Arlt es a fin de cuentas uno de los pocos escritores a los que Borges ha tomado en serio. Etcétera. Belén sostenía que el personaje de Astier ERA el propio Arlt. Bueno, no sé por qué me he puesto a hablar de eso: qué me importa. Belén para mí era el arquetipo de la mujer inalcanzable: delgada, bella, serpentina, sensible y suave. La  había olvidado durante mucho tiempo y ahora reaparecía con un interés en mí que me parecía extraordinario.

  Ese interés de su parte, lejos de provocarme la euforia exaltada que suele suscitar ese expediente en los hombres relativamente jóvenes, me llenaba de dudas . ¿Qué podía querer una mujer como ella de un hombre como yo? Me precedía mi fama de torpe para las conquistas, desubicado y marginal, borracho, además de que era un artista frustrado en plena declinación, hosco, antipático, y repudiado por la mayor parte del ambiente de lo que podríamos llamar con benevolencia underground. Había sabido ganarme enemistades en los más variados  círculos, y lo peor, sin haberlo querido del todo, y sin haber expresado mis opiniones con demasiado énfasis.

 Pero Belén parecía convencida de que mis poemas valían algo, así que me acompañó varias veces a lecturas públicas y me dio su teléfono, que atesoré escrupulosamente sin atreverme de momento a llamarla. Una noche fuimos a ver una exposición y ella apoyó su mano en mi rostro para que comprobara lo fría que estaba. Cohibido, me sobresalté de una manera que ella, según creo, advirtió. Esa noche iba a lo de su abuela y yo, que tal vez debí tener un gesto de galantería y acompañarla, me fui en cambio al cumpleaños de una amiga, Virginia, donde sucedieron cosas que serían dignas de contarse. Pero esa es otra historia.

  Una vez fue a escucharme a un meeting de poesía que era organizado por un grupo de jovenes: chulos, estridentes, exultantes, amantes de las bromas. Todos parecían querer emular el estilo de Tristan Tzara, aun sin conocerlo, y el más animoso de todos era un tal Nicanor. Belén comenzó a mencionarme al tal Nicanor desde que lo conoció allí pretendiendo tal vez, que había entre él y yo una familiaridad que en realidad no existía, aunque desde luego, todos ellos me caían muy bien y eran muy amables conmigo. Pero lo cierto es que en esas reuniones yo permanecía en el fondo bebiendo y no hablaba con casi nadie, a no ser, claro, que se acercase a mí y me diesen conversación, para lo cual siempre era materia dispuesta.  

  Una madrugada después de uno de esos encuentros procedimos a retirarnos y una tal Julia –creo que ese era su nombre, no la recuerdo bien- que parecía íntima amiga de Belén, sugirió que yo podía acompañarla hasta su casa. Desde luego, accedí y al comienzo representé ese papel de acompañante con bastante dignidad.

  Belén hablaba de su actividad docente, decía que quería cambiar el mundo, y me hacía preguntas. Me preguntaba de qué vivía, a lo que yo respondía un poco evasivamente, que me dedicaba a muchas cosas, por ejemplo a vender mis pequeños volúmenes de poesía, pero ella no parecía conforme, barruntaba que con esos dineros no podía subsistir y en un momento pronunció una frase desafiante y maliciosa, una especie de interrogación afirmativa: “te mantiene tu mamá”. Guardé silencio. En otro momento Belén, que parecía aficionada a los temas  personales, preguntó si acaso alguna vez había probado drogas. Le dije que por supuesto que sí,  para no pasar por un hombre de poca experiencia. Entonces Belén comenzó a hacer una reflexión algo nebulosa acerca de cómo todo mundo en la actualidad consumía drogas y ella se sentía un bicho raro, y un poco chapada a la antigua, por sus costumbres limpias y naturistas.

  Llegamos al bulevar que precede a la plaza, y un hombre nos interceptó, extrañamente, para decirnos que aquel tipo que estaba parado en el semáforo andaba robando. Era un hombre encima de una voluminosa moto de cross. Me quedé mirando atónito al hombre que nos hablaba, y  que reiteró, como si estuviese dirigiéndose a niños o minorados o personas poco espabiladas,             que el de la moto andaba robando, y nos decía “¿entienden?”, pero yo no entendía. En primer lugar, maldecía a Dios por haber enviado esa eventualidad justo en ese momento. No me preocupaba tanto que el de la moto viniese a robarme, como el hecho de que aquello ocurriese precisamente allí, y cuando estaba en compañía de una mujer, con la cual trataba de mantener una conversación aunque más no fuese, apacible. La amenaza era tan lesiva de mis intereses y mi bienestar como los conjeturales hechos que podrían producirse.  Y por otro lado, me resultaba hasta cierto punto injustificable que teniendo una moto tan lujosa el tipo viniese a robarnos tan luego a nosotros que andábamos a pie. Cuando el hombre que pronunció la advertencia se fue, volteé para mirar a Belén e inquirir de alguna forma  su opinión y no la encontré. Giré ciento ochenta grados para ver si la encontraba pero se había esfumado. Pronto comprobé que en realidad estaba hincada acariciando un perro que estaba detrás de una reja. Ese era el modo en que Belén había resuelto el asunto de la advertencia procelosa del hombre: un perro detrás de la reja le parecía más atractivo e interesante que las voces infaustas que profetizaban desgracias todavía no constatadas. En ese giro en falso, en ese baile de peonza, comencé a comprender que había perdido a Belén para siempre, fue un trastabillar del ánimo, una salida del gozne y del centro de la que no me recuperaría. En pocos minutos habían pasado cosas que parecían triviales, pero que son de las que pueden trastocar todo lo que viene con su carga de sentido, son las que desorientan, desgajan, como esos pequeños golpes o sonidos que nos resultan incomprensiblemente irritantes y cambian el humor, y cambian el destino en un segundo. ¿Cómo iba a recobrar el aplomo después de algo tan estúpido como el incidente –supuesto antes que producido- del ladrón motociclista o motociclista ladrón? ¿Cómo iba a restablecerme después de dar una vuelta buscando infructuosamente a Belén dentro de mi campo visual, y lo peor de todo, dando a entender que me importaba encontrarla, dando a entender que buscaba algo?

  Cruzamos de vereda y a partir de allí comencé a sentirme extrañamente triste. Le pregunté si estaba segura de que caminásemos hasta su casa y dijo que sí, minimizó la presencia del supuesto ladrón: lucía jovial e inconmovible.   Cruzamos la avenida y llegamos al palier del edificio. Belén dijo que hubiese querido invitarme a subir, pero se excusó diciendo que estaba “muy desordenada la casa”. A esa altura, ni la absurdidad del pretexto me llamaba la atención. Sentía una pasmosa fragilidad y en un momento irreflexivo, temerario, atraje hacia mi a Belén y la abracé, me aferré a ella un poco desesperadamente: ella me sostuvo mientras yo sentía su olor y escuchaba el estridor de su respiración. Me despedi y fui hasta la calle Sarmiento a esperar el colectivo, con al ánimo turbado, la bruma invadía mis pulmones. Cuando llegué a casa, me tiré en la cama a esperar despierto el amanecer.

  Pasados unos días Belén publicó un posteo en sus redes sociales, donde decía “un fin de semana de alcohol, amor y azar: cómo duele el azar”.  Entonces pensé que tal vez podía aludir a los episodios que habíamos vivido el sábado, que tal vez no fuesen para ella tan irrelevantes.

   Ví a Belén en otras ocasiones: una de ellas mientras leía unos poemas de Alejandra Pizarnik en un recital de poesía. A los jóvenes argentinos y sobre todo a las mujeres les gusta muchísimo Alejandra Pizarnik, sobre todo sus poemas, y sobre todo el que dice “Explicar con palabras de este mundo que partió un barco de mí, llevándome”. Pero casi nadie elogia sus obras de teatro. Hablé brevemente con Belén antes y después de que leyera los poemas, entre los cuales intercaló también, según creo, algunos de su autoría, pero mi laconismo y mi falta de simpatía o, más bien, de desparpajo, la fueron disuadiendo de acompañarme, por lo que no me prestó demasiada atención durante esa noche y hasta parecía invitarme, sutilmente, a que abandonara el local preguntándome si iría a la reunión que el mismo día organizaba Nicanor. Resignado, me retiré.

Belén posteó en sus redes sociales un estado que decía “sobrio no me podés ni hablar”.

 Después de que hubo pasado un tiempo en que no nos vimos y ella parecía un poco renuente a tratar conmigo, le envié un mensaje algo medroso acerca de si nos veríamos. Entonces me dijo que festejarían el cumpleaños de su amiga Julia –creo que se llamaba así, Julia, no lo recuerdo bien- en una reunión literaria que organizaba Nicanor. Durante la reunión, en la que incluso fui invitado a leer unos versos, hice lo posible por acercarme a Belén, acaso de un modo ligeramente desmesurado. Belén me regaló un impresionante libro sobre historia de la filosofía rusa, que todavía conservo, y me pidió los papeles de mis poemas después de que los había leído: me embarazó un poco que contuvieran adiciones y tachaduras. Escondido entre unos contertulios, alcancé a escuchar fragmentos de la conversación de Belén con su amiga Julia –creo que se llamaba así, aunque no es seguro- durante la cual Belén decía que yo ya no le gustaba, alegando una serie de argumentos. Julia –creo que se llamaba así- aducía para darle la razón que yo me mostraba muy insistente en darle conversación y concitar su atención. Yo, que al principio era distante y reservado con Belén y no comprendía su cercanía ni sus intenciones, ahora parecía que estaba arrobado con ella. Había caído en una trampa sin quererlo, porque ahora podía ver como Nicanor se aproximaba a ella y la besaba, y cuando estaba por marcharse le decía “si te vas, me quitás el sol”. Me sentí subitáneamente confundido, triste, engañado y mil cosas más. ¿Qué se me daba a mí si ni siquiera era mi novia, ni había estado cerca de serlo? Belén escribiría después en sus redes que Nicanor era una persona “luminosa”. Pero yo hervía de indignación, ¿Qué quiere decir que una persona es “luminosa”?

  Volví a casa llorando de la bronca y a los pocos días envié un mensaje a Belén, (que había cancelado una cita concertada previamente conmigo alegando un percance “largo de explicar”) diciéndole, mentirosamente, irracionalmente y movido por el despecho y con el ánimo ofuscado, que me había enamorado de ella. Pero Belén respondió que “si las cosas se dieron así, por algo será” y me recomendó que para aliviar mi pesar tomara baños de sol. De Sol.

  No alcanzarían muchísimas páginas para relatar los variados y frondosos temas que hemos abordado con Belén en nuestras conversaciones por chat. En la vida real, contrariamente, nuestros intercambios no han sido tan largos ni conceptuosos. Me sentía sondeado por ella, que trataba de hacer averiguaciones rápidas sobre mí. Además, yo me mostraba parco y literal cuando ella trataba de llevar la conversación a un tono ambiguamente romántico.

  Andado el tiempo parece que Belén no comprendió la poligamia y el ritmo de vida frenético y excesivo de Nicanor y se separó de él, para contraer nupcias con otro joven, cultor de la música popular, y vi fotos suyas embarazada y paseando por Córdoba. Me sentí extrañamente aliviado porque no era mi intención por el momento traer hijos al mundo ni pasear por la sierra cordobesa, no quería buscar la felicidad en la satisfacción desaforada de cosas exteriores. Me sentía tan frívolo y tan falto de ecuanimidad y sabiduría, por entonces pensaba que el amor era algo que los otros tenían que prodigarme. Me gustaban mucho las mujeres, pero no comprendía por qué tenía que someterme a estúpidas pruebas de congruencia cuando pretendía acercarme a ellas, y por qué se comportaban como si ellas fuesen un premio peculiar a conquistar en lugar de propiciar que hubiese un interés parejo, igualitario, mutuo y afectuoso. Tampoco entendía por qué se adelantaban a conjeturar muchas cosas y darlas por sabidas antes de que se hubiese desarrollado una historia de la relación y, cuando estaban lo suficientemente alienadas, propiciaban la construcción de vínculos imaginarios que luego no se animaban a concretar en la vida “real”, si se llama vida real a la de la ostensión y los  cuerpos tangibles, y a menudo perdían el interés subitáneamente sin que hubiese para eso ninguna razón aparente. Pero buscar equilibrios morales y sistemas de compensación  en algo tan ingente, grande e inexplicable como el universo puede llegar a ser una aspiración pueril, después de todo, siempre se tiene sobre las cosas una perspectiva particular, condicionada y fugaz que mal podría tomarse como el valor objetivo.

jueves, 9 de abril de 2020

Don´t let me down




Escribo esto con cierta negligencia, lo cual me hace, desde luego, merecedor de las diatribas que voy a dirigir a otros: ese parece ser el inevitable destino de todos los críticones y detractores, el de las palabras que César le dirigió a su propio hijo adoptivo Bruto. Lo que quiero hacer es preguntarme por qué los filósofos que aparecen en los medios de comunicación, decidores de consignas y pensadores públicos sobre los acontecimientos sociales, ya sean españoles, eslovenos, franceses o coreanos, dejan al lector con un regusto insípido y decepcionan a quien pretendía encontrar en ellos algún tipo de iluminación. Y claro, me adelanto a dar para eso algún tipo de respuesta, que no es ni más ni menos que la trasposición de lo que estuve pensando hoy mientras pintaba prosaicamente una pared.
Los jetones no piensan bien, a mi entender, porque incurren en alguno de los tres vicios característicos del pensamiento actual:
1) Suspicacia.
2) Exageración.
3) Premura.
El último ha sido advertido ya por un filósofo que publicó el otro día en Página/12, pero en verdad suscita los cotilleos y risitas de todas las personas medianamente cultas: Zizek, por ejemplo (no me toquen los huevos con los acentos) se apresuró a sacar un libro digital para tratar de explicar qué pasaba con la pandemia, y esto fue tomado como una falta de seriedad, un oportunismo y una frivolidad. Personalmente me parece muy bien que cada uno escriba y publique lo que se le antoje: pero me pregunto, ¿Hasta qué punto puede mantenerse la lucidez cuando se está tan cerca del fenómeno que se quiere explicar, cuando no media ante él una distancia crítica, cuando no se ha podido hacer el recuento de las vidas y las cosas materiales perdidas por algo que es lo suficientemente serio, grave y ecuménico? ¿Y qué sentido tiene pronosticar qué ocurrirá con el Coronavirus en el mundo, en la sociedad mundial, tan luego acerca de en qué medida coadyuvará para la consecución de una sociedad socialista? Muchos estamos contestes en que sería deseable algún día una sociedad socialista, al menos una sociedad más igualitaria, pero, ¿Hemos de pensar en eso en medio de una pandemia mundial? El gambito desagradable de este tipo de argumentación es que el Capitalismo irá a caer por efecto de algunos elementos fortuitos, o por el Caos que él mismo genera en la relación de la naturaleza con la humanidad, porque no podrá sostenerse, etcétera etcétera., pero no sucumbirá por ser un sistema de relaciones sociales que trae consecuencias inmorales. Entonces, ¿Cuál es la gracia de aniquilar al Capitalismo si al mismo tiempo no habremos de volvernos mejores? El problema de los filósofos del establishment es, que pretenden denodadamente superar un trance histórico en el mismo esquema de la conciencia que lo engendró, pero es difícil que pueda encontrarse la explicación o la solución de nada inmediatamente después de que esto ha sucedido. Por eso no parecen tener las reservas espirituales para rebasar el ensueño en el que estamos inmersos y responden con histrionismo y ansiedad egótica.
Una de las marcas salientes del pensamiento actual (y cuando digo pensamiento actual, permítaseme el burdo recorte, aludo a las reflexiones filosóficas sobre la sociedad) es la exageración: se supone que eres filoso, intenso, duro, ingente y tajante si dices cosas exageradas. No vas a arredrarte en llevar tus argumentos y palabras al extremo. Eso, desde luego, es un hábito intelectual que procede de hace 2500 años, cuando despertamos del sueño mítico para caer en la trampa de la Razón o hambre crónica del espíritu. Pero ahora me abstendré de hablar de eso porque sería muy largo y pesado. He dicho ya en algún otro lugar que este es un procedimiento peligroso y que exagerar es alejarse de la verdad, no refrendarla.
Otro elemento del pensar decaído es, desde luego, la suspicacia. Tal vez exageré cuando dije que la suspicacia nos está volviendo idiotas. No obstante, si ya se sabe que vamos a ser exagerados y suspicaces, entonces en cierto punto no nos va a hacer falta pensar. Basta con enfrentar algún acontecimiento cualquiera del mundo, y hacer de él una ruidosa interpretación que ya sabemos cómo va a ser: exagerada y suspicaz. Por ejemplo, puedo hacer mañana muchas afirmaciones acerca de cuánto hay que desconfiar de los seres humanos, y en lo confiables que son los animales, y concluir que para ser mejores deberíamos balar y andar en cuatro patas. Pero el objetor podría decir “¿Hasta qué punto he de creer en lo que me dices, si eres un ser humano poco confiable? He de creerte cuando bales y andes en cuatro patas”. Estas formas bizantinas y delirantes de llevar una discusión, que inundan la presunta sutileza de los debates actuales, se basan primordialmente en 1) la mala fe, 2) el autoritarismo que transe la experiencia del pensamiento, y 3) la tendencia a hacer de todo lo que pasa una caracterización especulativa. La especulación sin proximidad con los fenómenos que pretenden explicarse, lleva a los filósofos oficiales a teñir de sus propios intereses, unilaterales y taxativos, aquello que ocurre en el mundo de la vida con absoluta prescindencia de las fantasías de un sujeto particular, por ejemplo, el diseño de un sistema político perfecto, lo cual ha estado desde siempre asociado con filosofías de cuño idealista.
Tal vez rechace mañana haber escrito todo lo que figura más arriba, puede ser que me haya apurado, que deba redactarlo de nuevo o descartarlo en su totalidad. Puede ser que esté siendo infantilmente desconfiado, o que haya abrigado demasiadas expectativas en lo que, finalmente, no son más que apreciaciones que hacen unos tipos, un poco apremiados por las circunstancias, cuando les acercan a las fauces un grabador.

miércoles, 18 de marzo de 2020






  Que te hundas conmigo en el mar frío,

  como aquella mujer del Ponto

  que va y viene en el recuerdo

  cuando la penumbra nos duele.


  Ilusión de que mis palabras se estiran y te tocan

  o son un viento que te revuelve el pelo

  en la noche procelosa

  en que la bruma te custodia,
 
  y el agua te baña.

martes, 17 de diciembre de 2019

Aforismos y Semblanzas.




La crueldad triunfa porque corre sin el peso de los escrúpulos.



No hay nada más pernicioso y absurdo que una pedagogía de la desconfianza.



Deberíamos comprender que exagerar es alejarse de la verdad, no refrendarla.



Pensamos demasiado en lo que nos gusta.



La suspicacia nos está volviendo idiotas.



Pasaron 50 años del mayo francés y la gente camina mirando al suelo como si viviese en un monasterio.



La interdicción de hablar con desconocidos es lesiva de toda posibilidad de conocer a alguien.



Gente reconcentrada, abatida, tensa, temerosa, prejuiciosa, constipada, necia, ofuscada, triste y despreciativa.



Conozco a varios alacranes.



Hagas lo que hagas, siempre va a estar mal para alguien.



.No quieres que te miren: esperas que aparten sus abyectos ojos de tu delicada humanidad.



El pueblo disfruta el fracaso de las consignas románticas.



Siempre se puede pensar dos veces antes de actuar y de hablar,  pero es mucho trabajo.



Siempre hay emociones, pero es frecuente que no sean las que uno quiere.



Estoy convencido de algo todavía impreciso.



Intransigentes con unos, indulgentes con otros: así gira el timón de nuestra imprudencia.



Es imposible revertir la estolidez de la gente prejuiciosa cuando está muy afianzada.



Entiendan la penalidad del filósofo, que no puede permitirse una amplia sonrisa.



Hay una forma segura de medrar y caer bien: es prescindir de toda creatividad.



Si todo lo que podés hacer como artista es ser snob y rodearte de un cenáculo de adulones, estás vacío. Como una de esas cajas de cartón que contienen huevos, pero sin huevos.



¿Cómo habríamos de entendernos si ni siquiera hablamos el mismo lenguaje?



Jamás se te ocurra confiar en un hombre simpático.



¿A qué ejercicio de estoicismo te has entregado últimamente?



Si se quiere incentivar el pensamiento, debería enseñarse religión en las escuelas y en todas partes, porque un sujeto crítico debe ser capaz de construirse una visión alegórica del mundo.



La academia, para ser mejor, debería prescindir de su gusto por el estilo desvaído, de su excesivo afán de actualidad y de sus sistemas de citación desconcertantes.



Quienes hablan de "abordaje", por lo general, me parecen piratas.



Dado que nada es más veloz que la luz, mirar muy lejos en el espacio significa a la vez mirar muy atrás en el pasado.



El que no tiene problemas, se los inventa.



Es, hasta cierto punto, inocuo ir contra un sentido común que preconiza la punición y la dureza, tributario, en parte, de las fisuras del Iluminismo. La locura por averiguar la Verdad, caracterizada como algo único, puro y duro. La Verdad, en esa línea, ha de ser violenta, no un juego de límites difusos. La Verdad ha de ser lucha sin cuartel, sufrimiento, compunción, sacrificio inútil, esfuerzo denodado sin ayuda y sin descanso. La Verdad ha de ser algo directo, sencillo, triste y definitivo.



Hay muchos que sueñan con irse a ese planeta parecido a la tierra, pero más grande y más hermoso, pensando que en él no habrá melancolía.



Centro comercial. Un gran túnel de vidrio invadido de olor a Provenzal. En él se juntan todas las formas de esparcimiento en un punto: comida, descanso, paseo, consumo irresponsable, acicalamiento. En una sinopsis brutal, aparece el reboso de siglos de cultura occidental. Una enciclopedia de la molicie. Los cubrecamas se impregnan de fritanga. La disquería exhibe los discos con una clasificación que tiene toda la meticulosidad del capricho. La empleada se comporta con la misteriosa adustez de una máquina. El “patio de comidas” es un escenario de miradas duras y pudorosas. En los pasillos, unos stand de perfumes aburren a unas promotoras melancólicas que sueñan con el sol en la piel. Baños, Cines, todo parece cortado a la medida de alguien que no soy yo.




Los comerciantes, un hato de provincianos sin elegancia. Los transeúntes, indolentes, huecos e inhumanos, exudan el desprecio por la piel: se refugian en las vidrieras para no ver la mirada y la mano que pide.




"Puesta en valor" de un antiguo chalet. En el frente, un contenedor con caños de plomo y un antiguo orinal. En los fondos, una pala mecánica.




Buena parte de los males se deben al hábito de admirar a quien debería ser abominado.




¿Y si el hombre se equivocara siempre? ¿Si sufriese la eterna desavenencia entre el tiempo y el azar?




La tontería es lenta para comprender y rápida para juzgar.




Cuando mucho, podemos aspirar a una bella imperfección.




Hay algo de Apocalipsis en los escaparates que dicen "últimos días".




Qué clase media tan ramplona, ignorante, indolente, reaccionaria y vacía.




Cada vez hay más personas que dicen "ni idea".




En la próxima vida  prometo que voy a complacer a todos y ser inteligente, sociable, previsible, conciliador, optimista, craso y correcto.




Estoy ansioso por mirar series de televisión que me envilezcan y atrofien mi sensibilidad.




Estoy harto de que los publicistas me tuteen.




Mientras limpian el aula, enfrento al sol a través del enrejado. Una polilla se me acerca: manchas oscuras en las alas. Se precipita sobre mi pulóver como si me conociera, y con el dedo la llevo de vuelta a la pared. Me doy cuenta de que nunca deja de temblar, como si fuese un viejo camión Bedford: un camión que vuela.







La señora pregunta a los empleados de qué cuadro son y éstos lacónicamente afirman ser uno de River y otro de Boca. Ella comienza a hablar de su familia, que es de Racing, y su marido, que nació en San Antonio de Areco, de apellido Corbatta, primo de Oreste Omar Corbatta, gloria de Racing. La señora dice que Corbatta "era un Maradona". Yo recito para mis adentros: Corbatta, Mansilla, Pizzutti, Sosa y Belén. El empleado de la caja, serio, parco y práctico, no le contesta y no la oye.





Me siento inspirado. voy a escribir un poema sobre el saquito, la bici, los pibes, la birra y el faso.




El poeta Matías Moscardi, que solía ser un tunante, abrazó la vida religiosa.




El poeta argentino Juan Diego Incardona afirma que deberíamos escribir cosas como "la pared está triste". Obediente, el cantante Pablo Ruiz compuso una canción que dice "estoy llamándote mi amor, y tu teléfono no quiere contestar".




Escuché por la radio una canción que dice "conocía mi interior como bola de cristal". Se refiere a la transparencia de la bola de cristal o a sus cualidades adivinatorias? ¿Y lo que se conoce es propiamente la bola de cristal, o son otros hechos, situaciones o estados de cosas los que se conocen a través de ella?




El problema de la poesía actual es su dependencia de la palabra y la referencia. Confío en que la poesía del futuro se reducirá a gestos.




 'Clases Abiertas' de Piglia sobre narrativa argentina...




Las personas jóvenes usan el anglicismo "banner", someramente traducible como "bandera" o "cartel". Borges (que nació un 23 o 24 de agosto) fue un precursor en su uso poético: 

Siempre el coraje es mejor
la esperanza nunca es banner;
vaya pues esta milonga,
para Jacinto Chiclanner.




Hay que estar muy pendientes de las garrulerías que diga Vargas Llosa.




Soñé que tus ojos me mataban de golpe, que tus manos eran caballos al galope, y tu voz arrullaba mi sueño.



Sus ojos, mirando al cielo, vibran con el estupor de la piel.



Va a llegar un momento en que todos nos llamaremos Kevin.




Hoy un alumno me hizo notar que Sandro podria adscribirse al idealismo subjetivo en virtud de aquella expresión que dice "tengo un mundo de sensaciones".




Me retracto de todo lo que dije la noche del jueves.



No sé si creer o no en la racionalidad de la ciencia, pero por las dudas pongo los zapatitos.



Soñé que había tomado un poco de Barbera, pero necesitaba algo más.



Soy un shapori poderoso, lo que pasa es que mis hekuras están débiles.




Me dijeron que en el cielo no hay sillas de plástico, ni ropa de manta polar, y que los shorts de baño llegan hasta la mitad del fémur.




Los profesores de gimnasia no tienen por qué soportar que se los obligue a peinarse con rodete y vestirse con prendas de siré.




Abrazar a los árboles era una solución perentoria para aliviarlos del frío, por eso, algunos, con notable ingenio, les tejen pulóveres.



Si su hijo utiliza a menudo la palabra "rosca" puede estar involucrado en las peleas callejeras, la política universitaria, los melindres amorosos, la panadería, la pascua, los reyes, la bulonería, la cañería, los repuestos sanitarios, la literatura de Henry James o la afectación de las clases altas.



Deberia existir el Día del Silencio.



Fantasma oscuro, de piel trajinada por el sol del estío: ¿Han soñado alguna vez tus manos con la blanca caricia, y tus ojos con el verdor de la amatista?



A tal pedal ama la de plata.



Un artefacto de fierro y plástico vale cinco veces más por denominarse "juguete". "Juguete" es una entelequia carísima.



Lo que en el cuento infantil "los tres cerditos" era la perentoriedad de cada una de las casas, está representado en el dibujo animado "las chicas superpoderosas" por el cuerpo: si "bellota" aparece como la más dura y duradera, "bombón" está a expensas de ser derretida o devorada sin dilaciones. "burbuja" desde luego, es la más efímera.




Ojalá que dejen de usar la expresión "vuelta al cole".



Competitivo, chulo, arrogante y prepotente, el Topo Gigio afirmaba "lo dije yo primero".



Los directivos reprenden a las estudiantes por usar ropas con estampado "animal print", ignorando que las mujeres de las cavernas se vestían con piel de leopardo.



"Pet Shop": más suave que "venta de animales".



Los dragones se extinguieron a causa de la invención de los matafuegos, extinguidores por excelencia.



Sin tracción a sangre no habría Don Quijote, Cantar de Mío Cid, Chanson de Roland, Martín Fierro, Don Segundo Sombra, El Caballo y su sombra.



Ella me miraba como si fuese un orangután que acaba de devorar a su compañero de jaula.



¿Esas personas de expresión vacía y ropa ridícula son las celebridades?



No hay nada más subversivo que una berenjena.

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Cosa extraña y contradictoria: el racismo es a veces un artículo de exportación. La veneración por lo extranjero, sobre todo si es discriminatorio, grosero y gazmoño, podría hacer que tengamos nuestro propio “amanecer dorado”.



Los inmigrantes son el 4% de la población del país, y generan más dividendos que los que se gastan en ellos. Necesitamos que vengan más inmigrantes pacíficos y de buena voluntad para mitigar la arrogante violencia de la sociedad argentina, violencia mimética, tributaria del avasallamiento de las conquistas europeas del siglo XVI: una brasa que después de quinientos años sigue prendida.



¿Cuantas manifestaciones de microfascismo de parte de argentinos de clase media soportaste hoy?



¿Les parece insólito el advenimiento de la derecha? Es el epifenómeno de lo que cada uno de nosotros lleva en su corazón, la expresión amplificada de nuestras formas cotidianas de pensar y actuar.



La derecha nacional confiere una importancia hiperbólica al chorizo.



Hagamos una "guerra de Dios" contra el restaurante MacDonald's.



Es una carrera para ver quién es funcional a las derechas de un modo más ingenioso y refinado.



Los argentinos tenemos mucho que aprender de la ética de los europeos. A partir de mañana nos dedicaremos al coloniaje, las guerras de expansión, el esclavismo y la depuración racial.



Tendría que haber una calle que se llame "Rosas, frío corazón de hielo”.



No tenemos esperanza mientras nos eduquemos a través de la publicidad, los videojuegos y las series norteamericanas.




Buena parte de la culpa la tiene Elvis Presley.





Quienes están a favor de salvar las dos vidas se olvidan de los mellizos Barros Schelotto, las trillizas de oro, los quintillizos Riganti o los sextillizos López. estrictamente habría que hablar de la salvación de las dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho o nueve vidas.



Los que dicen que las jovencitas se embarazan para cobrar la asignación parecen desconocer las delicias del tálamo.



Una chica envuelta en una mañanita negra, desde la ventanilla de un taxi, me dice:
“Bebé, cómo te haría el amor gratis”
(¿”Gratis"?....)



Veo venir cuatro pelos renegridos y cuatro uniformes. ellas cantan "ponga huevo y corazón". Contraste de las voces núbiles y la canción guaranga.



Cuando un hombre tiene una idea, la reconoce con dificultad y toma ante ella una distancia culpable. Hay, en cambio, algo maternal en el modo en que una mujer engendra y ama sus ideas.



Reconozco, al menos, dos clases de belleza femenina: una, lastima el sensorio por un exceso de positividad, desborda y duele. La otra, invita al descubrimiento y la asimilación, y es por esencia sibilina. La primera exige un sentido perfecto; la segunda, cierto esfuerzo en el desciframiento.




Si tu pareja cuida mucho su apariencia, es probable que esté interesado/a en alguien más.
Si luce descuidado/a es porque acaso has dejado de importarle lo suficiente.

Si te acusa de engaño, seguramente quiere que sientas mortificación o busca pretextos para acabar con la relación.
Si no le importa que le engañes, tal vez simplemente no tiene interés en ti.

Si monta una escenita de celos, es porque experimenta dudas e inseguridad: ¿qué ocultará?
Si no te cela, mal signo! Pronto dejarás de estar en sus planes.

Si actúa distante, es probable que esté buscando un modo indoloro de concluir la relación.
Si muestra demasiadas lisonjas, ¡cuidado! Puede que lo haga por sentirse culpable.



Hay hombres a los que las mujeres no ven: dignos espectros, con sigiloso paso de onza.



Las efusiones de la izquierda vernácula son un juego limital. "¿Hasta dónde se puede llegar?" es la pregunta que tiene en vilo a propios y extraños.



Me he preguntado si en la alusión de la marcha peronista a la "realidad efectiva" hay un soplo de hegelianismo.



Debe ser difícil para otras culturas entender que los occidentales se inmolen por una selfie.



La modernización es un gas deletéreo, causa de nuestra muerte lenta: una fuga de los signos vitales que presenciamos con los brazos caídos.



Camino a la farmacia, caigo en la cuenta de que vamos a vivir muy poco.



Hay que vivir cada día como si fuera el último, el primero o alguno de los del medio.



Todo debe ser sacrificado en el altar de la belleza.